Hotel Exilio Volver a casa
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Volver a casa

Ahora llega lo más difícil: la búsqueda de los seres queridos, el regreso tan esperado como temido.

Quienes fueron deportados como miembros de la Resistencia en virtud del decreto «Noche y niebla», por lo general, aún tienen familias que los esperan y hogares a los que volver.

De los noventa mil deportados políticos, más de la mitad regresó a Francia tras la guerra.

[32] En cambio, de los setenta y cinco mil judíos deportados, sólo dos mil quinientos fueron liberados, alrededor del 3 % Mientras que para un résistant liberado lo más natural es llamar por teléfono a casa, para muchos judíos la mera idea es impensable,

porque lo más probable es que todos estén muertos.

A diferencia de los voluntarios y de las multitudes que esperan fuera del Lutetia, los supervivientes judíos no se hacen ilusiones.

Saben que a los judíos mayores de cincuenta años los gaseaban al llegar a los campos de exterminio; saben que a los ni­ños también los asesinaban de inmediato.

Su única esperanza es que hayan sobrevivido otros como ellos: los relativamente jóvenes y en forma, los sanos, los fuertes, los decididos, los afortunados.

El acto de volver a casa exige un valor terrible.

Liliane Lévy-Osbert escribe:

Voy a buscar a quienes no vinieron a buscarme.

Llego a la rue de la Tour d’Auvergne. El corazón me late con fuerza; sé, sé muy bien que dentro de unos instantes lo sabré...

Ya no escucho la advertencia que hace el corazón: en este minuto se decidirá todo sobre esa verdad que tanto temo [...]

Subo y vuelvo a bajar. No hay nadie. Cruzo la calle.

Entro en la panadería. Ella me reconoce.

Hago la pregunta... El golpe llega, brutal, doloroso, irreversible.

Con descuido, casi con ingenuidad, mal informada, me dice: «Pero los alemanes se los llevaron...»

[...]. Estoy sola. Vi a mi hermana en Auschwitz y no la volveré a ver nunca más.

Pero mis padres, mis pobres padres, aún tenía esperanza.

Ya está, se acabó, por fin se acabó.[33]

Maurice Cling llega a París a las ocho de la mañana, en un precioso día primaveral de mayo de 1945.

[34] El trayecto en autobús hasta el hotel lo sobrecoge: la gente los saluda, con lágrimas en los ojos.

¡Están en casa! Y luego, en el Lutetia, tras el ddt y el reconocimiento médico, se encuentra en un gran salón, rodeados de pesados sillones de cuero —de esos que estaban de moda en los años veinte—; hay un bar y muchos paneles cubiertos de fotografías.

Vago por las salas de este gran hotel (voluntarios, fotos, familias, camareros, sillones profundos) sin atreverme a salir a la ciudad, retrocediendo ante el momento que aun así ha de llegar, desgarrado entre la esperanza y la angustia. El momento de la verdad se acerca.

Cuando toma el metro de Sèvres-Babylone hasta el piso de sus padres en la rue Monge, ve el siniestro sello nazi en la puerta: el águila con las alas extendidas, la esvástica. «El piso está vacío, terriblemente vacío.»

Maurice regresa al hotel y más tarde es hospitalizado por tuberculosis; luego lo envían a un sanatorio.

Tiene sólo dieciséis años. Deportado con sus padres y su hermano a Auschwitz en 1944, fue liberado de Dachau menos de un año después.

En ese breve período lo perdió todo: sus padres fueron gaseados al llegar; su hermano murió unos meses más tarde, dejando a Maurice sin nadie que lo protegiera.

Sobrevivió gracias a unas pocas personas cuya bondad lo mantuvo con vida: un compañero de cautiverio que tuvo la audacia increíble de reprender al Unterkapo alemán que le estaba pegando; después de la liberación, una chica que le ofreció un trozo de pan con miel;

unas mujeres que le dieron bocadillos; un hombre que lo llevó a una bistró cerca de la estación a beber una cerveza.

«Intento negarme, sabiendo que necesitaré ese dinero en París si no encuentro a nadie, pero es difícil. En fin.»

La gente se compadece de él por su edad.

Cuando vuelve a empezar el curso en octubre de 1945, no dice nada de su deportación.

¡Estás aquí!

Charles Palant tiene veintitrés años cuando regresa a París.

[35] Hijo de judíos polacos y miembro de la Resistencia comunista, fue detenido en Lyon en agosto de 1943.

Palant tiene suerte: está en un estado de salud relativamente bueno.

Tras el interrogatorio en el Lutetia, le dan un paquete con cigarrillos, galletas y un par de pantalones.

En el hotel conoce a otros parisinos y entabla amistad con un joven que vive en la misma zona que él.

«Era mediodía, no teníamos nada previsto. “Pues venga, volvamos a casa.”»

Salen al desierto boulevard Raspail. Es domingo por la tarde, 29 de abril de 1945, el día de la primera vuelta de las elecciones municipales.

Detienen uno de los pocos coches que pasan.

Cuando el conductor descubre que son deportados, se ofrece a llevarlos a casa, a la parada Arts et Métiers, en el barrio del Marais, al otro lado del Sena.

Los dos jóvenes están en un estado de expectación tan tensa que apenas pueden hablar: el amigo de Palant dejó atrás a su esposa y a sus tres hijas y tiene un miedo terrible de no volver a encontrarlas.

Palant, por su parte, no tiene idea de a quién encontrará en casa.

Al darse cuenta de que su amigo está aplazando el momento del regreso, Palant propone que vayan primero a su casa para situarse un poco.

En la rue Pastourelle, mi portera casi se desmaya cuando llamé a su puerta.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Estás aquí! —gritó, que también era una manera de decir: «Estás aquí tú solo...»

Esta mujer maravillosa percibió mi necesidad urgente de saber quién de mi familia había sobrevivido, y me dijo de inmediato:

—Tu hermano está arriba; vive en tu casa.

La buena de la señora Prinet.

El hermano de Charles Palant había regresado de la zona sur con su esposa y su hijo, pero había refugiados viviendo en su piso (una situación común durante el período de la Liberación), de modo que se alojaban en la vivienda familiar.

Los hermanos se abrazan y Charles conoce a su sobrino Gérard, de dieciocho meses.

Y entonces llegó de inmediato el problema de qué decir y cómo decirlo.

¿Cómo contarle a mi cuñada que su hermano mayor, Albert, un año mayor que yo, que también fue deportado a Buna, murió allí; que yo lo vi perecer; que incluso lo velé durante varios días antes de que el miedo a una selección obligara al médico polaco del Krankenbau (barracón de enfermería) a echarme

de la enfermería...

? ¿Se le puede decir eso a alguien que se aferra a la esperanza, más aún después de mi regreso?

Así que aplaza el momento.

Le dije que no sabía dónde estaba Albert, que nos habíamos perdido de vista por casualidad durante un cambio de Kommando.

Incluso fui a esperarlo al Hotel Lutetia para que Lily pudiera seguir teniendo algo de esperanza, al menos durante un tiempo.

Para su madre, como para la nuestra, no había mucha esperanza, pero la gente la guardaba en el caso de los más jóvenes, hasta que el tiempo se encargó de poner la verdad en su sitio.

Palant no es el único que miente por bondad.

Cuando Jacques Debord llega al Lutetia, se topa con una mujer que le enseña una fotografía que él reconoce: es un amigo muerto durante el bombardeo de Buchenwald.

[36] La mujer está tan desesperada que, cuando pregunta: «¿Cree que volverá?» , él responde: «Sí, señora, volverá.»

Años después, Debord no puede perdonarse haberle mentido. «Fue la mayor mentira que he dicho en mi vida. Incluso hoy no sé si hice lo correcto. Debió de esperar mucho tiempo.»

A los miembros de la Resistencia, el hecho de haber elegido luchar contra el enemigo en nombre de algo en lo que creían —llámese «Francia», llámese «libertad»— les daba algo a lo que aferrarse durante el cautiverio.

La supervivencia era más fácil para aquellos a quienes capturaban mientras combatían que para aquellos a quienes apresaban sin aviso y sin motivo, aunque algunos combatientes, como Charles Palant, también fueran judíos.

Dentro de los campos, pertenecer a una red de resistencia significaba camaradería, significaba acción organizada, y eso permitió a algunas personas —en particular a jóvenes, hombres y mujeres bendecidos con una salud física robusta— conservar parte de su antigua energía al regresar.

Su determinación los empujaba hacia delante, aunque a veces su confianza juvenil los cegaba ante la realidad de lo que sus cuerpos habían atravesado.

La primera noche de mi regreso, Lily, mi cuñada, asustada por lo delgado que estaba, dejó junto a mi cama un termo de té y una baguette.

—¿Por qué pones eso ahí?

—Bueno, por si te entra hambre por la noche.

Sólo recuerdo haber dormido, pero por la mañana no había ni té ni pan. Debía de tener mucha hambre.[37]

Mamá, soy yo

Cuando Jacques Debord regresa de Buchenwald con un grupo de compañeros de la Resistencia, les asignan una habitación en la cuarta planta del Lutetia.

[38] Unas voluntarias de la Cruz Roja les llevan el desayuno.

Al entrar, una de ellas deja caer el plato y exclama: «¿Qué pasa? ¡Están enfermos! ¡Cuidado, están enfermos!»

Llama al médico, que llega y encuentra a los tres chicos tumbados en el suelo. Habían intentado dormir en las grandes y cómodas camas del hotel, pero, como habían perdido la costumbre, habían acabado en el suelo.

Físicamente robusto, mentalmente indemne, Jacques saborea el momento del regreso, desayunando mientras admira la silueta de la Torre Eiffel desde la ventana de la habitación.

«¡París! Simbolizaba todo por lo que habíamos luchado, todo por lo que tanto habíamos padecido: regresar a un París libre, a una Francia libre.»

Impaciente por retomar su vida, Jacques sale del hotel y sube al metro solo, desafiando una norma que establece que los deportados no deben ir a ninguna parte sin acompañante.

—Iba hacia la place Clichy y se me acerca un hombre de uniforme, un teniente, y me dice: «Ha salido del hotel sin autorización; me han ordenado acompañarlo.»

Así que le dije: «Vale.» Menos mal que lo hizo.

Llegamos a mi casa, en la rue de Caillou.

Llamo a la puerta, con el teniente a mi lado.

Mi madre abre. Me mira. Dice: «Buenos días, señor, ¿viene a traerme noticias de mi hijo?»

[Pausa.] Hay un momento de emoción y digo: «Mamá, soy yo.»

Y entonces, bueno... Ni siquiera el teniente pudo evitarlo. Todos rompimos a llorar.