Christiane
Cada mañana, Christiane Umido escucha la radio en casa de su tía, a la hora en que emiten una lista con los nombres de las personas que han llegado al Lutetia.
[50] Christiane tenía once años cuando deportaron a sus padres por sus actividades en la Resistencia, y espera —ansía— oír el nombre de su madre o el de su padre.
El viernes 8 de junio, el día de su decimocuarto cumpleaños, su paciencia se ve recompensada: el nombre de su padre está en la lista.
Sin decir nada a su tía, Christiane decide no ir a la escuela.
En lugar de ello, acude sola al Hotel Lutetia y espera con ansiedad entre la multitud, sosteniendo una foto de su madre, por si acaso.
Cuando ve a su padre, lo primero que piensa es que ha debido de llegar la noche anterior, porque lleva ropa normal —pantalones y camisa— y se le ve limpio: el pelo peinado, la barbilla recién afeitada.
Se acerca a ella, con lágrimas surcándole el rostro, sonriendo, y dice: «Me sangraban los pies, me dolían muchísimo, pero lo que me mantenía en marcha era la idea de llegar a tiempo para tu cumpleaños. ¡Cómo has crecido!» , añade. «¡Has cambiado tanto!»
Quise responder «tú también», pero me contuve.
Porque él sí que había cambiado mucho. Estaba tan flaco, le faltaban muchos dientes...
Pero lo que más impactaba era su delgadez.
Parecía más pequeño, pero yo había crecido, así que supongo que era normal.
Un hombre vino y nos llevó por París en un cochecillo diminuto hasta Bois-Colombes, donde vivíamos antes.
Mi padre dijo: «Ya verás, empezaremos una vida nueva.»
Yo estaba contenta porque ya no tendría que vivir con mi tía.
Me invadía la alegría, pero también el dolor: me sentía muy pequeña, como si aquellos acontecimientos fueran mucho más grandes que yo.
No había noticias de mi madre, ¿comprendes?
Faltaba la tercera persona. Así que mi alegría no era completa.
Y tampoco hablamos de ello, ninguno de los dos.
No queríamos sacar el tema. Creo que era demasiado doloroso para él, y para mí también.
Así que nos quedamos en silencio. Yo no pregunté nada, y él no quería responder, y así pasaron los años.
Él debía de saberlo. Yo seguí esperando durante mucho tiempo.
Y cada vez que paso por el Hotel Lutetia me digo: ¡Dios mío! ¡Qué historia!
Setenta y ocho años después, en el sótano de su oficina del boulevard Saint-Germain, una mujer diminuta y de rostro dulce asiste a una reunión de la sección parisina de la afmd (Les Amis de la Fondation pour le Mémoire de la Déportation,
«los Amigos de la Fundación para la Memoria de la Deportación»), una organización dedicada al recuerdo de los deportados.
Christiane Umido tiene ahora noventa y dos años y sigue acudiendo con regularidad a estas reuniones, sonriendo y bromeando con los presentes mientras concluyen los asuntos pendientes antes de las largas vacaciones de verano.
Circulan papeles, se despacha rápidamente el orden del día.
Hay un cumpleaños que celebrar: alguien ha traído champán y galletas; reparten vasos, se propone un brindis, todos beben un sorbo con educación, envueltos por el pegajoso calor estival.
Después, cuando se dispersan deseándose buen verano, Christiane espera a que los demás suban para no hacer perder tiempo a nadie.
Está frágil. Uno de sus compañeros del comité la ayuda a subir las escaleras.
Cuando vuelve a contar su historia, los detalles siguen vivos, grabados a fuego en su memoria: una niña que esperó a sus padres, sólo uno de los cuales regresó.
Serge
Serge Klarsfeld tenía ocho años cuando detuvieron a su padre en 1943.[51] La familia se alojaba en un piso de Niza cuando se promulgó un edicto que declaraba que los judíos ya no podían salir de la zona.
Mi padre construyó un tabique falso en un armario de nuestro piso.
Nos dijo que, si los alemanes nos encontraban, él sobreviviría porque era fuerte; pero nosotros (mi madre, mi hermana y yo), no.
Pasamos varios días practicando cómo escondernos en el armario para que pareciera que mi padre vivía solo en el piso.
El 30 de septiembre, a medianoche, vimos la luz de los reflectores proyectarse en el techo. Había camiones alemanes en la calle. Comprendimos que era una redada.
El padre de Serge metió a toda prisa a su esposa y a sus dos hijos en el armario y luego fue a abrir la puerta.
Serge oía las preguntas: «¿Dónde está tu mujer? ¿Dónde están tus hijos?»
Su padre respondió que estaban desinfectando el piso y que su familia estaba en el campo.
Los soldados no insistieron, pero registraron la vivienda. Uno de ellos incluso abrió el armario.
Nos pusimos a cuatro patas detrás del falso fondo.
Apartó la ropa, pero no tocó el tabique, y eso nos salvó la vida.
Nos quedamos allí, empapados en sudor. Mi hermana, que tosía un poco, se metió un pañuelo en la boca.
Entendimos que teníamos que guardar silencio: que descubrirnos significaba la muerte.
La madre de Serge fue a ver partir el convoy: alrededor de un centenar de judíos. Más tarde le dijo a Serge que su padre le había hecho una señal con los ojos para que se marchara, temiendo que los alemanes detuvieran a quienes estaban mirando.
Durante otros cuatro meses, Serge, su hermana y su madre lograron evitar las redadas y regresaron a París en 1944.
En la primavera de 1945 se alojan en un piso cerca de la Porte Saint-Cloud cuando hacen el breve trayecto al Hotel Lutetia, llevando una fotografía del padre de Serge para preguntar si alguien tiene noticias de él.
Van muchas veces y, con cada visita, la angustia crece, porque él no aparece.
Tras unas semanas, se hace dolorosamente obvio que no va a regresar.
Recuerdo el hotel con todas las fotos, los avisos, las multitudes.
De vez en cuando la gente se encontraba, lloraba, se contaba sus historias.
No le tengo rencor al Hotel Lutetia porque mi padre no regresara. No tiene nada que ver con el lugar: es sólo un telón de fondo. Imagino que, para un oficial de la Abwehr que regresara allí en 1970, el Lutetia sería un buen recuerdo. Como dijo Stendhal: «Todo paisaje es un estado de ánimo.»