Hotel Exilio La espera
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La espera

Cada día, por mucho trabajo que tenga, Sabine Zlatin encuentra tiempo para bajar y mirar los paneles, a ver si hay noticias de Miron o de los chicos.

Un día, un hombre con un gorro ruso marrón se le acerca y le pregunta si es madame Zlatin.[48]

«A estos tres hombres», dice, señalando las fotografías de Miron, Theo Reis y Arnold Hirsch, «los conocí. Estábamos en la misma fortaleza».

Le cuenta a Sabine que su marido y los dos chicos trabajaron primero en un molino harinero y luego en otra fábrica cerca de Tallin.

Cuando los rusos estaban cerca, un destacamento de las ss fue a los barracones y eligió a un grupo de veintiún hombres: «Hoy no vais a la fábrica; vais a cortar leña.»

El hombre supo después que los fusilaron en un bosque cercano el 31 de julio de 1944.

Durante tres semanas, se repitió el mismo patrón: los elegidos cada día tenían que enterrar a los compañeros asesinados el día anterior.

Miron tenía treinta y nueve años. Theo Reis, de dieciséis, y Arnold Hirsch, de diecisiete, habían nacido en Alemania.

Desolada, Sabine vuelve a su trabajo. «Mi espera del regreso de Miron y de esos dos chicos había terminado. Pese a los muchos amigos que me rodeaban, me sentí muy sola.»

Mientras no había noticias, había lugar para la esperanza.

Con la dura realidad de los hechos llega también un dolor tan profundo que el corazón se sella.

Cada persona está sola: ven que hay otras cerca, gente que intenta decirles algo.

Pero, sumidas en el exilio de su duelo, no pueden oír palabras de consuelo ni ver los brazos que se les tienden con amor.

Fuera del hotel, las familias esperan detrás de barreras blancas.

[49] Ya es junio, han pasado muchas semanas desde que llegaran los primeros repatriados.

Las cifras disminuyen poco a poco; los autobuses llegan con menos frecuencia, pero aun así no se puede renunciar a la esperanza.

Algunas familias vienen todos los días, se turnan para hacer guardia, observando con ansiedad cada autobús que llega y deposita su cargamento de deportados, con sus maletas atadas con cordel, sus cajas, sus paquetitos, sus bolsas.

La noche es templada. Detrás de la barrera blanca, un niño sigue esperando a su padre. Su hermana vendrá a relevarlo a las ocho de la mañana. Pasan parejas que se abrazan. Es una noche hermosa.

Las ventanas del Lutetia brillan. Tras una de ellas se distingue la silueta de alguien que va y viene. Los faros de un jeep iluminan por un instante un cartel: pétain al paredón. El niño se apoya en la barrera para no dormirse de pie.

Por todo el país, familias enteras esperan en las estaciones de tren a que entren los convoyes. Algunas acuden a diario durante semanas. Cientos, miles de familias esperan, esperan y esperan...

Dentro del Lutetia, Olga Jungelson mira con compasión a aquellos a quienes nadie ha venido a buscar: «Al fin y al cabo, ¡no pueden estar todos muertos!... Quizá se han mudado... Aunque estuvieran escondiéndose, ¿por qué no vuelven ahora?»

Fuera, entre la multitud del boulevard Raspail, son los niños quienes muestran la paciencia más obstinada, y aquellos cuya esperanza es la última en apagarse.