Un bolso
Del Lutetia a los grandes almacenes Le Bon Marché, cruzando la pequeña plaza, hay un paseo corto, pero a Margot Rauch se le hace eterno.
Tiene algo de dinero, el primero que sostiene en la mano en...
¿cuánto tiempo? Es difícil saberlo. Parece una cantidad generosa, pero cuando ve los precios entiende, vagamente, que todo ha cambiado mucho desde la última vez que compró algo.
Últimamente le han dado muchas cosas —ropa para ponerse, comida—, pero ese dinero es lo primero que recibe que es suyo para hacer con ello lo que quiera.
Y lo que quiere ahora es volver a sentirse una mujer normal.
La dependienta ya ha visto a unos cuantos de esos fantasmas en los últimos días: no son como las clientas habituales, que se demoran en el mostrador de perfumes probándose fragancias, cotilleando y riendo.
Todo el mundo está malnutrido; eso es inevitable después de seis años de guerra.
Pero estas mujeres son distintas: algunas se tapan la boca al hablar, avergonzadas por los dientes que les faltan; otras se quedan mirando cuando les hablan, como si el sonido les llegara desde una distancia inmensa.
Se mueven como sombras, y nadie quiere mirarlas de verdad, porque hay algo en ellas que despierta en los demás una sensación de repulsión, ¿o es vergüenza?
Margot compra tres cosas. Primero, un peine y un cepillo de dientes.
Luego, un bolso, el más barato que encuentra, porque el dinero, resulta, vale poco y debe reservar una parte para otras necesidades.
La dependienta observa cómo la señora morena, con la ropa mal ajustada, abre con cuidado el bolso.
Del bolsillo del abrigo saca un documento —carte de déporté, lee la dependienta, al revés— y lo guarda con esmero en el pequeño bolsillo interior con cremallera.
«Esto servirá», dice ella, con un fuerte acento al hablar francés.
Extiende la mano con varios billetes y deja que la mujer tome la cantidad necesaria.
La dependienta la ve caminar hacia la salida: una mujer de mediana edad con un bolso colgado del brazo.
No puede imaginar la importancia de ese momento para Margot Rauch.
No puede saber que esos gestos pequeños son los primeros pasos de un regreso desde un exilio brutal hacia algo que los demás llaman normalidad.
Ser una mujer, un ser humano y no un perro, es poder peinarse, cepillarse los dientes y llevar a salvo los documentos de identidad dentro de un bolso.
Regresa al Lutetia avanzando despacio entre la multitud reunida fuera, que pregunta: «¿Ha visto a...? ¿Conoce a...?» Sube por la escalera enmoquetada hasta su habitación y se tumba, exhausta.
Margot Rauch, la pianista alemana que huyó de los nazis a Roma y luego a Francia con su hija, Ruth, y que fue internada en el campo de Gurs, donde entretenía a sus compañeras internas alemanas con conciertos de piano, sobrevivió a Auschwitz y regresó a Francia en 1945, sola.
[65] Su hija había muerto; su madre y su ex marido también.
Era una de las poquísimas refugiadas judías alemanas que regresaron a Francia tras el fin de la guerra y, cuando llegó al Lutetia, le dieron una pequeña suma de dinero, junto con la importantísima carte de déporté, su primer acto independiente fue ir a Le Bon Marché y comprar un bolso barato,
un cepillo de dientes y un peine.
Porque, como sabía la madre de Eva Tichauer cuando la hicieron bajar del tren en Auschwitz, un bolso es más que un simple bulto: es el continente seguro donde una mujer puede guardar documentos importantes.
A los exiliados alemanes primero los despojaron de su nacionalidad alemana y luego se les negó el derecho a ser considerados franceses.
Habían aprendido, mejor que nadie, que sin documentos de identidad no sólo no tienes derechos ni un país que te proteja: sencillamente no existes.
Eva Tichauer tenía quince años cuando sus padres huyeron de Berlín a París; veintiuno cuando estalló la guerra; veintiséis cuando emprendió la marcha de la muerte desde Auschwitz hasta Ravensbrück en 1944; y veintisiete cuando por fin fue liberada de Ravensbrück por soldados rusos.
[66] Pese a todo lo que había sufrido, su alegría al ser liberada fue juvenil y total.
«La libertad nos dio alas», recordaría, cuando ella y sus amigas atravesaban Europa de regreso a Francia.
«Recuerdo un árbol en flor al borde del camino.»
Los rusos les dieron bicicletas. «No entendí enseguida que había que pedalear hacia atrás para frenar, pero conseguí volver sin caerme.»
Soldados estadounidenses las ayudaron a encontrar un tren que las llevó a un aeropuerto cerca de Halle.
Allí, entre cientos de desplazados que esperaban, a ella y a sus amigas las hicieron pasar al frente de la cola (los deportados tenían prioridad sobre los prisioneros de guerra) y, de pronto,
Eva se vio formando parte de un grupo de veinticinco deportados que viajaba en un pequeño avión de transporte hacia París.
El piloto dio un rodeo especial al sobrevolar la Torre Eiffel antes de aterrizar en el aeropuerto de Le Bourget, a sólo unos tres kilómetros del campo de Drancy, desde donde a ella y a su madre las habían transportado a Auschwitz en 1942.
En el aeropuerto, una banda tocó La Marsellesa mientras un médico rociaba a los recién llegados con ddt.
Eva llegó al Lutetia el 18 de mayo de 1945, donde se alojó en lo que le pareció una «habitación de lujo» y fue sometida a «un interrogatorio exhaustivo en el hotel. Ese mismo día, recibí papeles de refugiada y la ropa y la ayuda económica que me habían prometido».
Como le sucede a Margot Rauch, el recuerdo más vivo de Eva Tichauer de su regreso a Francia es el restablecimiento de su identidad. «No estoy segura de cuál fue el primer documento; creo que fue una carte de déporté, pero un poco después me devolvieron mi certificado de naturalización.»
Este documento les había sido concedido a Eva y a sus padres en 1937 en calidad de refugiados políticos, otorgándoles el derecho a trabajar y garantizando que en Francia estarían a salvo. En 1940, el mariscal Pétain había revocado ese derecho.
«Nos lo habían quitado y ahora tenían que devolvérnoslo. Estaba doblado en el fondo del cajón de algún funcionario... Allí estaba, bien doblado en cuatro.»
Eva sobrevivió gracias a la determinación de sus padres, en particular de su madre, Erna, quien hizo todo lo que estuvo en su mano para abrir posibilidades futuras a su única hija superviviente.
Por encima de todo, fue la formación médica de Eva lo que le salvó la vida, junto con su dominio del francés, que le permitió intimar con un grupo de comunistas francesas, miembros de la Resistencia, en el campo.
Tras ser separada de su madre en Auschwitz, Eva pudo trabajar en la enfermería de Birkenau.
Luego la trasladaron a un subcampo de Auschwitz-Birkenau llamado Raisko, donde se usaba a los prisioneros como cobayas en investigaciones científicas para el Instituto Kaiser Wilhelm (donde Albert Einstein, antes de huir de Alemania, fue director de la sección de física).
La tarea principal de Eva era cultivar, en condiciones europeas, una planta asiática llamada kok-saghyz.
Sus raíces contienen látex y los nazis querían desarrollar una variedad que pudiera usarse para producir caucho.
Un médico de las ss, Joachim Caesar, estaba al frente del proyecto; pero, como no tenía idea de cómo abordar la tarea, puso al mando a una interna: una francesa llamada Claudette Bloch-Raphaël.
El Kommando lo formaban mujeres de muchas nacionalidades distintas, y un buen número de ellas tenían títulos en biología, química o agronomía.
Claudette Bloch hizo todo lo posible por hallar empleo a muchas de sus compañeras francesas.
Una de ellas fue Eva Tichauer, cuyas raíces alemanas se habían desvanecido ya de tal modo que los demás —e incluso ella misma— la consideraban francesa.
Fue la solidaridad de las francesas que conoció en el campo lo que la sostuvo y la sacó adelante; y lo que impulsó su compromiso de por vida con el comunismo.
Mientras trataba de recomponer su vida, hecha añicos, Eva retomó sus estudios de Medicina y se tituló como doctora cuatro años más tarde de lo que había planeado. Trabajó como médica en Francia durante toda su carrera y vivió hasta los cien años.
«Durante todo el tiempo que estuvimos en Francia, mi madre fue la persona más dinámica de la familia y aquella en quien todos podíamos apoyarnos, la figura más sólida de nuestras vidas allí.»
La última imagen que Eva conserva de esa mujer dinámica es verla alejarse al anochecer hacia un camión que la espera, sabiendo que la muerte la aguarda porque le han ordenado dejar su bolso en el tren.
Margot Rauch ofrece la imagen especular de ese recuerdo: una madre que sobrevive a su hija. Una mujer que compra un bolso para reafirmar su existencia.
El final del retorno
Llega julio y luego agosto. La riada de repatriados se reduce a un arroyo y luego a un hilo.
La multitud que espera fuera del Lutetia decrece.
Las fotografías amarillean y se desvanecen.
La guerra, que terminó en Europa en mayo, concluye por fin del todo en agosto, con nubes en forma de hongo elevándose sobre Japón.
Se retiran los paneles, desaparecen las barreras. En septiembre, el hotel cierra durante un mes para poner todo en orden de nuevo. El arquitecto Louis-Hippolyte Boileau elabora una lista de desperfectos para enviarla al ministerio:
Pintura: manchada, deteriorada y sucia. Losas: rotas.
Cerraduras: no funcionan. Espejos: rotos.
Puertas: faltan manillas y herrajes. Parquets: manchados, tablillas sueltas.
Arañas y lámparas en buen estado. Molduras: mosaico de los peldaños levantado; bordes de latón de los peldaños destrozados.
Paredes de los pasillos: arañadas en varios puntos.
Habitaciones: moquetas manchadas; papel deteriorado y arrancado; la madera pintada necesita lavarse. [67]
La guerra ha terminado. El Lutetia debe prepararse para recibir a una nueva generación de huéspedes.
Coda
Finales – Irène Némirovsky
Lo que llegaba no eran los alemanes, sino un alemán: el primero.
Tras las puertas cerradas, por las rendijas de las persianas medio bajadas o los ventanucos de los graneros, todo el pueblo lo vio acercarse.
Detuvo la motocicleta en la plaza desierta.