Hotel Exilio Residuo
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Residuo

Después de la guerra, la margen izquierda de París empezó poco a poco a recuperar su joie de vivre con una nueva generación de filósofos vestidos con jersey de cuello alto y aficionados al jazz, cuyo lugar predilecto ya no era el Café le Dôme ni La Coupole, sino Les Deux Magots,

en la esquina del boulevard Saint-Germain.

Editores, actores, músicos y políticos siguieron reuniéndose y bebiendo en el bar del Lutetia.

Siguió habiendo conciertos y bailes anuales.

La famosa chanteuse Juliette Gréco, que había esperado entre la multitud fuera del Lutetia el regreso de su madre y su hermana (se reencontraron), actuaba allí con regularidad.

Pero al Lutetia todavía le faltaban huéspedes y el hotel parecía cada vez más fatigado.

En 1955 pasó a manos de un nuevo propietario, Pierre Taittinger, fundador de la conocida marca de champán y presidente del Consejo Municipal de París entre mayo de 1943 y agosto de 1944.

El mismo Taittinger que fue al Hotel Meurice a suplicar al general Von Choltitz que no redujera París a cenizas.

Una figura ambigua: Taittinger colaboró con los nazis durante buena parte de la guerra e hizo fortuna vendiéndoles su champán, pero más tarde cambió de bando.

Tras la liberación de París, estuvo temporalmente encarcelado en Drancy —reacondicionado como campo de internamiento de colaboracionistas—, pero luego fue puesto en libertad.

Compró el Lutetia por una miseria. En las décadas siguientes, el hotel logró mantenerse a flote («batido por las olas, pero no hundido»), y su glamur fue apagándose poco a poco.

En 2014, tras un servicio ininterrumpido de más de cien años, el Hotel Lutetia cerró por reformas y sus nuevos dueños —un rico consorcio inmobiliario— subastaron su mobiliario viejo y desvencijado y su anticuada colección de arte.

Cientos de parisinos acudieron a curiosear el interior de una de las instituciones más conocidas y queridas de su ciudad.

Cuando el Lutetia reabrió en 2018, lo hizo como un moderno hotel de lujo, con habitaciones a precios pensados no para los locales, sino para la «élite» global.

Aun así, el Lutetia conserva algo de su antiguo atractivo: su ubicación en la margen izquierda, con una entrada que da directamente a la calle, da la sensación de que uno tiene derecho a entrar sin pedir permiso, a cruzar las puertas y contemplar la cúpula del techo del vestíbulo,

y a pensar qué queda de la historia de cuanto ocurrió en su interior y en sus aledaños.

De todos los grandes hoteles de París, el Lutetia fue el único al que se le concedió la «redención» de recibir a los deportados que regresaban, después de los compromisos impuestos por la Ocupación.

Se trata de un legado complejo para un hotel que se vende como una experiencia de lujo, porque ¿quién quiere que le recuerden horrores semejantes?

La pequeña placa de la pared exterior está ahí para quienes quieran leerla, pero es fácil pasarla por alto.

El personal que trabaja en los grandes hoteles es invisible.

Su deber, su función, es servir como testigos silenciosos de los dramas que se desarrollan a su alrededor.

Il n’y a pas de livre écrit par un concierge.

No hay ningún libro escrito por un conserje de hotel.

La discreción del servicio es también un voto de silencio.

Como Jacques Desjeunes, Jean-Luc Jean empezó su carrera en el Lutetia cuando era todavía un muchacho, y fue ascendiendo hasta convertirse en conserje jefe en la década de 1990.

[13] Los conserjes, explica, son expertos en evaluar a quienes entran en su hotel.

Aprenden a reconocer a los habituales; detectan a los adúlteros y estafadores, a los actores famosos que viajan de incógnito y a los hombres de negocios que pasan por una mala racha.

A veces, Jean-Luc reconocía a antiguos deportados que volvían al Lutetia.

Podía distinguirlos porque entraban en el vestíbulo con la mirada fija en el suelo, como si sintieran que aquél no era su sitio.

Experimentaba una poderosa compasión por esos visitantes cada vez más ancianos; lo conmovía su presencia tímida y siempre procuraba acercarse y preguntarles, con tacto, la razón de su visita.

Luego les enseñaba el hotel, siguiendo el recorrido que habían hecho en aquellos días de primavera y verano de 1945.

Un antiguo deportado de Burdeos se convirtió en amigo suyo: le envió a Jean-Luc Jean una copia del mapa del viaje que realizó para escapar de la marcha de la muerte y encontrar el camino de regreso a Francia.

Algunas personas creen que existe algo así como un «residuo emocional»: que el recuerdo de las acciones y los sentimientos humanos impregna los muros de un edificio o se adhiere de algún modo a ellos.

La verdad, por supuesto, es que las paredes de un edificio no cuentan ninguna historia.

Sólo las palabras y los recuerdos de quienes, por un breve instante, ocuparon esos espacios crean en nuestra imaginación un mundo lleno de significado.

Y, sin embargo, ese breve instante contiene en sí mismo una sombra, un reflejo, un eco de uno de los períodos más complejos y devastadores de la historia del siglo xx.