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Buenas acciones

Cuando Bertrand Poirot-Delpech y sus amigos se ofrecieron como voluntarios en el Lutetia, pensaron que iban a realizar algún tipo de acción heroica.

[13] Con dieciséis años, estudiante de Filosofía en el Lycée Louis-le-Grand (donde Alexis Léon terminó su bachot en agosto de 1941 y Pierre Radványi asistió a cursos de verano en 1940), Bertrand es scout en Saint-Sulpice.

«Junto con dos o tres scouts más de mi clase, pedimos permiso a nuestro profesor de filosofía, el señor Cuvillier, para ir a recibir a los deportados a la Gare de l’Est y acompañarlos en el autobús hasta el Lutetia.»

Se imaginaban en el andén, con sus impecables uniformes, saludando a los recién llegados, llevando sus maletas —«Por aquí, por favor»—, conduciéndolos hasta los autobuses...

La realidad hizo añicos sus ilusiones juveniles.

«El único equipaje que portaban era un paquete en el que habían atado unos pocos objetos miserables; sus pertenencias, si es que se las podía llamar así; se aferraban a ellas: para ellos era una manera de reencontrar el placer de tener algo que les perteneciera. [...] Era su pequeño tesoro,

como cuando los niños se llevan sus muñecas durante los bombardeos.»

El impacto es demasiado grande para unas mentes jóvenes y tiernas. Llevar en brazos a un hombre esquelético; ver a un adulto gritar de miedo por la noche. André Weil ve vomitar a jóvenes scouts, vencidos por las náuseas. «Un olor a agonía mezclado con sudor los perseguía a todas partes.»

La mayoría de los deportados han sido liberados apenas unas semanas antes.

Algunos han sobrevivido a marchas de la muerte; otros han permanecido en campos asolados por el tifus, rodeados de cadáveres.

Unos estuvieron en los campos sólo unos meses; otros, dos o tres años.

Al ser liberados, se les dio comida y agua, pero los ejércitos o las unidades de la Cruz Roja que los rescataron carecían de recursos para ofrecer allí mismo el tratamiento médico o el descanso que necesitaban.

Los hacen entrar, atraviesan una puerta giratoria y acceden al vestíbulo, recorren un pasillo flanqueado de rostros. La escritora Jacqueline Mesnil-Amar deja constancia de sus impresiones en el Bulletin del scdi.(7)

Cientos y cientos de fotos colgadas en las paredes.

Todos esos rostros de seres queridos ausentes, perdidos en la inmensa confusión, nos miran con sus ojos de entonces, con sus ojos alegres de «antes», sonriendo llenos de vida y juventud; fotos de bodas o de vacaciones; mirándonos con sus pobres ojos de papel para ver si los reconoceremos,

si los hemos visto alguna vez, si diremos lo que sabemos de ellos, esa última esperanza. [14]

Y luego, otro acto brutal: una nube de polvo blanco en la cara.