Hotel Exilio Cerezas #2
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Cerezas #2

Tras ser liberada del subcampo de Auschwitz Neustadt, Edith Davidovici llega al Lutetia con una amiga.

«Nos dieron una habitación preciosa en este hotel de lujo. Y mi amiga Miriam dijo: “¿Robamos las toallas para tener algo que vender y comprar comida?” Yo le dije: “Miriam, se acabó. Eso era antes. Ahora hemos vuelto a la vida normal.” Ella tenía quince o dieciséis años. Una niña. Yo ya era adulta.

Tenía veintiuno. En la vida normal no se roba.» [45]

La fotografía

Hay una fotografía, de las pocas que se tomaron dentro del Lutetia durante ese período: un hombre adulto y un joven están sentados juntos en un mullido sillón de cuero.

Ambos llevan aún las chaquetas de rayas que señalan su condición de deportados, pero bajo ellas hay indicios de otra vida.

El hombre parece encontrarse bastante a gusto en el elegante hotel: lleva un pañuelo de seda anudado al cuello, un jersey de pico y camisa blanca; pantalón de franela, zapatos de cuero relucientes; en una mano sostiene un sombrero.

El chico lleva una boina vasca y unos pantalones bombachos de lana.

A su lado, en el suelo, hay un maletín de cuero abierto; cuesta ver qué contiene.

El hombre aparta algo el rostro, con una leve sonrisa, pero el chico mira directamente al objetivo; sus ojos oscuros destilan seguridad, casi desafiantes, con una sonrisa asomando en una comisura.

Salta a la vista que ambos han pasado por los trámites del Lutetia: los han interrogado, desinfectado, les han dado ropa limpia.

Es posible que fuera el fotógrafo quien les pidiera que se pusieran de nuevo las chaquetas de rayas, expresamente para la foto.

Eric Breuer tiene treinta y tres años y procede de una familia judía acomodada de Viena que, antes de la guerra, tenía una fábrica de corbatas.

[46] Tras el Anschluss, Eric huyó a Bélgica y en 1940 acabó en Francia, donde fue internado.

En agosto de 1942 lo detuvieron en una redada, lo enviaron a Drancy y, en octubre de 1943, lo transportaron a Auschwitz.

Zenek Schwarzbaum procede de una comunidad judía ortodoxa de Silesia y creció hablando yidis en casa y polaco en la escuela.

Al estallar la guerra, confinaron a su familia en el gueto de Zawiercie.

A sus dos hermanos menores los llevaron a Auschwitz y los gasearon.

Más tarde, el 17 de octubre de 1943, también se llevaron a Zenek, junto con sus padres.

A su madre la gasearon de inmediato; a su padre lo enviaron a trabajar.

Zenek tenía sólo trece años, pero dijo que tenía dieciocho y que era electricista: dos mentiras que lo salvaron de la muerte inmediata.

Al principio, él y su padre trabajaron juntos como esclavos, cargando piedras.

Cuando trasladaron a su padre a Golleschau, un subcampo de Auschwitz, Zenek se quedó solo.

Zenek es un chico espabilado. A medida que las selecciones aumentaban sin tregua, decidió esconderse en algún lugar dentro del campo.

Eligió el peor barracón, donde vivía el Sonderkommando: el grupo de prisioneros que sacaban los cuerpos de las cámaras de gas para quemarlos en los crematorios.

Zenek logró convencer al guardia de que le permitiera quedarse en el barracón durante el día y volver a su propio bloque por la noche.

Pasaba los días barriendo el suelo. Los hombres del Sonderkommando lo adoptaron y cuidaron de él.

Cuando el Ejército Rojo empezó a aproximarse, tanto Zenek como Eric fueron evacuados a otro campo cerca de Stuttgart, un viejo hangar de aviones donde se unieron a un grupo de prisioneros franceses que plantaban postes de valla en la nieve.

Eric y Zenek tuvieron suerte: los eligieron para trabajar bajo techo.

Ser hablante nativo de alemán volvió a salvar a Eric, como le había sucedido antes en varias ocasiones.

Lo pusieron a cargo del registro, redactando informes para el joven e inculto oficial de las ss que mandaba en aquel lugar, mientras que a Zenek lo destinaron a limpiar la estancia del oficial y a mantener encendida la estufa.

Su amistad comenzó una noche en la que Eric abofeteó a Zenek delante del comandante de las ss. Ocurrió así:

Un día sonó el teléfono en el barracón de las ss.

Zenek contestó, pero, como no entendía alemán, respondió en polaco.

Quien llamaba colgó y volvió a llamar. De nuevo, fue Zenek quien contestó.

Claramente irritada, la persona que estaba al otro lado empezó a gritar en alemán, así que Zenek dejó el auricular.

Fue una muestra asombrosa de arrojo, más extraordinaria si se tiene en cuenta que la llamada resultó ser una citación para una reunión de todos los oficiales de las ss responsables de los campos de la región.

Aquella noche, en presencia del comandante, Eric fingió abofetear con fuerza a Zenek para evitarle un castigo peor.

El chico tuvo una suerte increíble de que no lo fusilaran allí mismo.

Desde ese momento, Eric tomó a Zenek bajo su protección y ambos se volvieron inseparables.

Cuando los evacuaron en una marcha de la muerte, el conocimiento del alemán de Eric los salvó una vez más, cuando éste oyó decir a los guardias que tenían órdenes de liquidar a los rezagados.

Él y un grupo de amigos decidieron echar a correr para huir antes de que los mataran.

Eric y Zenek llegan a la Gare de l’Est el 26 de abril de 1945.

Los llevan al Lutetia y, como ninguno de los dos tiene familia, se quedan allí seis semanas, una estancia inusualmente larga.

Durante ese tiempo, Eric descubre que a sus padres los gasearon en Auschwitz; Zenek ya sabe que su familia está muerta.

Permanecen unidos, y cuando alguien le pregunta algo a Zenek, Eric contesta por él: «Es un pequeño polaco que no habla francés», una fórmula que Zenek aprende de memoria y que después repite en bucle.

Eric es a la vez un padre y un hermano mayor para Zenek, que ahora tiene quince años.

Es Eric quien enseña al muchacho a usar cuchillo y tenedor en la mesa, quien celebra con él su cumpleaños por primera vez en su nueva vida.

Y es Eric, al fin y al cabo, quien le enseña a Zenek qué significa ser humano.

Tras dejar el Lutetia, envían a ambos a un sanatorio cerca de Lourdes, al pie de los Pirineos. Una mañana deciden dar un paseo por la montaña. Muy arriba, en una cima, Zenek se queda mirando las diminutas figuras que se afanan en el valle.

—Podrías poner aquí una ametralladora —dice como si tal cosa— y matar a toda esa gente de ahí abajo de una sola vez.

Eric se horroriza.

—Escucha, Zenek —le dice—. Estás en la montaña. Contempla la naturaleza, admira su belleza y no pienses en ha­cer daño.

Muchos años después, ya asentado en el mundo, con familia y trabajo, Zenek recuerda las palabras de Eric: «Era muy propio de él reaccionar así por aquel entonces», afirma, y añade: «Le debo muchísimo a ese hombre.»