Hotel Exilio Jacques y Madeleine
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Jacques y Madeleine

Ningún reencuentro es sencillo si se analiza en su contexto.

El vacío de uno, dos, tres años se abre como un abismo lleno de la oscuridad sobre lo que ha sucedido.

En algún punto, inevitablemente, el trauma del pasado infectará y afectará al futuro.

Pero el propio instante del reencuentro, ese momento sencillo y único en que una persona redescubre a un ser querido, es delicioso y hay que saborearlo, porque es, en sí mismo, un símbolo de todo lo extraordinario que hay en el mero hecho de sobrevivir.

Los voluntarios del Lutetia procuran no desanimarse ante la terrible desproporción existente entre el número de personas que esperan fuera a sus familiares y el de quienes han regresado y aguardan dentro.

Por supuesto, lo que anhela cada deportado, lo que anhelan todas las familias que están fuera, es volver a encontrarse.

A veces, sólo a veces, hay un momento de alegría; su rareza es tal que todo el equipo de voluntarios se aferra a él y lo comparte como si fuera una chocolatina.

Jacques Goldsztein estaba a punto de morir de tifus y disentería, con una fiebre de 41 °C, cuando los estadounidenses lo recogieron.

[47] Pese a la atención médica que recibió en un hospital estadounidense, cuando llega a París un mes después, apenas pesa 32 kilos.

Primero lo llevan al cine de la rue Récamier y luego dos scouts van a buscarlo para acompañarlo al otro lado de la calle, hasta el Lutetia.

Lo conducen a una de las cabinas donde interrogan a los deportados.

—Entonces, señor —dice la voluntaria—, ¿lo deportaron con alguien?

—Sí, con mi esposa.

—Bien. ¿Y cómo se llama usted?

—Goldsztein.

—¡Ah! ¡Tenemos a una madame Goldsztein en nuestra lista!

Aquello no impresiona a Jacques.

—Mire —dice—, allí de donde vengo hay tantos Gold­sztein como Durand o Martin. No puede ser.

—De acuerdo, entonces, ¿cómo se llamaba ella?

—Madeleine.

—Sí, tenemos a una Madeleine Goldsztein que ha regresado.

Jacques todavía no permite que la esperanza se filtre en la conversación.

—Lo siento, madame, pero no puede ser.

—Bueno, ¿y si nos dice su apellido de soltera?

—Antes de convertirse en la señora Goldsztein, mi esposa se apellidaba Elphand.

—¡Sí! ¡Está aquí! Ha ido a buscar a su hija cerca de Lyon.

Jacques sonríe y se desmaya en el acto.

Cuando despierta, se encuentra desnudo en una cama, con un médico y dos enfermeras a su lado. En cuanto recobra la conciencia, quiere marcharse.

—Mi esposa está aquí. Me voy a Lyon a buscarla.

—No diga tonterías —responde el médico—. Apenas puede mantenerse en pie.

—Me da igual; deme mis pantalones. Me voy.

—Por favor, señor, sea razonable —insiste el médico, antes de hacer una pausa—. De acuerdo. Mire, haga una cosa por mí, ¿quiere? Tráguese esto primero. Le dará fuerzas.

Cuando Jacques vuelve a despertar al día siguiente está solo. Agarra sus pantalones, su vieja camisa y una bolsa con un mendrugo de pan. Baja a comprar un billete de tren.

«Y allí estaba mi esposa.»

Cuando Madeleine Goldsztein regresó de Auschwitz, buscó de inmediato en los paneles alguna señal de su marido, Jacques.

No había nada, de modo que, cuando su suegra vino a buscarla al Lutetia y le dijo que tenía noticias de que Jacques estaba vivo, Madeleine —como su marido— se negó a entregarse en brazos de una esperanza que, con toda seguridad, acabaría en una cruel decepción.

Está a punto de ir a Lyon a buscar a su hija, a la que unos amigos ocultaron allí durante la guerra, pero, en el último momento, decide dejar un recado en el Lutetia, por si acaso.

Al atravesar la puerta giratoria hacia el vestíbulo, allí está él.

«El pobre hombre tenía un aspecto terrible.»

Hay risas, lágrimas. Los voluntarios contemplan la escena, encantados; los deportados miran desconcertados a los dos fantasmas ingrávidos que se aferran el uno al otro, llorando y riendo.

«No puedo explicarle... nuestro reencuentro en el vestíbulo del Hotel Lutetia...»

Jacques —que vuelve a contar esta historia sesenta años después— está tan emocionado que no logra continuar. Tanto él como Madeleine recuerdan la fecha exacta: fue el 2 de junio de 1945, el día en que sus vidas empezaron de nuevo.