Robert Alesch
Juzgado en un tribunal francés en mayo de 1948, el sacerdote Robert Alesch fue acusado de traición y se enfrentaba a la pena de muerte.
El escrito de acusación enumeraba treinta y cuatro deportaciones y veintiocho ejecuciones de las que se lo consideraba responsable.
Durante el proceso, el sacerdote insistió en llevar su propia defensa.
Habló durante más de una hora, alegando que siempre fue fiel a su religión y que «nunca dejó de predicar la bondad».
[6] Invocó su nacionalidad alemana y afirmó que fue movilizado como enfermero y luego como camillero de hospital.
Ese servicio, añadió, era un deber para con su país.
Tras cuatro días de juicio, el veredicto fue la pena de muerte.
Alesch declaró, con un fervor cristiano: «Soy inocente, ¡pero perdono vuestras faltas!»
Testificó a su favor su antiguo oficial de enlace, el mayor Karl Schäfer, ahora comerciante de vinos en Bingen, quien acudió al tribunal para afirmar que Alesch era «un buen agente» y que cumplía correctamente sus funciones.
[7] Schäfer confirmó que le entregaba a Alesch tres mil francos mensuales para una informadora, Claude, quien, a su vez, afirmó que nunca recibió ni un céntimo.
Parece que Alesch se quedaba con el dinero, quizá para dárselo a una de sus dos amantes, Renée André y Geneviève Guillemin, también procesadas.
Oscar Reile envió al tribunal una declaración jurada desde su domicilio de Tréveris, sosteniendo que Alesch era un Volksdeutscher que adoptó la nacionalidad alemana en 1941, fue llamado a filas para integrarse el servicio médico,
y que el propio Reile había propuesto a Alesch trabajar para la Abwehr como soldado alemán.
Alesch se mantuvo sereno durante todo el juicio, formulando contrapreguntas a los testigos, insinuando que eran ellos los culpables de intimar con los alemanes.
Impecablemente vestido, flemático, con sus pequeños ojos grises alerta, Alesch parecía no darse cuenta de que, cuanto más negaba las pruebas presentadas en su contra, más crecía la hostilidad del público hacia él.
El 28 de mayo de 1948, Robert Alesch fue condenado a muerte por el Tribunal de Justicia del Sena.
El 25 de enero de 1949 fue fusilado en el fuerte de Montrouge.
Académicos
Cuando la guerra llegaba a su fin, Pierre Radványi, que ahora tenía diecinueve años, decidió dejar México y volver a Francia para estudiar.
«Desde la distancia veía Francia como una utopía por construir, donde todo sería posible, donde soñaba con reencontrar a mis amigos.»
[8] Su madre, Anna Seghers, le explicó que lo entendía, pero que ella debía regresar a Alemania porque, como escritora, no podía trabajar en una lengua que no fuera la suya.
Pierre no podía imaginar volver al país donde había nacido: «¿Sentarme en la universidad al lado de chicos que habían llevado uniformes nazis? Era inconcebible.»
Éste es el legado de su exilio: el puñado de hombres y mujeres jóvenes que regresó a Francia tras la guerra lo hizo porque se veía no como alemán, sino como ciudadano francés: Gisèle Freund se consolidó como una destacada fotógrafa francesa; Pierre Radványi, como científico francés; Eva Tichauer,
como médica francesa.
Cuando Pierre se convirtió oficialmente en beneficiario de una beca francesa y se matriculó en la Facultad de Ciencias de la Sorbona para convertirse en físico, como becario le asignaron un alojamiento pagado por el Estado francés.
[9] Las habitaciones estaban en el Hotel Lutetia, donde las dos plantas superiores se reservaban para estudiantes.
Después de la guerra, había pocos turistas en París y el hotel tenía que aceptar a los huéspedes que pudiera acoger.
Los vecinos de Pierre eran yugoslavos, algunos de los cuales habían combatido como partisanos.
En 1954, un grupo de especialistas en James Joyce estadounidenses llegó a París para examinar los papeles de Sylvia Beach. Pasaron varios meses en el Hotel Lutetia mientras estudiaban el archivo. No fue una estancia cara.[10]
Un paseo por los recuerdos
Diez años después de la guerra, Friedrich Rudolph hace un viaje a París.
Es una peregrinación: quiere volver a ver los lugares que le causaron tanta impresión cuando estuvo destinado en la ciudad.
París guarda recuerdos felices para Rudolph, y la visita estaría incompleta sin regresar al edificio en el que pasó cuatro años de su vida.
Rudolph camina arriba y abajo por el boulevard Raspail, delante del hotel.
Vacila. ¿Es apropiado que un antiguo oficial alemán quiera regresar a un período de la historia tan lleno de dolor para los franceses?
¿Qué clase de acogida le cabe esperar? Pero no puede evitarlo.
Entra por la familiar puerta giratoria. La primera persona con la que se topa en el vestíbulo es el gerente, Marcel Chappaz.
—¡Qué alegría volver a verlo y darle la bienvenida, coronel! —exclama Chappaz, imperturbable como siempre—. Por desgracia, su mesa favorita está ocupada en este momento... Pero, si no le importa esperar, en unos minutos quedará libre, y entonces me encantará invitarle.
Oscar Reile reflexiona: «Los alemanes sólo podemos intentar imitar ese encanto francés y su soltura cosmopolita.»[11]
El pasado alemán
Ya cumplidos los ochenta y pocos, la pianista Margot Rauch resulta una figura llamativa: el pelo teñido de castaño oscuro, peinado en un enorme bouffant rizado; las cejas, dibujadas finas y arqueadas, muy arriba.
[12] Va impecable: pintalabios rojo, sombra de ojos, una elegante camisa blanca y una chaqueta de color oscuro.
Es 1980 y a Rauch la está entrevistando un joven cineasta alemán que documenta el «capítulo alemán» del Hotel Lutetia.
Ella le habla de su tiempo en Auschwitz, de la liberación y de su llegada al hotel.
De cómo lloró durante un año entero después de la liberación y de cómo comió sin cesar, día y noche, durante ese año, hasta que por fin se le pasó el hambre insaciable.
El exiguo porcentaje de judíos alemanes y austríacos que sobrevivieron a la deportación y se instalaron en Francia tras la guerra lo hizo sobre todo porque no tenían adónde ir: volver a sus lugares de nacimiento era impensable, y Francia era al menos un país familiar,
un país europeo que un día los había acogido, lo que ofrecía un frágil hilo de continuidad en la historia rota de su existencia.
No todo el mundo era capaz de afrontar un nuevo comienzo en el nuevo mundo, ya fuera en la deslumbrante Nueva York o en Tel Aviv. Y París seguía siendo París.
«El Hotel Lutetia sigue siendo un recuerdo inolvidable», le dice Margot Rauch al cineasta.
«Uno cálido y muy triste. La cantidad de gente desesperada que había y a la que no podíamos ofrecer ninguna respuesta nos dolía en lo más hondo. Pero era imposible darles información y tampoco queríamos hablar de la vida en Auschwitz. La gente que esperaba en la ventana con sus fotos nos gritaba:
“¿Conoces a mi madre, conoces a mi hija, conoces a mi mujer?”»
La mayoría de los que huyeron de Alemania en 1933 nunca regresaron de su segundo exilio: Gustav Regler se quedó en México; Fred y Lilo Stein, en Nueva York; Lion Feuchtwanger y otros, en distintos lugares de Estados Unidos.
Pero unos pocos —en particular los que habían mantenido la fe en el proyecto comunista— se sintieron tentados de volver, no a la vieja Alemania, sino a su gemela recién nacida, la República Democrática Alemana.
En 1950, Heinrich Mann estaba a punto de poner fin a sus fracasados años de exilio en California, donde Nelly se había suicidado en 1944 y su carrera se había detenido dolorosamente.
Le habían ofrecido un puesto prestigioso como director de la Deutsche Akademie der Künste, la Academia Alemana de las Artes, en Berlín, pero falleció a los setenta y ocho años, justo antes de partir.
Poco después, invitaron a su buen amigo Alfred Kantorowicz a convertirse en director del recién fundado Archivo Heinrich Mann, un cargo que se convertiría en el principal foco de la atención de Kantorowicz,
en el marco de una intensa carrera al frente de diversas instituciones culturales de la Alemania Oriental.
De entre todos los retornados, fue Kantorowicz quien, en apariencia, había hecho la transición más exitosa a la vida en la rda, hasta que huyó al lado occidental en 1957, hecho que causó gran revuelo.
Anna Seghers se instaló en Berlín Este, donde permaneció, junto con László y Ruth (ya convertida en médica), hasta su muerte en 1983.
Anna creía en el proyecto de la Alemania Oriental y se dedicó a construir una nueva sociedad en oposición a los valores del nazismo.
En las primeras cartas que escribió tras el regreso, expresaba su sorpresa y su decepción ante la estrechez de miras de quienes conoció allí, aunque siguió integrada en la vida cultural de Berlín Este.
Con los años, se la criticó en ocasiones por no alzar la voz en favor de los escritores caídos en desgracia ante las autoridades de la rda.
Continuó escribiendo y dedicó una gran cantidad de tiempo y energía a animar a jóvenes escritores.
Visitaba a menudo Francia, donde su hijo Pierre se había convertido en un eminente físico patrio.
Durante las décadas de 1950 y 1960, los líderes del kpd Walter Ulbricht y Wilhelm Pieck se repartieron el timón de la República Democrática Alemana, gobernándola como un satélite soviético e imponiendo uno de los regímenes más entusiastamente duros de todo el llamado Bloque del Este.