Cerezas
El résistant Yves Léon tiene tantas ganas de volver a casa, a Bretaña, que cuando el médico del Lutetia quiere ingresarlo en un hospital de París, se niega en redondo.
[39] Así que el médico le expide un certificado de ingreso de urgencia en el hospital cercano a su ciudad, en Lannion, y otro que le concede el derecho a viajar en primera clase en tren.
«Con mi equipaje de cartón y una tarjeta de repatriación como documento de identidad, estaba listo para volver a Bretaña esa misma tarde.»
Viaja solo hasta la Gare Montparnasse, sentado en el autobús con su caja de cartón.
El revisor le hace compañía, lo ayuda a bajar y lo acompaña hasta la entrada de la estación.
Yves es obstinado, y joven, pero en su estado debilitado tarda mucho en subir las escaleras de la estación.
Es de noche y la estación está llena. Mareado, se sienta; observa que, cuando la gente pasa cerca de él, se aparta, mirándolo como si fuera «un ser anormal y extraño».
Con la ayuda de un ferroviario que le dice que el tren a Brest aún no está preparado, se deja conducir a otro centro de acogida para repatriados, esta vez dentro de la estación.
Allí ve a muchos retornados, sobre todo prisioneros de guerra.
Todo el mundo está comiendo. Yves no tiene hambre, pero entonces ve que de postre hay cerezas.
—Empecé a comer sin prestar atención a nadie.
Las camareras se dieron cuenta enseguida y fueron a buscarme unas cestas de otras mesas cuyos ocupantes las habían dejado.
Seguí disfrutando de aquellas cerezas extraordinarias hasta que me di cuenta de que estaba solo.
Una de esas mujeres atentas vino a preguntarme qué tren tenía que tomar y me dijo que, si era el de Brest, debía ponerme en marcha.
Yo respondí: “Pero no he terminado las cerezas.”
Ella y sus compañeras me llenaron los bolsillos con la preciada fruta.
Desde entonces, cada año, cuando llega esta estación, o cuando oigo Le Temps des cerises, recuerdo mi llegada a París en junio de 1945.
El amigo de Charles Palant se reúne con su esposa y sus hijas.
Palant, por su parte, encuentra a sus dos hermanos.
Pero en el distrito donde viven, el tercero, el más pequeño de París y donde antes de la guerra había una importante minoría judía —muchos de ellos inmigrantes—, las ausencias se perciben por todas partes.
Más de dos mil judíos han desaparecido de la zona.
Sólo volverán unas pocas decenas. A menudo, personas que sostienen fotografías abordan a Palant en la calle y le preguntan si conoce a tal o a cual.
Algunos de los que esperan a los suyos se muestran amables con los supervivientes.
«Otros no podían evitar que una especie de ira empañara su mirada, como si los que habían regresado hubieran hecho el viaje en lugar de sus seres queridos.» [40]
Una luz
Cuando Marcel Bercau regresa a París, lo primero que hace es ir al piso de sus padres.
Fui allí con mi chaqueta de rayas, mis pantalones de soldado alemán, casi sin pelo (me había vuelto a crecer un poco), y me presenté en la portería.
La portera me dice: «Hola, señor Bercau, aquí tiene su correo y sus llaves», como si regresara de un fin de semana.
Cuando entré en el piso... Se puede imaginar la escena.
Volver de semejante infierno y subir al piso y encontrar la mesa de la cocina puesta tal como debía de estar en el momento en que detuvieron a mi madre... [41]
Mientras contempla el vacío de su casa, Marcel encuentra algo. Un destello mínimo en la oscuridad. Entre las cartas que le entrega la portera hay una nota, escrita a lápiz en un trozo de papel. Es de su novia, Josepha. Dice: «Si vuelves, pásate a verme.» Él recuerda la dirección: vive cerca.
«Cuando lo vi llegar... nunca olvidaré la imagen de él con su trajecito de rayas, la piel amarillenta y el pelo completamente rapado. Acababa de volver del Lutetia [...], le dije: “Menos mal que estaba enamorada de ti de antes, porque ahora no estás muy guapo.”»
Durante mucho tiempo, Marcel deja la luz encendida en el piso por si sus padres regresan a casa, con las contraventanas abiertas, para que vean que hay alguien.
Los niños de Buchenwald
Una semana de mayo o de junio llegan al hotel unos niños judíos, huérfanos o semihuérfanos, procedentes de Polonia, Hungría, Rumanía y Checoslovaquia.
Los han traído en un convoy y permanecerán en Francia, en centros rurales gestionados por la organización humanitaria ose (los antiguos empleadores de Sabine Zlatin), hasta localizar a familiares dispuestos a hacerse cargo de ellos o hasta conseguirles plazas en centros de Palestina.
Son alrededor de ciento cincuenta, de entre cuatro y diecisiete años, la misma edad que los pequeños a cargo de Sabine en Izieu.
Hay pocos jóvenes en el Lutetia por una razón sencilla y brutal: a los niños judíos, por lo general, los gaseaban nada más llegar a los campos.
La mayoría de estos supervivientes procede de Buchenwald; unos pocos, de Bergen-Belsen y Auschwitz.
No hablan francés. En su lugar tienen una lengua común: la lengua de los campos.
Es una versión del alemán que todos los deportados entienden.
Sin otro vocabulario, los niños la usan para describir el nuevo mundo en el que se encuentran: el hotel es un lager («campo»), una enfermera de la Cruz Roja es una blokova («jefa de bloque»), la enfermería es el revier («territorio», «zona»).
Un hombre es un stück («una unidad»); comer es fressen, alimentarse como lo hacen los animales.
También persigue a los adultos ese alemán mutilado que se les ha metido en la cabeza.
Décadas después de su huida, Marcel Bercau aún puede recitar en alemán su número tatuado.
Y, sin embargo —le inquieta—, no logra recordar el rostro del hombre del número siguiente, el que siempre estaba detrás de él en la cola de la sopa.
Tras el tiempo pasado en los campos, Roger Abada terminó entendiendo bien el alemán y no soporta oírlo.
Algunos no volverán a hablar alemán jamás, por principio.
Los niños se convierten en el centro de atención de los adultos, que se reúnen en torno a ellos con la intención de mimarlos.
Pero esos niños no saben nada de afecto.
Muchos han presenciado la muerte de sus padres.
Sus caras son solemnes; la piel, dura y oscura; los ojos grandes destacan bajo las cabezas rapadas.
Éstos son los supervivientes. Han pasado hambre con una dieta de nabo sueco y pan seco.
Los más pequeños nunca han probado comida normal: nunca han comido carne ni fruta fresca; nunca han bebido leche.
No hacen ruido ni alborotan. Se agrupan en pequeños corrillos junto a las ventanas y pasan horas mirando la ciudad, sin advertir, en apariencia, a los curiosos que se reúnen detrás de ellos.
Jacques Stanlow es un joven voluntario de catorce años, miembro de la eif (Les Éclaireurs israélites de France, los scouts judíos de Francia).
[42] Cuando los dirigentes de la eif se enteran de que llegan niños huérfanos desde los campos, deciden que esos supervivientes deben tener contacto con jóvenes de su edad.
Se imparten instrucciones estrictas a los scouts: no hacer preguntas a los niños y ser muy cuidadosos con lo que dicen.
El primer intento de contacto sale mal: los niños reaccionan con horror al ver los uniformes de los scouts —la camisa caqui, el pañuelo y la gorra—.
Cuando los jóvenes se cambian y se ponen ropa de calle, los niños se tranquilizan.
Se encarga a los voluntarios que vayan a las habitaciones donde los niños, físicamente débiles, yacen en la cama. Los scouts se sientan a su lado.
Lo más importante que teníamos que hacer era, actuando de la manera más natural y sencilla, devolverles poco a poco una sensación de libertad, dejar que volvieran a ser ellos mismos.
Mucho más importante que hacer preguntas era darles ese calor.
Necesitaban redescubrir la sensación del calor humano.
Saber que alguien los escuchaba, los entendía, les ofrecía afecto...
Como un amigo, un amigo de verdad. Luego, si todo iba bien, dábamos otro paso y les decíamos: «No te preocupes, ahora todo está bien. Te han liberado, estás a salvo. Vamos a cuidarte; sólo mantén la calma.»
Y, cuando se sentían un poco más tranquilos, te cogían la mano...
No enseguida. No enseguida. Pero, cuando habíamos establecido ya algún tipo de relación, sentados allí, con nuestra ropa de calle, entonces te cogían la mano.
Estaban redescubriendo una clase de relación humana que les había sido arrebatada durante varios años.
Y era increíble y reconfortante cuando te cogían la mano, porque sentíamos que habíamos logrado lo que nos habíamos propuesto.
Porque, desde el momento en que te cogían la mano, sabías que se habían reconciliado con la vida.
Décadas después, al recordarlo, las lágrimas resbalan en silencio por las mejillas de Jacques.
Los jóvenes que se ofrecen como voluntarios en el Lutetia arrastrarán esa experiencia durante toda su vida adulta.
Cuando vuelve a la escuela ese otoño, el scout protestante Michel Rocard, de catorce años, aprende en clase de Historia que Hitler llegó al poder a través de las urnas, que no fue el ejército el responsable de la guerra, sino los políticos elegidos por el pueblo.
«Me di cuenta de que la política es algo muy importante y muy serio. Una lección que nunca he olvidado...»
[43] Fue entonces cuando decidió convertirse en activista político.
Más tarde fue primer ministro de Francia en el Gobierno de François Mitterrand entre 1988 y 1991.
«Me hice muy pronto un europeo ferviente precisamente para evitar que volviera a ocurrir una abominación así.»
Al reflexionar sobre lo que significó para él ayudar a los deportados, el escritor Bertrand Poirot-Delpech observa: «Era una tontería, pero te sentías alguien. Ser útil es una forma de compromiso. Muchos años después, uno de ellos me dijo: “¡Tú fuiste mi goy-scout!” Me gustó eso.»(8), [44]
Los niños que sobrevivieron a los campos habían pasado sus años formativos en un mundo de crueldad y brutalidad aterradoras, aislados del exterior.
Habían visto morir a sus padres y habían presenciado lo peor de la humanidad.
Esa oscuridad, esa violencia, penetró hasta lo más hondo de sus tiernas almas: un exilio interior del que algunos nunca lograron salir.