DDT
«Llegamos delante de este gran palacio», escribe Maurice Cling, que tenía dieciséis años cuando fue liberado de Auschwitz.
«Nunca había entrado antes en el Hotel Lutetia; para mí era como un palacio y había una puerta giratoria en la entrada —nunca había visto una en la vida real—, di vueltas en aquella cosa y, al salir por el otro lado, recibí una nube de polvo blanco casi en la cara. Era ddt, para los piojos.» [15]
Los deportados se han acostumbrado a que los traten como animales.
Pero, desde su liberación, ha habido una pausa: rostros amables, sin golpes, comida, algo de beber.
Ahora, cuando la luchadora de la Resistencia Gisèle Guillemot atraviesa la puerta, «las mujeres elegantes que nos reciben, compasivas pero con guantes, nunca se sabe...»
,[16] les ordenan que se desnuden. Les quitan los harapos y, de pronto, los rocían con un espantoso polvo blanco «por todas partes: en el pelo, en la boca, en la nariz, en los ojos, en las orejas... ¡ya basta!»
. Luego, una ducha, más desnudez. Gritos airados desde una de las cabinas; una voz distinguida se alza, ofendida: «¡Déjeme en paz! ¿No cree que ya me han obligado a desnudarme bastante durante dos años? ¿Quiere que lo haga otra vez?» [17]
Los deportados quedan atrapados en una máquina concebida para su bien.
La higiene es la prioridad principal: tratamiento contra piojos y sarna, retirada de la ropa, una ducha caliente, una radiografía; después, un reconocimiento médico para examinar heridas, tifus, tuberculosis, problemas digestivos causados por la malnutrición.
Más manoseos y exploraciones. Médicos haciéndoles preguntas.
Los piojos se cuelan por todas partes. André Weil vuelve a casa de su turno a las cuatro de la mañana y se quita los insectos en el baño.
[18] Los primeros deportados que regresan son altamente contagiosos y, al principio, se producen dos muertes entre el personal: una camarera y un scout encargado del guardarropa.
«No estábamos vacunados. Nadie nos advirtió.»
A veces llegan tantos autobuses al mismo tiempo que los organizadores tienen que utilizar otros edificios para el excedente.
Hay un cine, el Rey, situado en un pequeño callejón sin salida, la rue Juliette Récamier, justo al lado de la rue de Sèvres.
Los voluntarios desvían los autobuses hacia el cine para que los deportados puedan sentarse en un lugar cómodo mientras esperan.
En la misma calle requisan un establecimiento de hidroterapia para el proceso de desinfección.
Los voluntarios se llevan la ropa inmunda con la que han llegado los deportados —a menudo, aún, el uniforme de rayas de los campos— y la sustituyen por prendas procedentes del enorme almacén de vestuario que Sabine Zlatin y las demás organizadoras han requisado a proveedores del mercado negro,
incrementado con generosas donaciones.
El servicio médico lo dirige el doctor Toussaint Gallet, obstetra y ginecólogo cuyas actividades en la Resistencia lo llevaron a Buchenwald, donde, pese a las condiciones, siguió ayudando a sus compañeros de cautiverio.
Ignorando su propio estado debilitado, al día siguiente de su regreso a París (como parte del grupo de deportados notorios que llegó a Le Bourget el 18 de abril de 1945) acepta el cargo de jefe del servicio médico del Lutetia.
El examen médico superficial, en realidad, poco puede hacer para abordar las múltiples dificultades físicas y mentales a las que se enfrentan los repatriados.
Esto no es más que triaje: un proceso para identificar a quienes requieren atención médica urgente, y decidir quién está en condiciones de ser dado de alta y enviado a casa con su familia y su paquete de la Cruz Roja, y quién necesita pasar un tiempo en el hotel para descansar.
En teoría, los deportados tienen derecho a una estancia de cuarenta y ocho horas en el Lutetia.
En la práctica, algunos se van de inmediato: salen por la puerta giratoria y desaparecen en la estación de metro de Sèvres-Babylone.
Muchos otros necesitan quedarse más tiempo, ya sea para recuperar fuerzas y poder comer, caminar y moverse, o para localizar a alguien que acuda a buscarlos.
Algunos no tienen a nadie a quien avisar ni un hogar al que regresar.
Estas cosas pueden tardar semanas en resolverse.
Cada llegada debe registrarse y cada individuo recibe un carnet que lo identifica correctamente como deportado, un estatus que otorga derecho a diversos beneficios.
Voluntarias del Cuerpo Auxiliar Femenino llevan los registros.
Conocidas como les petites bleues («las pequeñas azules») por sus uniformes azul marino (no confundir con las souris grises —«ratones grises»— de la ocupación nazi), tienen dos libros: uno organizado por número de habitación y otro por orden alfabético.
En mitad del caos imperante, muchos deportados no se registran al llegar y no comunican su salida.
Antes de que a una persona se le pueda expedir la importantísima carte de déporté, queda un último obstáculo vital que superar.
Interrogatorios
Olga Jungelson escribe:
Habían perdido la memoria para las fechas.
No sabían los nombres de los Kommandos y sólo conocían a sus torturadores por apodos o nombres incompletos: «¿A qué compañeros viste morir?»
Se burlan de esa pregunta estúpida. A sus ojos, damos pena.
Parece que contestan por compasión: «Estaba Maurice, que murió de tifus. Creo recordar que vivía en Niort. Su mujer era maestra y tenía dos hijos. Y el muchachito rubio, ¿cómo se llamaba? Su padre era un pez gordo en aduanas.» [19]
El teniente Louis Micard es el jefe del servicio de seguridad y control en el Lutetia, que incluye oficiales de los servicios de inteligencia y de la policía.
Los especialistas han preparado un arsenal de preguntas.
¿Cuándo la detuvieron? ¿Qué ruta siguió hasta el campo?
¿Qué tipo de trabajo hizo allí? ¿En qué Kommando estaba?
¿Quiénes eran sus compañeros de litera? ¿A quién vio morir?
¿Lo condenaron a usted a muerte? ¿Por qué tribunal?
¿Lo torturaron? ¿La violaron? ¿En qué circunstancias?
Liliane Lévy-Osbert, miembro de la Resistencia liberada de Auschwitz, encuentra el interrogatorio insoportable:
Me pregunta: casada o soltera, por qué, cómo, quién, qué pasó.
De inmediato, vuelvo a la atmósfera clandestina de 1940.
En realidad, nunca había salido de ella.
Resultado: rigidez, la boca cosida... Intento de intimidación por parte de los interrogadores: entonces, ¿se fue voluntariamente?
¡Esto ya es demasiado! Ofendida, me levanto de un salto, golpeo la mesa y me marcho. [20]
El objetivo es ayudar a los deportados a recuperar su identidad civil, pero algunos —sobre todo quienes estuvieron en la Resistencia— reaccionan con ira a estas preguntas.
«Necesitábamos otras cosas: comida, atención médica. Necesitábamos ir a casa.»
Pero, sin el visto bueno de las autoridades, los deportados se arriesgan a marcharse sin su carnet provisional, que reconoce su estatus y les concede ciertos derechos, como el transporte gratuito.
Hay prestaciones distintas para trabajadores forzados, prisioneros de guerra, deportados políticos o raciales, lo que genera cierta conflictividad entre los distintos grupos que compiten por reconocimiento y apoyo.
Un apunte: el 2 de junio de 1945, cientos de antiguos prisioneros de guerra desfilan por los Campos Elíseos no para celebrar, sino para protestar.
La manifestación, organizada por los comunistas junto con partidarios de un joven y ambicioso activista político, François Mitterrand, expresa la rabia de los prisioneros de guerra que, a diferencia de los deportados, no reciben ropa ni zapatos y deben seguir con el uniforme.
«¡Somos soldados, no mendigos!»
Reclaman dinero para las viudas de prisioneros de guerra; faltan calcetines y zapatos.
Celebran una gran asamblea en la Mutualité (donde en 1935 tuvo lugar el Congreso Internacional de Escritores) antes de depositar coronas simbólicas en la tumba del soldado desconocido.
Su ira contra Henri Frenay pronto amenaza con desbordarse: los cánticos de Frenay démission!
(«¡Frenay dimisión!») dan paso a los de Frenay au poteau!
(«¡Frenay al paredón!»). La multitud intenta abrirse paso hacia el ministerio, situado en la avenue Foch, hasta que corre la voz de que De Gaulle ha aceptado recibir a una delegación. [21]
Como es evidente, entre quienes regresan hay algunos que no están ansiosos sólo por cobrar la prima de mil francos y que les den tabaco y ropa, sino por borrar su historial de guerra,
por obtener el «certificado de virginidad» que les pueden otorgar las palabras «deportado político» escritas en su formulario de repatriación.
Naturalmente, los agentes de inteligencia y de policía se concentran primero en desenmascarar a los impostores.
Es una tarea importante, pero que cae muy mal entre los miembros de la Resistencia, furiosos por tener que soportar cierto tipo de preguntas.
Furiosos, aunque también asustados, porque el mundo del que han salido los ha dejado confusos, incapaces de recordar fechas, lugares, nombres...
Yves Léon ha sobrevivido a Sachsenhausen y Bergen-Belsen.
[22] Lo liberaron en abril y ahora es 4 de junio.
Durante casi dos meses, el joven miembro de la Resistencia ha estado aguardando el momento de volver a casa, convencido de que, una vez estuviera de nuevo en Francia, todo iría bien.
«Me dije: debemos de ser poquísimos los que volvemos, y yo soy uno de ellos. Todo el mundo sabe por lo que hemos pasado, todos tendrán por fin un poco de consideración con nosotros...»
Llega al Lutetia ya entrada la noche, en el último grupo del día.
Tras cumplir con impaciencia con todos los trámites, las fotografías y los reconocimientos médicos —es joven, quiere volver a Bretaña—, finalmente lo conducen al interrogatorio con un oficial del Deuxième Bureau, «embutido en su uniforme».
No me fiaba de él; pensé que era un antiguo colaboracionista [...]
Me interrogó como si yo fuera un criminal, un espía, sin el menor respeto por mi persona, ni siquiera por mi estado de salud.
Tuve que contestar, dar mi identidad, la de mis padres y abuelos, explicar las razones de mi detención con detalles, incluidas fechas, que me aterrorizaba dar, porque casi había perdido la memoria [...]
No esperábamos esa actitud hostil hacia nosotros.
Quizá toda esa gente sólo tenía prisa por terminar su jornada.
Nosotros no teníamos nada que ver [...] Quizá también estaban cansados de ver a tantos deportados: nosotros fuimos de los últimos supervivientes en regresar a Francia.
No hay sitio para pasar la noche en el Hotel Lutetia, así que envían a Yves al cercano Hotel Montaigne, donde, enfrentado por primera vez en más de dos años a mesas, sillas, platos, cucharas, cuchillos y tenedores, se da cuenta de que ya no sabe qué hacer con ellos.