Hotel Exilio Un bolso #2
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Un bolso #2

Llevaba guantes, un uniforme verde y un casco, bajo cuya visera pudo verse, cuando alzó la cabeza, un rostro fino y sonrosado, casi infantil.

—¡Qué joven es! —murmuraron las mujeres, que, sin ser plenamente conscientes, esperaban alguna visión del Apocalipsis, un extraño y horripilante monstruo.[1]

Irène Némirovsky murió de tifus en Auschwitz el 17 de agosto de 1942, apenas un mes después de que se la llevaran de Francia. Su marido, Michel Epstein, fue deportado a Auschwitz el 6 de noviembre de 1942 y gaseado a su llegada.

Tras la desaparición de ambos, sus dos hijas, que habían quedado al cuidado de su niñera, Julie Dumot, pasaron buena parte del tiempo en Burdeos, donde asistieron a la escuela con nombres falsos.

Cuando la guerra llegó a su fin, las niñas hicieron varios viajes a París con Julie para esperar a sus padres, a quienes Julie trataba en vano de localizar.

Mucho tiempo más tarde, la última novela de Irène Némirovsky, inacabada, en la que trabajaba cuando la arrestaron, se publicó como Suite francesa, sesenta y dos años después de la muerte de la autora.

El manuscrito incompleto se conservó en la maleta que sus hijas, a insistencia de Michel, habían mantenido a salvo.

Los temas de la novela eran la caída de Francia, la huida de París, la Ocupación.

Todo lo que Irène y su familia vivieron se había transformado en ficción.

Escrita en dos partes, la intención de Irène era concluir el libro con una tercera, que presumiblemente habría llevado al lector hasta el final de la guerra. Nunca sabremos lo que habría contenido.

Paul Léon, Theodor Tichauer

Hasta el final de la guerra Lucie Léon no conoció a un superviviente que había viajado en el mismo transporte que su marido y que pudo decirle lo que le había sucedido a Paul.

Lo mataron el 4 de abril de 1942, sólo diez días después de que Lucie y Alexis lo despidieran en el andén: «Estaban construyendo Birkenau, una ampliación de Auschwitz, y durante la marcha hacia aquel lugar se quedó rezagado y lo mataron a tiros porque no podía seguir el ritmo.» [2]

El padre de Eva Tichauer, Theodor, murió dos días después que Paul Léon, el 6 de abril de 1942.

De aquel primer convoy del 27 de marzo de 1942, sólo regresaron entre veinte y treinta hombres de un grupo de 1.112.

Un poeta en Mauthausen

—¡Thomas, tienes que salvar a Péron!

—Pero, comandante, le estoy pasando comida a escondidas. Usted sabe el riesgo que corro.

Durante meses, todos nosotros habíamos protegido, apoyado, defendido, sacudido, vigilado y profesado afecto al único corazón puro de nuestra miserable troupe, quien había llegado a Mauthausen como Orfeo descendió al inframundo: un cordero extraviado en una jaula de lobos.

Apartamos a Dick Péron de las ss y de los kapos, recuperamos el pan que acababa de dejarse arrebatar, lo libramos de los turnos y recibimos golpes en su lugar.

Habría muerto cien veces si no lo hubiéramos arrastrado fuera de los cien peligros catastróficos con los que tropezaba.

[...] Tenía cuarenta años, aparentaba cincuenta, y era nuestro hijo.

Un día, a causa de sus meteduras de pata, su descuido, su aire general de asombro, su bondad desconcertante y cómica en medio de tanta ferocidad, todo el campo acabó por descubrir lo evidente y comprender que era un poeta.

La voz corrió por los barracones, las letrinas, las torres de vigilancia y la fábrica: había un poeta en el Kommando del carbón, un poeta ennegrecido por el polvo, amenazado por una conjuntivitis purulenta, que recogía coque con las manos desnudas y heladas porque no podía levantar una pala;

un hombre enfermizo y suave, que había estudiado en la École Normale Supérieure, especialista en toda clase de cosas.

Cuando encontraba fuerzas, recitaba sonetos de amor que había escrito él mismo y que siempre tenían un punto amargo, u odas clásicas que escuchábamos como una especie de venganza; incluso quienes no entendían nada de sus palabras lo escuchaban.

A Péron lo perseguían los agentes de las ss, lo golpeaban los kapos por tardón, por impuntual y por soñar despierto, pero irradiaba bondad y se esforzaba por brindarnos ese espectáculo increíble: exigía amistad a los polacos, quienes acudían en su ayuda tanto como nosotros, y vimos a Otto,

el superkapo ante quien se inclinaban y temblaban todas las gorras negras, Otto, quien lo había apaleado y lo había acosado, amenazándolo con enviarlo al crematorio; sí, vimos a Otto, la noche del aniversario de su primer asesinato, ve­nir a suplicarle que recitara poesía.

—Wo ist der Dichter, der Franzose!

«¿Dónde está el poeta, el francés?»

Nunca olvidaré las caras boquiabiertas de aquellos monstruos mientras escuchaban los versos de Verlaine.[3]

Alfred Péron, el de los elegantes plus-fours irlandeses, compañero de tenis del joven Samuel Beckett, traductor y profesor, valiente miembro de la Resistencia, traicionado por un sacerdote, acabó en Mauthausen.

Su presencia en el campo la registra con un detalle vívido su compañero de cautiverio Georges Loustaunau-Lacau, un político de derechas que utilizó su puesto en el Gobierno de Vichy como tapadera para sus actividades en la Resistencia.

Como Walter Benjamin aferrado a su maletín al cruzar los Pirineos con paso tambaleante, como Paul Léon garabateando instrucciones para la educación adecuada de su hijo, Alfred Péron era un hombre cuyo único hogar verdadero era una habitación llena de libros; un alma gentil,

poco preparada para sobrevivir a la brutalidad de la guerra en el siglo xx.

Samuel Beckett estaba en Irlanda cuando supo de la muerte de su amigo.

Alfred Péron sobrevivió a Mauthausen, sólo para morir en Suiza, de camino a casa, el 1 de mayo de 1945.

Dos relatos de los últimos meses de Péron, escritos por Georges Loustaunau-Lacau, se publicaron poco después de la guerra.

Es muy probable que la viuda de Alfred, Mania, se los mostrara a Beckett.

[4] Quien conozca Esperando a Godot, escrita en 1948-1949, encontrará en ella la huella de los años de guerra.

Si Mania Péron no hubiera advertido a Beckett de la traición de Robert Alesch, él también habría acabado en un campo de concentración.

Salvada por una alemana

Germaine Tillion, la antropóloga del Musée de l’Homme cuyo arresto en agosto de 1942 se debió a la traición de Robert Alesch, fue deportada a Ravensbrück en octubre de 1943.

Allí estuvo recluida en la sección Nacht und Nebel («noche y niebla») del campo, junto con Geneviève de Gaulle, sobrina de Charles de Gaulle.

La madre de Germaine, Emilie, fue enviada al mismo campo, donde moriría más tarde, en marzo de 1945.

Fue una amiga alemana quien salvó la vida de Germaine Tillion: Margarete «Grete» Buber-Neumann, hermana de Babette Gross.

Grete estaba casada con una de las estrellas del firmamento comunista alemán, Heinz Neumann, acusado después de «desviarse» de la línea del Partido y caído en desgracia.

Cuando la policía suiza detuvo a Heinz a finales de 1934 y Moscú ofreció acoger a la pareja, Heinz y Grete ignoraron el consejo de Willi Münzenberg y Babette Gross de no ir allí.

Zarparon en un carguero soviético y llegaron a Moscú a comienzos del verano de 1935, donde se alojaron en el Hotel Lux y vieron cómo sus amigos iban cayendo, poco a poco, víctimas del Terror estalinista.

Era cuestión de tiempo que ellos también oyeran los golpes en la puerta y recibieran la citación para la prisión de Lubianka.

Tras el arresto y asesinato de Neumann en 1937, enviaron a Grete a un gulag siberiano, donde sobrevivió tres años, hasta que la entregaron a los nazis y la deportaron a Ravensbrück tras el pacto germano-soviético.

Grete estaba enferma en el revier de Ravensbrück cuando corrió el rumor de que todos los prisioneros de la sección «noche y niebla», los judíos y los gitanos iban a ser enviados a Mauthausen, donde serían gaseados.

[5] Fue Grete quien ideó el plan para salvar a «Kouri», el nombre clandestino de Germaine Tillion.

Sus amigas la introdujeron de tapadillo en la enfermería y la escondieron bajo las mantas de Grete, donde se encogió e intentó hacerse tan pequeña como pudo mientras esperaban, escuchando la sirena que sonaba fuera para reunir a los prisioneros,

los bramidos de los vigilantes de las ss que voceaban órdenes y el ruido del motor de los camiones, arrancando antes de alejarse.

Cuando entraron tres médicos de las ss, uno de ellos le preguntó a Grete cuántas enfermas había en la sala.

«“Dos, Herr ss Doctor”, respondí con una voz débil.

»“¿Tú qué dolencia tienes?”, preguntó.

»Se lo dije y echó una mirada a la moribunda que había debajo de mí, antes de salir con los otros dos. La puerta se cerró tras ellos. Estábamos salvadas.»