Oveja #2
Los trasnochadores —oficiales que regresan de un club nocturno o de una cita— se deslizan por el vestíbulo sin hacer ruido, suben las escaleras hacia sus habitaciones, por fin con el cuello desabrochado y la gorra bajo el brazo.
«Buenas noches, buenas noches. Gute Nacht.»
Fuera las botas de cuero —déjalas en la puerta si quieres que el limpiabotas las abrillante—, la guerrera sobre el respaldo de una silla, los gemelos sobre la mesa,
el lento quejido de los muelles del colchón cuando el oficial por fin se tumba para dormir la borrachera de champán antes de que comience otro día en la Ciudad de la Luz.
En la reunión de la mañana siguiente, Canaris limita sus conversaciones con Reile a asuntos profesionales: esta vez no se menciona ni a Hitler ni el régimen nazi.
En realidad, la propia Abwehr comienza a deshacerse: las disputas amargas con las ss, el sd y la rsha (Oficina Central de Seguridad del Reich) han provocado un derrumbe de la moral.
Cuando Reile se despide de Canaris en el vestíbulo del hotel, tiene la impresión de que el almirante ha perdido toda esperanza de que se produzca algún cambio dentro de Alemania y de que ha empezado a prepararse para los problemas que asoman en el horizonte. Es la última vez que se verán.
Unos meses después, en febrero de 1944, Hitler cede por fin a la enérgica persuasión de Himmler y decide fusionar la Abwehr y las ss, lo que permite a Himmler alcanzar su objetivo de asumir el control total de la defensa militar.
Canaris, ya casi irreconocible por la tensión, con el gesto «cansado y hundido», se ve jubilado a la fuerza y se le ordena trasladarse al castillo de Lauenstein (Burg Lauenstein), en el bosque de Franconia, donde aguarda instrucciones sobre su futuro destino.
[116] El almirante entra en el exilio acompañado por su chófer y sus dos perros salchicha.
Su familia no está presente: su esposa ha sido evacuada para escapar de los bombardeos; una de sus hijas está en un internado; la otra vive en una institución.
Canaris permanece en el remoto castillo, en la práctica, bajo arresto domiciliario, hasta que recibe un nuevo puesto como jefe del «Estado Mayor Especial para la Guerra Mercantil y las Medidas de Combate Económico», un empleo de oficina sin importancia estratégica.
Hace el viaje de vuelta a Berlín, donde vive solo, salvo por sus perros, su yegua árabe, su criado argelino y su cocinero polaco.
Para Reile, la subordinación de la Abwehr a la rsha supone un desastre: la Gestapo y el sd ignoran por completo los métodos y objetivos del espionaje militar.
Envían a sus hombres a Inglaterra sin la formación suficiente y mal equipados, sin saber lo que deben buscar, de modo que sus esfuerzos se desperdician en la consecución de objetivos secundarios.
Impotente y frustrado, Reile prosigue con sus tareas diarias, analizando información y redactando informes.
Por la mañana se levanta, se ducha, se viste y baja a desayunar y a tomar su café, antes de volver a cerrar la puerta de su despacho privado y comenzar la jornada de trabajo.
En realidad, está esperando a que termine la guerra.
Izieu
El 6 de abril de 1944, la policía saca a un grupo de cuarenta y cuatro niños judíos y siete de sus cuidadores adultos de la Colonie des enfants réfugiés de l’Hérault —más conocida como la «Maison d’Izieu», por el pueblo donde se encuentra— y los traslada a la prisión de Montluc, en la cercana Lyon,
entonces bajo el control del jefe de la Gestapo, el tristemente célebre Klaus Barbie.
[117] La Maison d’Izieu es un hogar infantil y escuela gestionado por la organización judía de asistencia social Œuvre de Secours aux Enfants (ose), que acoge a niños y niñas judíos de entre cuatro y diecisiete años cuyos padres han sido deportados o internados o están escondidos.
Al frente de la casa está una enfermera y trabajadora social polaca, Sabine Zlatin, que trabaja junto a su marido, Miron, un perito agrícola nacido en Rusia, y varios voluntarios más.
El día de la redada, Sabine se encuentra en Montpellier, buscando un alojamiento alternativo para los niños, cuando se entera de lo ocurrido gracias a la advertencia que llega en el telegrama de una amiga: «Famille malade. Maladie contagieuse», «Familia enferma. Enfermedad contagiosa».
Los detalles llegan después: desde Lyon, envían a los niños y sus cuidadores a Drancy, adonde llegan el 8 de abril de 1944.
Desde Drancy son deportados a Auschwitz.
En cuanto recibe la noticia, Sabine viaja a Vichy y luego a París, donde contacta con la Cruz Roja en un intento desesperado por salvar a los niños de la deportación.
Pero es en vano. Unas semanas más tarde, regresa a Izieu y descubre que la policía ha saqueado la casa.
Recorre el lugar recogiendo lo que queda: cartas y dibujos de los niños, fotografías y otros documentos.
Sola, sin noticias de Miron ni de ninguno de los niños, vuelve a París y se incorpora a la Resistencia.
Ese mismo mes, a la pianista Margot Rauch, que había entretenido a sus compañeras de internamiento en Gurs tocando al piano de cola hermosos dúos junto con Hans Ebbecke, la trasladan al campo de Le Vernet y después a Drancy.
[118] Unos días más tarde la deportan desde la estación de Paris-Bobigny en el convoy número 75; llega a Auschwitz el 30 de mayo de 1944.
A la espera
En el Lutetia, Oscar Reile no piensa en otra cosa que en el inminente desembarco aliado.
Todos los altos mandos de la Abwehr saben que se avecina.