El elefante y la pulga
André Weil es otro integrante del equipo reclutado para trabajar en el ministerio de Frenay.
[7] Weil había sido uno de los cofundadores de la organización paraguas cosor, que en 1944 reunió a los distintos servicios sociales de la Resistencia en un único organismo nacional.
Su director es un sacerdote jesuita, el padre Pierre Chaillet, quien trabaja en estrecha colaboración con Marcelle Bidault, de Combat, y Marie-Hélène Lefaucheux, de la ocm.
El trabajo de André Weil consiste en ayudar a organizar los aspectos prácticos del regreso de les absents a París.
En primer lugar, ello conlleva localizar y garantizar la seguridad de lugares donde los repatriados puedan ser recibidos y alojados temporalmente.
Ya se han elegido varios centros: cuarteles, piscinas, cines, incluso el Vélodrome d’Hiver, donde se internó a mujeres alemanas en calidad de «extranjeras enemigas» y donde los judíos extranjeros fueron también retenidos, bajo el sofocante calor de julio, durante la grande rafle de 1942.
Al principio, el plan consiste en recibir al mismo tiempo a prisioneros de guerra y deportados, enviando a los segundos a un centro nacional de recepción instalado en la Gare d’Orsay, y a los primeros a un centro dispuesto en las Tullerías justo enfrente, al otro lado del Sena.
Al elaborar este plan, el equipo de Frenay imaginó que, una vez completados los trámites asociados a su regreso, todos los afectados regresarían a sus casas y retomarían sus vidas.
Pero muy pronto se hace manifiesto que los preparativos son del todo inadecuados.
No se trata sólo de la enorme cantidad de gente que regresa al mismo tiempo y que desborda sus recursos. Es algo más.
Cuando André Weil acude por primera vez a la estación, el general De Gaulle y él son las dos únicas personas que aguardan en el andén, «el elefante y la pulga», en palabras de Weil.
Las tropas contienen a la muchedumbre de familiares desesperados que se apiñan con la esperanza de reencontrarse con sus seres queridos.
Tras un breve saludo de bienvenida, De Gaulle se marcha, dejando a Weil y a sus camaradas a cargo de ayudar a los deportados a bajar del tren.
Para recibirlos, se ha designado una brasserie cercana, donde Weil logra de algún modo meterlos a todos y servirles el almuerzo.
El impacto es profundo: «Estaban cubiertos de piojos del tifus y tenían disentería. Fue terrible.»
Las capas de burocracia gubernamental que hacen que la toma de decisiones sea tan dolorosamente lenta todavía no están en funcionamiento, de modo que, cuando se hace evidente que la Gare d’Orsay es un entorno del todo inadecuado para recibir a hombres y mujeres que apenas pueden mantenerse en pie,
y que los hoteles requisados en los Alpes para servir como sanatorios de convalecencia todavía no están listos, Weil y sus colegas se ponen de inmediato a buscar una solución.
Lo que necesitan es un centro de recepción lo bastante grande como para acoger a una gran cantidad de personas que requieren una cama para descansar; un lugar que también pueda proporcionar espacio para los servicios médicos necesarios para evaluar su salud y para los diversos agentes de
inteligencia y policías encargados de separar a oportunistas, colaboracionistas y criminales que sueñan con obtener un certificado que los acredite como «deportados políticos», puerta de acceso a diversos beneficios y, también, a la oportunidad de reinventarse como patriotas franceses.
Cuando los funcionarios del ministerio toman conciencia de la magnitud del problema, ofrecen en primer lugar a Weil un gran edificio que consideran adecuado.
El inmueble resulta estar semiderruido, sin ventanas y plagado de cucarachas.
Tras rechazar la propuesta, Weil empieza a barajar otras opciones de edificios que podrían servir a su propósito.
Comienza por el barrio que mejor conoce, aquel en el que nació y creció: la margen izquierda del Sena.
No tarda en dar con una idea. La tarde del 19 de abril de 1945, y acompañado por Marie-Hélène Lefaucheux y el jefe de la ocm, Maxime Blocq-Mascart, André Weil visita al general De Gaulle.
Tras una breve reunión, salen con permiso para requisar el Hotel Lutetia.
Al principio, a Weil le habían dicho que el Lutetia estaba descartado porque alojaba a oficiales adscritos al general Noiret, pero De Gaulle atiende su petición de inmediato.
Quizá al general le atrae la idea de escoger un hotel que él conoce tan bien: al fin y al cabo, fue en el Lutetia donde pasó la primera noche de su luna de miel y donde se alojó justo antes de huir a Londres en 1940.
En algún lugar de su sótano, yace olvidado todavía su baúl militar.
Weil no pierde tiempo: él y sus colegas acuden de inmediato al hotel y empaquetan ellos mismos los baúles de los oficiales.
Dorine, Agnès, Sabine
La operación del Lutetia la gestionaría de principio a fin un equipo de voluntarios.
El personal del hotel, que desde la Ocupación continúa bajo mínimos, seguirá en su puesto, pero su papel será limitado: las camareras prepararán y limpiarán las habitaciones y cambiarán la ropa de cama; el personal de cocina hará la comida.
El director, Marcel Chappaz, no interfiere.
El jefe de conserjería, Roger Harrault, acaba de regresar de un campo de trabajo.
El edificio se divide entonces por funciones: la primera planta se reserva a la administración; la segunda, a la enfermería.
En mayo, la tercera planta se reserva exclusivamente a las repatriadas.
Aunque nominalmente hay un comandante militar al mando, en la práctica, el Lutetia lo dirigen tres mujeres: el servicio de recepción está a cargo de Marcelle Bidault, enfermera y secretaria general de cosor, conocida por su nombre en la Resistencia, «Agnès».
Además, es hermana del ministro de Asuntos Exteriores.
El registro de llegadas lo organiza Denise Mantoux, conocida como «Dorine», diseñadora de interiores que se unió a la Resistencia en 1942 y creó el departamento de servicios sociales de Combat.
Al frente del propio hotel está Sabine Zlatin, a quien llaman «la Dama de Izieu».
Tras la devastadora pérdida de sus hijos y de su esposo, Miron, en la Maison d’Izieu en 1943, Sabine Zlatin se trasladó a París, donde comenzó a trabajar en la sección de asistencia social del movimiento de resistencia mln.
[8] Allí conoció a la dinámica, intrépida y muy enérgica Denise Mantoux, «Dorine», con quien entabló una profunda amistad que duraría el resto de sus vidas.
«Por supuesto, le conté la tragedia de Izieu. Su amistad fue de gran ayuda para mí durante esos meses difíciles.»
Tras la Liberación, es Denise quien pide a Sabine que se una al ministerio de Frenay.
«Sentía una necesidad apremiante de mantenerme ocupada, de llenar mis días con tareas que me interesaran y me impidieran recrearme en el pasado, así que acepté.»
Henri Frenay la recibe en el equipo; le dan un despacho y una máquina de escribir, que no sabe usar, y le presentan a Agnès Bidault.
Cuando se sugiere que Sabine se haga cargo del Hotel Lutetia, Denise y Agnès se alegran mucho: «Después de lo que has sufrido y de lo que has hecho, este trabajo es para ti.»
Pese a no tener experiencia, Sabine acepta asumir el papel.
Al fin y al cabo, se trata de los deportados, un tema que la toca muy de cerca.
El edificio del hotel está en buen estado y hay abundante ropa de cama y toallas.
Olga Jungelson describe las provisiones almacenadas en el Lutetia como «escasas», consistentes sobre todo en latas de galletas.
Sabine Zlatin, en cambio, recuerda que «en su prisa por marcharse, los alemanes habían dejado las neveras llenas de carne y de enormes cantidades de arroz, pasta y diversos alimentos».
Para alivio de Marcel Weber, los nuevos ocupantes no suponen ninguna nueva amenaza para su preciada bodega.
«Las bodegas estaban rebosantes de vino», recuerda Sabine Zlatin, «y no lo tocamos».
Los almacenes del mercado negro, esos tesoros de mercancías tan eficientemente establecidos y explotados por los ocupantes, proporcionan un copioso botín a las mujeres, que tienen autorización para recorrer la ciudad y requisar ropa, zapatos, artículos de aseo, comida;
cualquier cosa que los repatriados puedan necesitar.
Se convocan voluntarios: se requieren equipos de médicos, trabajadores sociales, boy scouts y soldados las veinticuatro horas.
Acuden en gran número: de la Resistencia, de la Cruz Roja, de la comunidad cuáquera, del Ejército de Salvación, así como miembros de agrupaciones juveniles de todas las confesiones: protestantes, católicos, judíos.
El general De Gaulle proporciona al hotel cinco coches con chófer para recoger a las enfermeras voluntarias cuando salen del hospital tras su turno.
Cuando se corre la voz de que el Hotel Lutetia será el principal centro de repatriación de los deportados que regresan, grupos de familiares ansiosos empiezan a reunirse en el boulevard Raspail, preguntando y a la espera de noticias.
Muchos miembros de la Resistencia fueron detenidos en virtud del decreto «Noche y niebla»; sus familiares llevan más de tres años sin tener noticias de ellos.
Las familias de deportados judíos no saben si sus seres queridos siguen vivos.
Multitudes de curiosos acuden al hotel: periodistas, gente que quiere ayudar y gente que sólo quiere enterarse de lo que está pasando.
A uno de los organizadores se le ocurre la brillante idea de requisar todos los paneles electorales del boulevard Raspail y colocarlos en el vestíbulo y fuera del hotel.
La primera vuelta de las elecciones municipales tendrá lugar el 29 de abril de 1945.
Cuando las primeras listas se cuelgan en abril, familias impacientes dicen a Olga Jungelson que quieren ir «allí» —al campo de concentración de Belsen— para traer de vuelta a sus parientes.
«¿Por qué tardan tanto en regresar? Tengo contactos, puedo conseguir un coche, gasolina; no tienen derecho a impedirme que vaya a buscar a mi marido, a mi hijo, a mi esposa, porque aún están allí, vivos.» [9]