Hotel Exilio Silencio
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Silencio

Después de la guerra llega el gran silencio.

Quienes no han vivido los campos de concentración no pueden imaginarlo.

Quienes han sobrevivido aprenden pronto que los demás no están dispuestos a oír lo que tienen que contar.

Lo que la gente quiere, más que nada, es olvidar.

Olvidar la vergüenza de la colaboración, la falta de solidaridad, la traición a los extranjeros, la traición a los judíos, la pobreza, el hambre, el sufrimiento.

Edith Davidovici recuerda:

Ni siquiera a mis padres podía contarles lo que había pasado.

No me salían las palabras de la boca. Todo lo que habían oído no habían querido creerlo; y todo lo que creían no querían decírmelo, para ahorrarme dolor.

¿Cómo íbamos a hablar de todas las cosas horribles que vimos allí?

¿Quién lo habría creído? Era imposible. Durante años y años no dije nada.

Y no sólo yo. Me superaba. Y la gente, en realidad, no preguntaba.

No quería saber. Y como yo parecía estar bien y había engordado un poco, decían que no podía haber sido tan terrible. [58]

El trauma se expresa de formas distintas, persiguiendo a los supervivientes a lo largo de su vida en sueños, pesadillas, compulsiones, angustias, problemas de salud.

Marcel Bercau siempre tiene la misma pesadilla: siempre está en un laberinto, perseguido, incapaz de escapar. Variaciones distintas de un mismo tema.

Jean-Claude Vogel escribe:

Durante muchos meses después de nuestro regreso, soñé casi cada noche con nuestra llegada al campo.

Veía a mi madre subiendo a un camión con mi hermano; el camión arrancaba y mi madre me abandonaba.

Yo empezaba a llorar y corría detrás del camión; uno de los agentes de las ss me detenía golpeándome en la cabeza con una porra.

Me despertaba en el campo y la pesadilla empezaba otra vez. [59]

Para algunos, el silencio es la única manera de continuar con una vida «normal». Raymond Huard fue deportado a Buchenwald por sus actividades en la Resistencia:

En cuanto me liberaron me dije: quiero borrar toda esa miseria... Muchos de mis amigos estuvieron marcados por aquello durante años. Se despertaban en mitad de la noche con pesadillas. Yo quería liberarme de eso. Volví a mi vida con bastante facilidad.[60]

Sobrevivir a la deportación es encontrarse en un tipo particular de exilio: separado del resto de la sociedad por experiencias que los demás no pueden siquiera empezar a comprender.

El descubrimiento del sistema de campos de concentración nazi y de la Solución Final proyecta una sombra cruel sobre el final de la guerra para quienes acaban de ser liberados tras años de ocupación.

Pero ese conocimiento encaja mal con el relato de resistencia nacional que impulsa el general De Gaulle en nombre de la unidad.

Los deportados son un recordatorio incómodo de que fueron los propios franceses quienes detuvieron y recluyeron a judíos y résistants. Son un reproche andante.

Tras la guerra, muchos de los que lucharon en la Resistencia se desilusionaron al ver a quienes ascendían al poder arrogarse una implicación en la lucha antinazi mucho mayor de la que en realidad tuvieron.

Les costó reintegrarse en la vida civil.

La renovación social y política que esperaban nunca llegó.

Tras la claridad que implicaba la lucha contra el nazismo, el regreso a las medias verdades grises de la política de siempre resultaba difícil de aceptar.

Para los judíos, el regreso significó vacío y familias diezmadas.

Preguntas sin respuesta. Sentimientos que no se aquietan.

Aislamiento. Un legado de miedo, mala salud, depresión y más miedo.

El miedo a no ser creídos por quienes no vivieron el horror de los campos.

El miedo a sumir en el horror a quienes habían perdido a sus seres queridos.

Léopold Rabinovitch, miembro de la Resistencia que logró escapar de Dachau en abril de 1945: «Mi mujer siempre se ha negado a saber exactamente cuándo y cómo murió su madre, a tener que imaginársela desnudándose y luego corriendo desnuda, bajo una lluvia de golpes, hacia la cámara de gas.» [61]

Y, por encima de todo, la sensación de que nadie quiere saber qué les ocurrió.

Simone Veil: «A menudo, se oye decir que los deportados querían olvidar o preferían callar. Sin duda ello es cierto en el caso de algunos, pero no para la mayoría. En mi caso, por ejemplo, me habría gustado hablar de ello, dar testimonio. Pero nadie quería escucharnos.» [62]

Pasarían décadas antes de que este terrible momento de la historia de Francia se abriera por completo y se examinara a fondo.

La mayoría de los supervivientes empezó a hablar y a escribir sobre sus experiencias sólo en la vejez, tratando de comprender lo que habían vivido y de transmitirlo a otros.

Maurice Cling sintió la necesidad de compartir sus experiencias como niño en Auschwitz antes de que fuera demasiado tarde: «La experiencia de la barbarie racional en pleno siglo xx es una advertencia crucial.» [63]

Amicales

Inmediatamente después de la guerra, el apoyo médico o social a los supervivientes de los campos de concentración era casi inexistente, lo que llevó a algunos de los más activos entre ellos a crear sus propias organizaciones, conocidas como amicales (asociaciones).

Grupos de supervivientes de distintos campos organizaron reuniones y encuentros que ofrecían calidez y solidaridad a sus miembros, así como la oportunidad de salir del aislamiento que tantos padecían y de compartir pensamientos y sentimientos con personas que comprendían de verdad lo que habían

vivido.

Las amicales hicieron campaña en nombre de sus miembros para obtener el derecho a prestaciones y tratamiento médico, publicaron boletines y organizaron conmemoraciones.

Grupos de supervivientes visitaban cada año el Hotel Lutetia para compartir una comida en recuerdo de su regreso a Francia y, en 1985, convencieron al hotel para que les permitiera colocar en su fachada una placa conmemorativa que aún puede verse hoy:

De abril a agosto de 1945, en este hotel transformado en centro de acogida, fueron recibidos algunos de los supervivientes de los campos de concentración nazis, felices de recuperar la libertad y a los seres queridos de los que habían sido separados a la fuerza.

Su alegría no podía borrar la angustia y el dolor de las familias de los miles de desaparecidos que esperaron en vano aquí a los suyos.

40.º aniversario de

la liberación de los campos,

21 de mayo de 1985

Para los deportados, el Hotel Lutetia representó un breve momento de calidez inesperada en un mundo frío e inescrutable.

Regresaron a Francia como exiliados que volvían de un planeta extraño, cuyo paisaje de crueldad y violencia resultaba inimaginable para quienes habían dejado atrás.

Fue en el Lutetia donde su fe en la humanidad empezó a reafirmarse poco a poco.

También fue allí donde recuperaron su identidad: tras tanto tiempo soportando que los trataran como algo menos que animales, recibieron documentos oficiales, les dieron de comer y se los asistió con delicadeza.

Edith Davidovici: «Nos acogieron con tanta calidez, con tanto lujo, con tanta bondad, después de todas las humillaciones por las que habíamos pasado...» [64]