Oveja
A estas alturas, la guerra ya no es una novedad chocante, sino una costumbre.
En noviembre de 1942, poco después de los avances aliados en el norte de África, se produce en Francia un cambio territorial significativo cuando la zona sur pasa a estar bajo control alemán.
Toda Francia está ahora ocupada. Los convoyes continúan transportando al este a judíos y miembros de la Resistencia.
Mientras tanto, Francia se desangra lentamente en mano de obra y materiales: se envía a miles de jóvenes a Alemania a trabajar para el Reich, o se los obliga a trabajar en minas francesas y otras industrias consideradas esenciales para el esfuerzo bélico alemán.
Para la Abwehr, la ocupación alemana de toda Francia ofrece la oportunidad de actuar directamente contra el creciente número de grupúsculos de la Resistencia, pero plantea otros obstáculos: a medida que se instalan puestos de la Abwehr en Lyon, Marsella, Toulouse y Limoges,
los recursos tienen que estirarse cada vez más.
Dada la necesidad de tropas en los frentes oriental y africano, cada vez hay menos alemanes en Francia.
Si al comienzo de la Ocupación había unos cuarenta mil militares alemanes en París, en 1943 esa cifra se ha reducido a quince mil.
[111] Lo que la Abwehr pierde, la Resistencia lo gana: los franceses ya no confían en el Gobierno de Vichy y los movimientos de resistencia siguen multiplicándose.
Hasta ahora, se trataba de pequeños grupos que actuaban de forma independiente.
Ahora, siguiendo instrucciones de Londres, empiezan a trabajar juntos.
Aumenta el apoyo británico, al tiempo que se intensifica la propaganda contra Alemania.
A inicios de diciembre de 1942, el almirante Canaris, que regresa de un viaje a España, realiza una de sus visitas esporádicas al Lutetia, acompañado por el jefe de la Sección i de la Abwehr, el coronel Piekenbrock.
Esa noche, un pequeño grupo de seis o siete oficiales, los que llevan más tiempo destinados allí, se reúne en la habitación 109 para cenar. Mientras esperan a que se les una el almirante, el coronel Piekenbrock cuenta una anécdota:
Canaris y yo íbamos en coche por España, en un descapotable, con un tiempo espléndido. Cuando nos cruzamos con un rebaño de ovejas, Canaris se puso en pie y les hizo el saludo militar.
—¿Por qué ha hecho eso, mi almirante? —le pregunté.
—Porque nunca se sabe si entre ellas puede haber alguno de nuestros superiores —respondió.[112]
Pese al buen humor general, durante la cena, Canaris permanece en gran medida en silencio.
Luego, de pronto, empieza a hablar: una rápida cascada de palabras en la que expresa su violenta repugnancia por «los métodos de gánster que emplean Hitler y sus criaturas».
No basta con haber cometido tantos crímenes en el Este, declara: esas mismas prácticas van a extenderse a Francia.
La guerra se perderá, y el pueblo alemán será avergonzado frente al mundo.
Ningún extranjero volverá a poder confiar en un alemán.
Canaris suele disfrutar trasnochando con amigos, pero esta noche abandona la reunión poco después de la cena, dejando que sus subordinados digieran en silencio el significado de su arrebato.
El almirante pasa ahora buena parte de su tiempo libre en España, refugiándose de la guerra en visitas frecuentes a Algeciras, donde —con el pretexto de visitar el puesto local de la Abwehr— disfruta cocinando y escuchando el murmullo de voces del cercano Hotel Reina Cristina,
cuando no está sumido en la meditación en una iglesia española.
En una visita a Sofía, en Bulgaria, habla con un amigo de lo que harán después de la guerra.
«Deberíamos abrir una pequeña cafetería en el puerto del Pireo», dice.
«Yo haré el café y tú servirás las mesas. ¿No sería estupendo llevar una vida sencilla como ésa?» [113]
En algún momento de 1943, el coronel Rudolph obtiene el divorcio de su primera esposa, lo que le permite casarse con su amante y secretaria de larga data, la rubia fräulein Juhl, de ojos saltones, quien ha gobernado su despacho y su corazón durante tanto tiempo.
Lo celebran con una cena y champán —¿dónde si no?
— en el Lutetia. Las normas oficiales dictaminan que, tras su matrimonio, la nueva frau Rudolph ya no tiene permitido seguir en su puesto junto a su esposo.
De modo que la trasladan a España, donde Rudolph la visita cada quince días.
La vida en el Lutetia continúa tan cómodamente como siempre. Quizá demasiado cómodamente para Oscar Reile:
Las calles estaban concurridas; las tiendas, abiertas.
Los menús de los buenos restaurantes seguían ofreciendo platos excelentes.
Las reservas de vino y champán parecían interminables.
Todavía se podía conseguir casi cualquier cosa: ropa, pieles, joyas, artículos de tocador.
Nuestras secretarias intentaban igualar la elegancia de las mujeres parisinas para no resultar reconocibles en la ciudad. [114]
Un visitante berlinés de alto rango, de paso por el Lutetia, se ofende por lo excesivamente arregladas que van las empleadas y sugiere al coronel Reile que intervenga.
Reile, con deportividad, reúne a las secretarias de la Abwehr y les da una charla sobre uniformes y formas de vestir adecuadas.
Después, una de las mujeres, Isolde, va a verlo a su despacho: «Si no le gusta mi maquillaje», le dice, «trasládeme a Marsella. ¡Conozco a alguien que trabaja en nuestro departamento a quien le gusto tal como soy!» .
Isolde es trasladada, como corresponde, para que la aprecien en otro lugar.
Ese verano, la vasta empresa del mercado negro de la Abwehr, el Bureau Otto, cesa su actividad de forma definitiva.
A finales de 1943, Reile tiene claro —como tantos alemanes que no son nazis fanáticos— que Alemania no puede lograr una victoria decisiva.
El desembarco aliado de verano en Sicilia ha provocado el colapso de Italia.
Los bombarderos aliados sobrevuelan ya con regularidad París, en su ruta para bombardear ciudades alemanas.
En el gélido Frente Oriental, las tropas alemanas retroceden de manera constante ante el empuje de las fuerzas soviéticas.
Tras sus primeros triunfos, los métodos brutales de la Gestapo provocan que las operaciones de contraespionaje de la Abwehr tampoco den resultados.
El mayor Schäfer se ha cansado de Robert Alesch y de su codicia insaciable.
Con su tapadera ya descubierta por los británicos, entregan a Alesch a Hugo Bleicher, quien no tiene gran cosa que asignarle al ambicioso sacerdote.
Leones
Siempre se nota un cambio de atmósfera entre el personal de la Abwehr cuando el almirante Canaris hace una visita: un arreglarse, un aire de firmes.
Pero han pasado ya más de tres años desde que los alemanes tomaron posesión del hotel, y Marcel Chappaz seguramente ha advertido el cambio en el porte del almirante: Canaris parece estar encogiendo, tiene el rostro hundido, los ojos inyectados en sangre y fatigados.
Cuando el almirante Canaris visita de nuevo el Lutetia a finales de 1943, lo acompaña el vicealmirante Leopold Bürkner, jefe de la Sección de Asuntos Exteriores de la Abwehr.
[115] Tras hacer Canaris la ronda habitual de visitas, llega al despacho de Reile, donde el coronel le ofrece un informe sin paños calientes sobre la situación, tal como la ve.
El almirante escucha en silencio y luego le pregunta a Reile cuánto cree que durará la guerra.
Sin pensarlo, Reile responde que, sin una solución política que le ponga fin, la guerra podría alargarse otros dos años.
Esa perspectiva provoca una frustración tal en Canaris, que pone fin a la reunión de golpe y se marcha.
Sí, Canaris ha cambiado: está nervioso, le tiemblan las manos, se le ve pálido y demacrado.
Esa noche, como de costumbre, se celebra una pequeña cena en la habitación 109.
Dado que hay dos almirantes presentes, la conversación se abre con una discusión sobre la guerra en el mar.
No hay buenas noticias: las pérdidas de submarinos son graves, quedan pocos acorazados y a los oficiales de la marina les toca desempeñar múltiples funciones.
Circula por ahí la broma de que hay más almirantes que barcos.
Al mismo tiempo, Alemania sufre una grave escasez de alimentos.
Un chiste popular surgido en Berlín se difunde rápidamente: dos leones hambrientos se escapan del zoo y se separan para buscar comida.
Dos semanas después vuelven a encontrarse.
Uno está flaco; el otro, gordo y satisfecho.
El flaco le pregunta al gordo cómo ha logrado ganar peso.
El gordo responde: «Me zampé a un par de almirantes en la Tirpitzufer.»
Durante la cena, cuando Canaris menciona que a un amigo suyo de Berlín por fin lo han hecho contraalmirante, un joven oficial no puede resistirse y cuenta el chiste.
La broma se recibe con un silencio glacial.
Canaris aprieta los labios. El vicealmirante Bürkner pide un doble coñac.
Ya entrada la noche, cuando la cena termina y la conversación se agota, Canaris se retira a su dormitorio.
Duerme poco estos días, preocupado no sólo por el curso desastroso de la guerra, sino por su propia posición, cada vez más precaria.
El almirante está más aislado que nunca.
Marginado en el cargo, desesperado por la forma de conducir la contienda, y, al mismo tiempo, de algún modo incapaz de traicionar su juramento militar y reacio a unirse a aquellos de sus compañeros oficiales que piensan en descabalgar a su líder.
El verano anterior, Canaris encubrió los esfuerzos de Hans Oster y Hans von Dohnanyi, altos oficiales de la Abwehr, colegas cercanos y (casualmente) figuras destacadas de la resistencia antihitleriana dentro de la Wehrmacht,
para permitir que un grupo de judíos berlineses amenazados de deportación escapara a Suiza.
A la Gestapo se le dijo que los judíos eran agentes secretos destinados a desplegarse en Sudamérica.
Cuando, meses después, descubrieron la verdad, Dohnanyi fue detenido y Oster quedó bajo arresto domiciliario.
Inevitablemente, las sospechas de la Gestapo se han vuelto ahora hacia el jefe de ese nido de espías.
No es la primera vez que Canaris echa una mano a sus amigos rebeldes.
Por la noche, el hotel está tranquilo. Dos soldados siguen de guardia fuera, pero el boulevard Raspail está en silencio.