Impostores
Los antiguos kapos y milicianos eligen con astucia las historias que cuentan.
Se compran atuendos a rayas y algunos incluso se hacen tatuajes falsos, pero cometen el error de ser demasiado precisos: aportan fechas y detalles que los deportados auténticos no pueden recordar.
Y es bastante fácil contrastar su relato: basta con adentrarse en la multitud y encontrar a alguien de la red a la que aseguran pertenecer.
Los funcionarios encierran a los delincuentes en un dormitorio. Cada tarde, a las seis, llega un furgón penitenciario para llevárselos. A veces, por la noche, los deportados oyen pasos atronadores en los pasillos y gritos. Alguien que esperaba borrar la mancha de su colaboración intenta escapar.
Entre los impostores hay mujeres que fueron a Alemania porque se enamoraron del hombre equivocado o porque les prometieron un buen trabajo; muchas de ellas son prostitutas que tratan de hacerse pasar por deportadas tomando prestados algunos nombres y ciertos detalles de la vida en el campo de
concentración oídos en conversaciones de pasillos o en el comedor del hotel.
Pero no tardan en trastabillar cuando tienen que explicar las circunstancias de su detención. [23]
No pertenecer a una red de resistencia conocida despierta automáticamente las sospechas.
[24] Thérèse Vershueren y dos amigas escaparon durante la evacuación de Zwodau, adonde las habían trasladado después de su cautiverio en Ravensbrück.
Cuando intentan entrar en Francia, las acusan de ser prostitutas, y sólo las dejan entrar en el Lutetia después de mostrar sus tatuajes.
Tras un interrogatorio que dura toda la noche, acaban durmiendo en el suelo.
Esta experiencia miserable se ve compensada a la mañana siguiente por un desayuno sublime, servido en el lujoso comedor.
Aun así, «todo habría sido más fácil si no nos hubiéramos escapado».
Los interrogatorios no tratan sólo de prestaciones o de delincuentes. Son también un proceso vital para empezar a documentar la magnitud de los crímenes nazis. Pero las preguntas, por suaves que se formulen, despiertan terror.
Esa mirada de animal acosado cuando les haces preguntas demasiado concretas.
Vamos a castigarlos por olvidar un nombre, por equivocarse en las fechas.
Vamos a mandarlos allí... ¿Cuándo pueden irse a casa?
Tenemos que explicarles que pueden ayudarnos a encontrar a los demás, a localizar las fosas comunes en las rutas de evacuación, quizá a identificar a los verdugos. [25]
Olga Jungelson se esfuerza por recomponer los fragmentos de información, pero impera una sensación de incomprensión mutua. Se sienta con paciencia, intentando establecer una cronología —primero esto, luego aquello—, siguiendo la lógica de la normalidad.
—¿Lo liberaron en Chain? Entonces, ¿viene de Dora?
—No, estuve en Ellrich...
—¿Trabajó en la fábrica Heinkel? ¿Participó en la evacuación hacia Buchenwald?
—En absoluto... acabé en Malchow.
—Si lo liberaron en Malchow, ¿venía de Oranienburg?
—Jamás puse un pie allí; sólo en Neuengamme.
—Ah, ¡bien! Ya lo entiendo.
—No entiende nada. Me escapé durante una evacuación. Caminé días y noches, dando vueltas...
Es como si tuviéramos ante nosotros la tarea imposible de reconstruir los desplazamientos frenéticos de los habitantes de un hormiguero al que han prendido fuego.
Pero las hormigas nos miran con todo el desprecio de quienes vienen de dentro, de un mundo al que no tenemos acceso.
Extranjeros ciegos en el mundo de los videntes, intentando y fingiendo comprender lo que han sufrido sin haberlo comprendido jamás: eso es lo que representamos para ellos. [26]
Leche, arroz y mermelada
La mayoría de los deportados se encuentra poco menos que en un estado de inanición; el peso medio es de cuarenta y ocho kilos.
Algunos están demasiado débiles para comer en el comedor y hay que darles de comer con la mano, en sus habitaciones.
Los scouts se sientan pacientemente con ellos y les van metiendo cucharadas de sopa en la boca.
La comida es abundante, preparada por los chefs del Lutetia, pero hay que ser prudente: ofrecer demasiado a personas que han pasado tanta hambre puede ser peligroso.
El doctor Gallet ha preparado un programa para ayudar a los deportados a readaptarse a una dieta normal: cualquier cosa demasiado calórica o grasa podría tener consecuencias graves para unos aparatos digestivos destrozados por la desnutrición y la disentería.
Los voluntarios tienen que enseñarles a comer con cuidado para no sobrecargar sus cuerpos debilitados e inestables.
El Ejército entrega la comida al hotel. Oficialmente, a cada deportado debe proporcionársele una generosa ración diaria: 125 g de carne, 15 g de mantequilla, 200 g de pan, 10 g de sal, 5 g de limas, 200 g de zanahorias, 30 g de café, 30 g de azúcar, 60 g de mermelada, 150 g de pasta, 70 g de queso,
100 g de leche, 100 g de pan de jengibre, 1 kg de patatas, 1 huevo.
Gran parte es completamente inadecuado para los supervivientes, pero al menos puede utilizarse para alimentar a los voluntarios.
En un momento dado, André Weil recibe la visita de un coronel que le informa de que será sometido a un consejo de guerra por apropiación indebida de suministros militares.
[27] Weil se limita a reírse. Las provisiones llevan el visto bueno del propio De Gaulle.
Y si parte de lo enviado para los deportados se entrega en su lugar a los voluntarios, bueno: «¡Yo también cometí el “delito” de darles suministros militares!»
Entre las docenas de personas que se presentan para ver en qué pueden ayudar están el recién nombrado embajador de Canadá, el general de división Georges Vanier, y su esposa, Pauline.
Cuando les dicen: «Necesitamos leche, arroz y mermelada» para hacer arroz con leche para quienes padecen disentería o se recuperan del tifus, Vanier organiza de inmediato el envío por avión, directamente desde Canadá, de un gran pedido de esos bienes preciosos.
Conmocionados en lo más hondo por las condiciones que encuentran a su llegada a Francia en 1944, los Vanier se vuelcan en ayudar tanto a ciudadanos franceses como a refugiados.
En cierto momento, introducen en el país, por valija diplomática, miles de prendas de vestir para huérfanos de guerra.
En el comedor, un grupo de girl scouts revolotea alrededor de los deportados, llevan platos, ponen la mesa, sirven las comidas, recogen, suben zumo de fruta a las habitaciones, anotan las llegadas y salidas.
Los dos comedores son luminosos y alegres.
Hay flores en la mesa, y vino en jarras, que los deportados no pueden beber, pero que los voluntarios disfrutan.
Tras su turno, las chicas se sientan a devorar algo de comida y a comentar los sucesos del día.
La noche anterior, a las tres de la mañana, Bertrand Poirot-Delpech recibió una petición de un deportado: que fuera a buscar a su esposa a su casa de la rue Lecourbe, en el decimoquinto arrondissement, y que la llevara al hotel, porque tenía miedo de no reconocerla.
[28] Cuando Bertrand llegó allí, la mujer le pidió que la acompañara al Lutetia y que se quedara con ella, porque ella también tenía miedo de que su marido no la reconociera.
«¡Acabé presentándolos el uno al otro!»
No añade que la situación le causó tal angustia que no durmió en toda la noche.
Abajo, en las cocinas, el joven Jacques Desjeunes está desconcertado: pese a las ingentes cantidades de comida que llegan a diario —incluida tanta carne que la cámara frigorífica no da abasto—, las comidas que les dicen que envíen arriba consisten tan sólo en puré de patatas o verduras trituradas,
alimentos blandos que no requieren masticación, todo ello preparado en enormes marmitas.
[29] Jacques es demasiado joven para opinar sobre los menús o incluso para saber quién decide lo que se va a preparar cada día, pero el jefe de cocina —en colaboración con el doctor Gallet y Sabine Zlatin— elabora un menú diario, según lo que haya llegado esa mañana.
Antes de la guerra, la cocina del Lutetia a menudo debía servir dos o tres mil cubiertos para banquetes, así que ofrecer más de mil comidas diarias basadas en un único plato no supone gran esfuerzo.
No hay horarios fijos, de modo que los chefs preparan lo necesario conforme se va requiriendo.
A los deportados no se les ofrece elección de menú, ni están en condiciones de tomar ese tipo de decisiones.
También se prepara comida para los voluntarios, una oportunidad de dar salida a parte de las provisiones de carne.