Hotel Exilio Retirada
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Retirada

A medida que los bombardeos se aproximan al centro de la ciudad, el espectáculo se vuelve una experiencia real, visceral.

Por la noche se producen incursiones aéreas que sobrevuelan las cabezas y la metralla cae sobre la ciudad.

Un inmenso bombardero se estrella cerca de la Gare de l’Est.

A finales de julio, París se ve presa del mismo pánico que se apoderó de ella en la primavera de 1940, sólo que esta vez son los alemanes quienes huyen, sacando apresuradamente de sus hoteles la ropa de cama, los colchones y los muebles, cargándolo todo en los camiones que esperan.

El final, cuando llega, es rápido: el 17 de agosto de 1944, el primer ministro Pierre Laval y otros son evacuados por la fuerza por el Ejército alemán, primero a Belfort —donde unos días después se les une el mariscal Pétain— y luego a Sigmaringen, en el suroeste de Alemania.

Ese mismo día, el Ejército alemán comienza a colocar explosivos por toda la capital francesa en cumplimiento de las órdenes de Hitler de defender París hasta el final y, si fuera necesario, reducir la ciudad a ruinas.

Su furia vengativa lo ha llevado, al parecer, a olvidar su anterior deseo de preservar París a toda costa.

Cuando los bombardeos se ciernen sobre el centro de la capital francesa, el presidente del Consejo Municipal de París, el magnate del champán Pierre Taittinger, se desplaza al Hotel Meurice para solicitar una audiencia con el general Von Choltitz y suplicarle que no cumpla las órdenes de Hitler.

Sea o no gracias a las súplicas de Taittinger, Choltitz desobedece al Führer y la ciudad permanece intacta.

Ese día, parte de Drancy un último convoy con cincuenta y un prisioneros, en su mayoría miembros de la Resistencia, con destino a Buchenwald.

Los acompaña el capitán de las ss Alois Brunner, el brutal comandante del campo de Drancy, que utiliza el tren para regresar a Alemania.

Veintiuno de los deportados logran escapar antes de llegar a la frontera.

Al día siguiente se hace entrega de los mil cuatrocientos internos restantes de Drancy a representantes de la Resistencia y de la Cruz Roja.

Cuatro días después, el campo está vacío.

El 18 de agosto de 1944, algo más de cuatro años después de su llegada, Oscar Reile aprovecha la calma que ha caído sobre París para evacuar al personal que reside en el Hotel Lutetia.

Sus colegas de la Sección i ya se han marchado.

La preparación de la salida les lleva todo el día, y no están listos para partir hasta la medianoche.

El hotel y la ciudad más allá están sumidos en un silencio profundo.

De la plantilla del hotel, sólo se logra localizar a un camarero.

Reile tiene la impresión de que está esperando a que los últimos alemanes abandonen el edificio.

«Se comportó de manera bastante poco amistosa cuando quise disfrutar de una última botella de champán con el mayor Schäfer y Andreas Folmer», se queja.

«La bodega del hotel seguía bien abastecida. Pero nos contentamos con una sola botella de champán; nos la bebimos tranquilamente y nos marchamos hacia la una de la mañana. Nadie perturbó nuestra partida.» [122]

Marcel Weber, que ocultó los mejores vinos del Lutetia a esos huéspedes indeseados al comienzo de la guerra, contempla su salida al final de la contienda. «Claro que intentábamos contener la risa. No se provoca a un tigre acorralado: es peligroso. Y luego, de pronto, allí ya no quedaba nadie.»[123]

El 25 de agosto de 1944, la 2.ª División Acorazada francesa y la 4.

ª División de Infantería de Estados Unidos liberan París.

El general Von Choltitz es arrestado y firma la rendición formal de las fuerzas alemanas ante el Gobierno provisional de De Gaulle.

Al día siguiente, el general De Gaulle encabeza un desfile de la liberación por los Campos Elíseos.

Ya se han ido. El Hotel Lutetia está vacío de huéspedes. El capítulo alemán de París ha terminado.

Tercera parte

Después (1945)

El regreso

Una multitud aguarda fuera del hotel. De espaldas.

No hay rostros: sólo un mar de hombros, mangas de camisa, chaquetas raídas, sombreros, cabellos rizados.

Los cuellos se estiran hacia delante, girándose de un lado a otro.

¿Qué buscan? La gente empuja con paciencia, apretujándose.

No se palpa agresividad, nadie siente que sea una competición que uno deba ganar.

La mayoría de los presentes guardan silencio; el ambiente es tenso.

Puede percibirse la ansiedad. Las cabezas se adelantan, husmeando, escudriñando, rastreando.

Como un banco de peces arrastrado por una corriente invisible. ¿Qué es? ¿Qué es lo que están buscando?

Dos niñas con vestidos de verano, que cuelgan sueltos sobre sus hombros estrechos, esperan ansiosas, poniéndose de puntillas tras la barrera que forman los adultos.

Tienen el pelo del mismo color; los mismos rizos.

Llevan carteles de cartón en los que están escritos sus nombres: Denise y Elisabeth Epstein.

Denise tiene trece años; Elisabeth (Babet), ocho.

La última vez que vieron a sus padres tenían diez y cinco, respectivamente.

La multitud se desplaza y, en el hueco que queda entre unas cabezas y otras, alcanzamos a ver fugazmente aquello que capta de tal modo su atención: una fila de largos bastidores de madera, tablones municipales de anuncios como los que se usan para publicitar las elecciones locales.

En ellos hay clavadas cientos de fotografías de desaparecidos, colocadas allí por familias angustiadas.

Hombres, mujeres, niños. Fotos de boda, retratos de pasaporte, instantáneas tomadas en vacaciones.

Caras alegres, felices, posando ante montañas, con una bicicleta o una raqueta de tenis, junto al mar. Imágenes de un mundo que ya no existe.

El sonido de un motor hace que el banco de peces se agite: una corriente de expectación apremiante lo recorre. Al volverse la gente, aparecen al fin los rostros: ansiosos, ávidos, asustados, desesperados; la angustia acumulada durante años. «¡Que sea ella!» «¡Por favor, que sea él!»

Todas las miradas están fijas en las ventanillas del autobús, tras cuyos cristales sucios se adivinan filas de pasajeros.

De la entrada del hotel emerge un grupo de jóvenes voluntarios, vestidos con uniformes de scout.

Dentro, los pasajeros no se mueven. Parecen lejos, la vista perdida por encima de las cabezas de los que aguardan fuera.

De pronto, una mujer logra abrirse paso.

Levanta la fotografía de un joven que sonríe y la pega con urgencia contra cada ventanilla, una tras otra.

Otra mujer se le une, portando la foto de una niña con un vestido blanco de verano.

Luego otra y otra más, golpeando los cristales. «¡Por favor!»

Los pasajeros se encogen de hombros. Una negación con la cabeza.

Una mano alzada. «Por favor, no. No me pregunte.»

Los jóvenes voluntarios se colocan como guardia de honor, dos a cada lado de la puerta del autobús.

El conductor acciona un interruptor y las puertas se pliegan con un siseo de aire comprimido.

Se producen uno o dos instantes de quietud.

El conductor se vuelve hacia los pasajeros y hace un gesto, señalando la puerta.

Nadie se mueve.

Un joven scout sube los escalones para guiar a los primeros pasajeros en la bajada.

«Por aquí. ¿Ve esa puerta? Yo le ayudo, ¿sí?»

Al abrirse paso entre la multitud, los pasajeros recorren con la mirada aturdida esos rostros agitados, las fotografías que les ponen delante de la cara cuando los que aguardan se abalanzan sobre ellos, ansiosos.

«Entramos en el vestíbulo. Todos aquellos paneles de madera cubiertos de fotografías. “¿Ha visto a tal y cual? Estuvo en este campo, en aquel...” Pero nosotros buscábamos a alguien de nuestra familia.

Esa gente que se nos acercaba con fotos de un joven apuesto o de una joven con el pelo bien peinado... “¿Conocía usted a tal y cual?” Pero, por supuesto, nosotros sólo conocíamos los nombres de un pequeño grupo de personas a nuestro alrededor...

“Pero a ella la tuvieron que deportar a este campo o a aquel. Usted tiene que haberla conocido. Era morena... rubia... tenía dieciocho... treinta...” ¿Cómo íbamos a saber qué contestarles? Aún seguíamos en estado de shock. La gente nos agarraba, tirándonos de la ropa, literalmente.

Ésa fue la parte más dura: pasar junto a esas madres llorosas, que agarraban de la ropa.» [1]

Los pasajeros avanzan arrastrando los pies, incapaces de sostener esas miradas que les imploran información... o más bien, esperanza. Algunos se ponen nerviosos y apartan las manos que tiran de las mangas de sus uniformes de rayas. Un hombre acepta la fotografía que le tiende una mujer desesperada.

«¿Lo conocía?» La mujer agarra la manga. El hombre no responde. Ella insiste: «¿Está vivo?»

Él baja la vista y le devuelve la foto. «¿Está vivo?», grita ella otra vez.

Los pasajeros siguen su camino; la mujer se queda sola, apretando la foto. Ella sabe lo que el hombre no le ha dicho y, aun así, no puede aceptarlo. No sin pruebas. Así que vuelve a los tablones y continúa buscando.

Al fondo de la multitud, las dos hermanas esperan en vano. Durante dos meses de la primavera de 1945, vuelven cada día al Hotel Lutetia con la esperanza de encontrar a sus padres: su padre, el banquero Michel Epstein; su madre, la escritora Irène Némirovsky. No volverán a ver a ninguno de los dos.

Hiato (otra vez)

En octubre de 1944, un chico de diecisiete años llamado Jacques Desjeunes regresa a su casa, en el Marais, después de pasar tres años en una escuela de hostelería a las afueras de París.

[2] Confía en encontrar trabajo como cocinero en un restaurante, pero la mayoría están cerrados.

La ciudad sigue medio muerta. El lapso que separa la liberación de París y el final de la guerra en Europa forma un hiato de duración casi idéntica al que separó la declaración de guerra del comienzo de la Ocupación: nueve meses, de agosto de 1944 a mayo de 1945.

Una vez más, París es una ciudad que está en guerra pero no está en guerra.

Los alemanes se han ido, pero el mundo continúa combatiendo y, aunque los restaurantes y cafés pueden servir a quien les plazca, persisten el racionamiento, los apagones y la escasez.

La vida tiene un aire provisional: todo el mundo espera que esta maldita guerra termine de una vez.

Incluso el nuevo Gobierno de De Gaulle es provisional hasta que se puedan celebrar elecciones.

Jacques consigue algunos trabajos de corta duración, pero es un joven que quiere arrancar con su vida y necesita un puesto estable.

Su padre le sugiere que pruebe en el Hotel Lutetia.

Al fin y al cabo, conoce bien a monsieur Chappaz.

El Lutetia forma parte de la historia familiar de Jacques: sus padres se casaron allí en 1924; Jacques fue bautizado allí en 1928; antes de la guerra, la familia celebraba una fiesta en uno de sus salones de banquetes dos o tres veces al año.

Su pa­dre se ofrece a hablar con el director.

Así es como Jacques Desjeunes termina enfilando la familiar fachada curva del Lutetia, sólo que hoy no entrará por las puertas giratorias de boulevard Raspail, sino por detrás, por la entrada del personal.

Allí, Chappaz lo acompañará al sótano, lo conducirá a la enorme cocina y presentará al muchacho al jefe de cocina y al equipo, formado por una veintena larga de empleados, con el que va a trabajar.

Empieza desde abajo, como commis de cuisine, o ayudante de cocina.

Jacques conoce el trato; su padre se lo ha metido en la sesera a base de repetírselo: agacha la cabeza, trabaja duro, no seas respondón y, con suerte, no te echarán antes de que acabe la semana.

Jacques es trabajador, y, durante los cuatro o cinco meses siguientes, su vida se ciñe a una estricta rutina: cada mañana, se levanta temprano para recorrer a pie el corto trayecto que, tras cruzar el Sena, desciende hasta el gigantesco sótano donde, poco a poco, está demostrando su valía.

Los hoteles de París ya no alojan a los distintos departamentos de la administración militar nazi.

En su lugar, se han instalado las fuerzas aliadas, que ocupan los mejores inmuebles y establecimientos de la ciudad.

En el Lutetia están acuartelados los oficiales adscritos al jefe del Estado Mayor del Ejército francés, el general Noiret.

Los cocineros preparan la comida para los oficiales.

No es un trabajo duro. El hotel no está lleno.

De pronto, sin embargo, en la primavera de 1945, el personal de cocina recibe la instrucción de prepararse para la llegada de mucha gente.

Nadie precisa con exactitud quiénes ni cuándo.

Empiezan a llegar cantidades ingentes de comida transportadas en camiones militares: carne, verduras, mantequilla, leche; alimentos que Jacques no veía desde 1939, cuando tenía trece años.

Los oficiales franceses desaparecen de repente.

En su lugar aparecen caras nuevas y jóvenes: hombres y mujeres con uniforme y ropa de calle; llevan portapapeles y hacen listas mientras sostienen discusiones serias, señalando aquí y allá, tomando notas.

Se instalan mamparas en la planta baja, cerca del vestíbulo; se colocan mesas en hileras ordenadas; hay máquinas de rayos X y personal médico con batas blancas.

Cuando Jacques pregunta a sus compañeros qué significa todo aquello, se encogen de hombros y le dicen que no tienen ni idea.

Él sabe que es mejor no molestar al jefe de cocina con preguntas.

Se muere de ganas de preguntar a monsieur Chappaz, pero un ayudante de cocina de diecisiete años no puede subir a ver al director del hotel para preguntarle: «Pero ¿qué demonios está pasando aquí?»