Fantasmas
Cuando el personal de cocina termina su turno, se aventura a subir para ver a qué viene tanto revuelo.
De pie en la entrada del vestíbulo, Jacques observa cómo los deportados bajan de los autobuses con ayuda de los jóvenes scouts voluntarios.
Cuando entran en el hotel, lo que más le llama la atención de primeras son los pijamas de rayas.
Pero, a medida que pasan a su lado, es otra cosa la que se le queda grabada en la memoria:
Te miraban como si no existieras, como si miraran a través de ti.
Era muy duro verlos; su mirada estaba vacía, no había ningún indicio de alegría.
No creo que se dieran cuenta de que se había acabado.
Eran personas que tenían el aire de no ser personas, ¿me entiende?
Ninguno parecía feliz: era un sentimiento que habían eliminado por completo.
Y su estado físico también era impactante: gente sin carne en el cuerpo.
Es imposible explicar lo que sientes cuando ves algo así: te sobrepasa.
No podíamos comprenderlo... y nadie nos había advertido.
«Lo que más me impactó fueron sus caras.»
[30] Michel Rocard, de catorce años, es miembro de los Éclaireurs Unionistes de France (los scouts protestantes de Francia); pertenece a un grupo con base en la parroquia de Luxemburgo, a la que también pertenece el Hotel Lutetia,
un edificio que él y sus amigos siempre han mirado con temor porque fue requisado por los alemanes.
A Michel le encargan que ayude a los recién llegados a bajar de los autobuses y los acompañe al interior del hotel.
«El paisaje de los rostros de esos hombres (sobre todo recuerdo a los hombres) lo habían destruido otros hombres. Era aterrador. No les hablábamos. Le silence s’impose. Es una visión que te marca de por vida.»
La llegada de los deportados se produce en un momento en que la realidad completa de los campos de concentración todavía se desconoce.
Entre la liberación y el final de la guerra, la prensa publicó muchos reportajes sobre los campos, las fuentes eran sobre todo deportados políticos o fugados de campos de trabajo forzado, no personas judías.
A quienes reciben a los repatriados les cuesta comprender la existencia de campos de exterminio: la idea de las cámaras de gas, del asesinato industrializado a gran escala.
Resulta inimaginable. La gente no sabe cómo describir lo que está viendo.
«Con la llegada de supervivientes al Lutetia en abril y mayo de 1945», escribe Olga Jungelson, «tuvimos que admitir que los esqueletos podían caminar, descubrir una nueva geografía, un nuevo vocabulario». [31]
Hay mesas en los comedores donde los deportados pueden comer, pero muchos se quedan en sus habitaciones y allí los atienden voluntarios, dos de los cuales los acompañan a todas partes.
Jacques Desjeunes observa, hipnotizado, desde su puesto en la entrada del vestíbulo.
Ils étaient déshumanisés. «Los habían deshumanizado.»
Como fantasmas, evanescentes. Ils étaient ailleurs.
Ils ne s’étaient pas rendu compte qu’ils soient revenus.
«Estaban en otra parte. No se habían dado cuenta de que habían vuelto... No se puede explicar con palabras.»
El personal de cocina nunca lo comenta entre sí.