Hotel Exilio El elefante y la pulga #2
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El elefante y la pulga #2

¿Vivos? Olga acaba de regresar de Belsen, donde el tifus campa a sus anchas. Por eso las repatriaciones son tan lentas y por eso las fuerzas británicas destinadas allí no quieren que las familias vayan al campo.

Se envían cartas con información, hasta tres mil al día.

Las listas de supervivientes se cuelgan a diario, clavadas en los paneles fuera del hotel.

Dentro, en el vestíbulo y a lo largo de los pasillos, hay cientos y cientos de fotografías, cada una con un nombre y datos de contacto escritos debajo, colocadas allí por las familias que esperan noticias de sus seres queridos.

Sabine Zlatin cuelga fotos de su esposo, Miron, y de los dos chicos mayores que fueron deportados con él, Theo Reis y Arnold Hirsch.

Cada día, en ratos robados después del trabajo o durante el descanso, baja a comprobar si hay noticias de ellos.

Sólo se permite entrar a voluntarios, personal y personas vinculadas a los repatriados.

Todos los demás tienen que consultar las listas colgadas fuera.

Entonces empiezan a llegar.

¡Qué ciudad!

Primavera en París. Una brisa fresca agita la floración de los castaños que crecen a lo largo del boulevard Raspail.

En el Hotel Lutetia, los organizadores y sus equipos de voluntarios se preparan para recibir al primer grupo de deportados que regresa.

Es 26 de abril de 1945, tres días antes de la primera vuelta de las elecciones municipales.

Francia ha sido liberada; los Aliados están a punto de lograr la victoria total en Europa.

En un andén de la Gare de l’Est, el director de la banda alza la batuta y, mientras el tren entra lentamente en la estación envuelto en una nube de vapor y el chirrido de los frenos, la banda militar toca los primeros compases de La Marsellesa.

Una delegación uniformada espera sobre la plataforma, lista para saludar a los héroes que regresan.

Allons enfants de la Patrie

Le jour de gloire est arrivé!

Los funcionarios contienen a la multitud, mientras los primeros internos de los campos de concentración bajan al andén.

Aux armes, citoyens

Formez vos bataillons.

Se hace el silencio.

«La gente miraba a esas pobres criaturas y se echaba a llorar», recuerda Yves Béon, miembro de la Resistencia, de regreso de Buchenwald.

«Las mujeres caían de rodillas sin decir palabra. Los prisioneros avanzan, casi como si tuvieran miedo. Avanzan hacia un mundo que han olvidado, un mundo que no entienden. Ven a seres humanos, vestidos como seres humanos. Los miran sin decir una palabra.

Estos seres de un planeta desaparecido ven ante sí a otros seres a los que no reconocen. Ahí, bajo sus pies, hay una frontera, un paso que cruzar.» [10]

Son esqueletos andantes; sus cráneos están cubiertos por una piel tan fina que es casi transparente. Llevan la cabeza rapada; hombres y mujeres resultan casi indistinguibles. La mayoría viste ropas mugrientas que recuerdan a pijamas de rayas.

Los conducen hacia una sala de espera donde unos jóvenes voluntarios los reciben y los guían hasta los autobuses que aguardan fuera: esos mismos autobuses parisinos verdes que llevaron a tantos de Drancy a Bobigny para ser apiñados en trenes con destino al este.

Esta vez sólo se viaja sentado; no se permite ir de pie.

A los más enfermos los llevan directamente al hospital.

Los autobuses parten y se dirigen hacia el centro de la ciudad, pasan por el Hôtel de Ville, cruzan el río —ahí está Notre-Dame—, bajan por la rue Saint-Jacques, pasan junto a la Sorbona, el Jardín de Luxemburgo...

Una visita relámpago por los monumentos parisinos.

Las calles están casi vacías de coches; los transeúntes se detienen a contemplar los autobuses y su extraño cargamento.

Algunos saludan con la mano, algunos esbozan una sonrisa, algunos apartan la mirada, algunos lloran, algunos simplemente se quedan boquiabiertos.

Los deportados miran por las ventanillas una escena que, hace apenas unos meses, unos años, hace eones, habría parecido totalmente normal: un día de primavera en París.

Algunos, que nunca han estado en la capital francesa, no dan crédito a sus ojos. «¡Dios mío, qué ciudad tan hermosa!»

Más tarde, en junio, una joven résistant, Simone Alizon, es repatriada en un avión militar dc8.

[11] Tras su liberación de Ravensbrück gracias a la Cruz Roja sueca, ha pasado los últimos meses en Suecia junto con otras supervivientes, entre ellas la antropóloga Germaine Tillion, traicionada por Robert Alesch.

Simone pasa buena parte del trayecto en la cabina, contemplando el brillante mar del Norte que se extiende debajo.

Luego, milagrosamente, la costa de Francia aparece a sus pies.

Llegan a París con un sol espléndido. C’était un rêve!

Era inimaginable, aquel regreso. Era la primera vez que veía la capital.

«Cada vez que lo pienso... Al atravesar las banlieues, pensé: C’est ça, Paris...» Así que esto es París.

Fuera del Lutetia se agolpa una multitud: parientes angustiados que esperan reunirse con los suyos.

Cuando el primer autobús se detiene, se abalanzan hacia delante, pegándose a las ventanillas.

Quieren pronunciar palabras de bienvenida y alegría, pero, en cuanto los primeros repatriados bajan de los autobuses, las palabras se les atragantan y ellos también quedan en silencio.

De uno en uno, una hilera de fantasmas con uniforme de rayas desciende a este profundo pozo de silencio: exiliados extraños que regresan de otro planeta.

Quienes aguardan se quedan paralizados; sólo se mueven sus ojos, que recorren los rasgos de los recién llegados, en busca de un rostro que conocieron, con la esperanza de encontrar, en esos esqueletos, algún vestigio de familiaridad.

Los deportados, en cambio, no parecen ver a la multitud.

Su mirada se pierde en la distancia, como si estuvieran muy lejos, aún ausentes.

Entonces empieza el clamor. Roger Joly, miembro de la Resistencia, regresa a París tras ser liberado de Neuengamme: «¿Cómo hacer entender a gente devorada por la angustia que la persona cuya fotografía nos enseñan no tiene nada que ver con la persona que quizá conocimos? Nos enseñan a un ser humano;

nosotros sólo conocimos un residuo...» [12]