Cifras
El jueves 26 de abril de 1945, los primeros deportados llegan al Lutetia.[52]
El 29 y 30 de abril, el hotel recibe a más de 800 supervivientes de los campos de Neckar, Buchenwald, Dora y Bergen-Belsen.
A partir del 10 de mayo, el hotel registra una media de entre 300 y 400 entradas diarias.
Entre el 20 de mayo y principios de junio, a veces pasan por las puertas del Lutetia más de 500 repatriados al día.
Después del 10 de junio, las cifras descienden de forma significativa.
A partir del 12 de julio, la caída de retornos es aún más marcada.
Los últimos repatriados llegan el 29 y el 30 de agosto.
El centro de repatriación del Lutetia cierra oficialmente el 1 de septiembre de 1945.
En el pico de llegadas hay casi 600 voluntarios, aunque en junio esa cifra ya se había reducido a la mitad.
El Hotel Lutetia no fue el único centro de repatriación que recibió deportados: se habilitaron unos cuarenta, situados sobre todo en el norte y el este de Francia, y en París.
El Lutetia es el más conocido, en parte por su esplendor, pero también porque recibió el mayor número de repatriados.
Aunque es imposible dar cifras exactas, se ha estimado que, en total, pasaron por el Lutetia entre 18.000 y 20.000 deportados, es decir, más de un tercio del total de los que regresaron.
Después
«Y ahora aquí estaba yo, sola en mi habitación», escribe Charlotte Delbo tras ser liberada de Auschwitz. «La desesperación me arrolló. Durante toda la deportación había soñado con la libertad. ¿Era esto la libertad: esta soledad intolerable, esta habitación, este cansancio...?»[53]
Volver a casa era algo que todos los deportados anhelaban. Era ese sueño, por encima de cualquier otra cosa, lo que los sostuvo durante el cautiverio y el duro viaje a través de Europa. Y, sin embargo, el regreso, cuando llega, resulta mucho más complicado de lo que jamás habrían imaginado.
Micheline Maurel, miembro de la Resistencia y superviviente del subcampo de Ravensbrück Neubrandenburg: «Esa decisión, querer vivir, fue lo único que me sostuvo hasta la Liberación. Sobrevivir era luchar, era no aceptar lo que querían hacernos. La supervivencia: nuestro sabotaje definitivo.
Con la liberación, ya fuera de peligro, quienes tenían quebradas sus fuerzas vitales ya no podían sostenerse. La existencia les parecía vacía como un desierto.» [54]
Para algunos miembros de la Resistencia, los lazos estrechos que forjaron con sus compañeros se han vuelto más importantes que la familia. La pérdida de esa camaradería es casi insoportable cuando regresan a un mundo que se les antoja frío, indiferente, incluso hostil.
Germaine Bonnafon, que tenía sólo veintidós años cuando fue deportada a Ravensbrück por sus actividades en la Resistencia, recuerda:
Me alegró ver a mi madre, a quien no veía desde 1942, pero ¿adónde íbamos a ir?
¿Qué iba a ser de nuestra vida? Mi padre ya no estaba con nosotros.
Yo me había ido de casa con dieciocho; cuando volví tenía veintitrés.
Los miembros del grupo con el que estaba, al igual que yo, se reencontraron con sus familias: una se reunió con su marido, otra tuvo la suerte de encontrar a sus dos padres...
Pero habíamos sido un grupo tan unido, nos habíamos sostenido unas a otras, habíamos creado tal sentido de solidaridad: a veces, cuando sentías que estabas a punto de derrumbarte, bastaba una mano en el hombro, sólo eso; te daba calor, te levantaba el ánimo.
Nos convertimos en una pequeña familia muy unida.
De modo que, a pesar del alivio de haber sido liberadas (de no tener que temer ya a las ss ni de tener que hacerlo todo a escondidas, con la policía francesa pisándonos los talones), nos costaba creerlo.
Y por eso fue tan duro separarnos de aquel pequeño grupo.
Todas prometimos escribirnos, pero cada una se fue a intentar retomar su vida normal...
Y, de repente, de manera brutal, se terminó todo. Se acabó.[55]
Y luego está la reacción de los demás. En cuanto salen del Hotel Lutetia, los supervivientes de los campos se ven confrontados con un mundo en el que hay personas que han pasado la guerra llevando una vida relativamente normal y que muestran poca disposición a hacerse cargo de aquello que han
tenido que sufrir los deportados.
Marcel Debrouwer, combatiente de la Resistencia:
Nos compadecían. No nos hablaban y nosotros no queríamos hablarles de ello.
[...] Recuerdo que una vez me tropecé con el escalón al bajar del metro y me caí.
Cinco o seis personas me ayudaron enseguida a levantarme, pero sin decir una palabra, como si yo estuviera enfermo o fuera un viejo, o un extranjero, alguien que hubiera regresado de muy lejos.
La gente no nos hablaba. Eso seguimos encontrándonoslo más tarde también. [56]
Edith Davidovici recuerda:
Nos dieron cinco mil de los antiguos francos y un billete especial de metro.
Nos subimos al metro con los bolsillos llenos de fruta (reconozco que cogimos toda la fruta que pudimos llevar).
Yo tenía una manzana y me la estaba comiendo en el metro.
Había un hombre revisando billetes y dijo: «¿Y esto qué es?»
Le expliqué que éramos deportadas que regresábamos de Auschwitz.
Él dijo: «Oh, se la ve muy bien. Debió de pasarlo bien allí.»
Le dije a Miriam: «Me cuesta no tirarle este corazón de manzana a la cara.»
Pero preferí dejarlo estar, porque no podías hablar con nadie de ello. [57]