Hotel Mallois (Hermanas Taylor 1)
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Capítulo 1
—Solo necesito un par de días más, por favor. Ha habido un retraso y no he recibido el salario —pide Jodie con angustia.
—Lo siento, señorita Sinclair, pero llevamos más de una semana esperando el pago de la mensualidad. Su madre necesita medicación especial que no se le puede dar si usted no cumple con las cuotas —explica al otro lado del teléfono un hombre con voz nasal y un tono que denota cansancio.
—Intentaré solucionarlo esta misma tarde —dice Jodie, y deja de hablar porque frente a ella se ha detenido la encargada del servicio de limpieza del Hotel Mallois de Nueva York.
—No puedes hablar por teléfono mientras estás trabajando, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir? —suelta Marjorie con los dientes apretados.
Jodie tapa el micrófono de su móvil con la mano y habla despacio.
—Es un tema urgente que no pue…
—Si no cuelgas ahora mismo y estás fuera en dos minutos, te ganas una amonestación, Sinclair —amenaza la encargada señalando a Jodie con el dedo.
Jodie Sinclair cree que en cualquier momento su mente colapsará.
El cansancio físico que arrastra desde hace mucho tiempo no tiene comparación con la carga mental que lleva sosteniendo desde que una tragedia familiar acabó con la paz y el mundo perfecto en el que vivía.
Su hermano, un adicto al juego y a los estupefacientes, llevaba una doble vida de la que nadie era consciente hasta que acabó con el negocio familiar, después él se quitó la vida y prácticamente se llevó la de sus padres.
Ahora Jodie está sola, tiene dos trabajos, muchas deudas que pagar y una madre enferma que ya no puede cuidar en casa, así que tuvo, muy a su pesar, que internarla en una residencia para ancianos.
A pesar de que la institución es una de las más económicas que encontró, su ubicación de por sí, en Nueva York, ya la hace casi imposible de costear.
Si Jodie no tuviera que hacer frente a las deudas que le dejó su hermano, no sería tan complicado pagar la mensualidad para que su madre esté bien atendida.
Suspira con hastío, lleva ya dos años trabajando en el Hotel Mallois y no tiene ningún problema con la nómina, pero en el otro empleo, ese al que tiene que ir por las tardes hasta bien entrada la noche, no hay semana que no ocurra algo y siempre acabe cobrando a destiempo.
Promete al hombre que está al teléfono que esa misma tarde todo estará solucionado y cuelga con rapidez para salir del vestuario y recoger su hoja de trabajo. Presiente que Marjorie le ha metido más habitaciones de las que es capaz de limpiar y necesita empezar cuanto antes.
—¿Estás bien, Jodie? —la pregunta viene de Sarah, una compañera de trabajo que se ha convertido en una buena amiga.
—Otra vez el pago de la residencia —le cuenta Jodie mientras caminan juntas hacia la lavandería.
—¿Y esos malnacidos no pueden esperar unos días? —pregunta Sarah con el ceño fruncido—. Siempre es lo mismo, no han pasado ni veinticuatro horas después de la fecha de pago y ya te están llamando para cobrar .
Jodie se encoge de hombros. Ya está acostumbrada, desde que su madre está internada han sido pocas las veces que ha pagado puntualmente.
—Esta vez llevo una semana de retraso, tengo que buscarme otro trabajo —suelta Jodie mientras pone en un carro toallas y sábanas limpias.
Sarah se detiene en seco.
—No estarás hablando en serio, ¿no? —dice y coge del brazo a Jodie para que la mire a la cara—. Muchas veces pareces un fantasma, estás más delgada y las ojeras cada vez son más evidentes. Tener un tercer trabajo es algo que no puedes ni valorar, Jodie. Toda esta situación está acabando contigo.
—¿Y qué quieres que haga, Sarah? —pregunta Jodie con más brusquedad de la que ha querido—.
Siempre pasa algo, cuando no es el retraso del pago semanal del bar, es algún embargo o multa.
Sabes que no puedo perder la casa, es lo único que me queda y, créeme, ya ni siquiera es por conservar el sitio donde nació mi padre, es porque no tendría ni donde dormir.
Sarah mira a su amiga con una mezcla de cariño y pesar.
Si por ella fuera, la metería en su casa para que tuviera, al menos de manera momentánea, una preocupación menos.
Pero su caso no es muy diferente, aunque ella no tiene esas deudas que arrastra Jodie, Sarah es cabeza de familia.
Ayuda a sus padres, demasiado mayores para trabajar, y tiene una niña fruto de una relación que no llegó a buen puerto y que está criando sola.
Ella sabe que Jodie es una mujer increíble, inteligente y fuerte, la vida le ha dado una bofetada con la mano abierta y, sin embargo, ha seguido luchando con uñas y dientes ante las adversidades.
—En vez de un tercer trabajo, deja ese bar de mala muerte y busca en algún otro hotel, Jodie —le dice Sarah arrastrándola a una esquina de la lavandería donde hay un punto ciego de las cámaras—.
O mejor, pide más horas aquí, sabes que no se gana mal y si no fuera por la malfollada de Marjorie, estaríamos de lujo.
Jodie suelta una carcajada espontánea, al menos en momentos de agobio, Sarah siempre la ayuda a relajarse de alguna manera.
Su amiga no miente, si no fuera por la presencia de Marjorie, esa mujer larguirucha y de aspecto enfermizo, las limpiadoras del Hotel Mallois estarían más a gusto, sobre todo Jodie, porque Marjorie parece tener especial atención por ella.
—Habla con la señora Taylor —dice Sarah abriendo los ojos como si se le hubiera ocurrido la mejor idea del mundo—. Estoy segura de que va a escucharte y buscará un sitio donde meterte.
Solo con escuchar ese apellido, Jodie siente un escalofrío recorrerle el cuerpo entero.
Katherine Taylor, la dueña del Hotel Mallois, lleva siendo su amor platónico desde que la vio una tarde entrando a la recepción acompañada del que ahora sabe que es su padre.
Para Jodie, que nunca había creído en eso del amor a primera vista, en cuanto cruzó una mirada fugaz con Katherine, un flechazo le atravesó el pecho e hizo que su corazón latiera desbocado.
Desde ese momento, Jodie parece una muñeca de trapo cuando coincide con Katherine Taylor en algún ala del hotel, haciendo que pierda toda esa seguridad que siempre la ha caracterizado.
Su pelo rubio casi platino contrastando con esos ojos tan azules tienen el poder de dominarla por completo con tan solo un pestañeo.
—No puedo ni mirarla cuando está cerca, no sé cómo crees que podré hablar con ella —niega Jodie volviendo donde está el carro para cogerlo y empezar a recorrer las habitaciones que le tocan—. Además, sabes que le he pedido a Marjorie más horas y siempre me ha dicho que no.
—Esa vieja amargada la tiene tomada contigo — refunfuña Sarah—. En este hotel siempre hay trabajo que hacer y me parece injusto que entren nuevas chicas cuando una de su plantilla pide más horas. En fin, ¿qué vas a hacer con el pago de la residencia?
—En cuanto acabe mi turno, iré al bar a pedir lo que me deben. Espero que esté el dueño y me pague —suspira Jodie, sabiendo que hace falta un milagro para que ese hombre esté allí pronto y además tenga su dinero—. Si no, me iré a la residencia a hablar con el director personalmente.
Sarah le aprieta el brazo a su amiga en un intento de infundirle fortaleza antes de que ambas mujeres se separen en un pasillo en forma de ele en la segunda planta del Hotel Mallois.
Jodie entra en la primera habitación que le toca limpiar esa mañana.
Suelta un quejido en cuanto pone un pie dentro al ver las sábanas en el suelo, el minibar hecho un desastre y toda clase de desechos que le dicen que la noche de los clientes ha sido bastante movida.
Se pone los guantes y la mascarilla para empezar a recogerlo todo.
Su mente es un torbellino, no deja de pensar en todo lo que le ha tocado vivir los últimos años y pide al cielo un poco de suerte para que su situación cambie, solo desea, al menos por un rato, poder respirar tranquila sin que el agobio y las deudas la sigan asfixiando.