Hotel Exilio Poder menguante
68%

Poder menguante

El éxito de Robert Alesch al traicionar a la red Gloria smh es un punto culminante de la actividad de contraespionaje militar alemán en Francia.

[106] Los métodos brutales empleados por Carl Oberg para reprimir la Resistencia llevan a una drástica reducción de la capacidad de la Abwehr para infiltrarse en las células, porque éstas se mantienen en máxima alerta; además,

muchos jóvenes franceses optan por unirse a la Resistencia antes que someterse y convertirse en mano de obra forzosa al servicio del Reich.

Peor aún: la serie de intrincados juegos de contraespionaje que Hugo Bleicher y Oscar Reile ponen en marcha para combatir a los británicos tras sus primeros triunfos termina por dar unos frutos escasos y decepcionantes.

El éxito de Hugo Bleicher al captar a Mathilde Carré se desvanece cuando ella conoce al agente del soe Pierre de Vomécourt y le confiesa al apuesto francés que trabaja como agente doble.

De Vomécourt propone un plan alambicado, concebido para tentar a Bleicher y engañar a la Abwehr, que acaba con De Vomécourt regresando a Londres ileso, acompañado por Mathilde Carré.

Más tarde, él vuelve a Francia sin que la Abwehr lo sepa, mientras Carré permanece en Londres, con la esperanza de ser aceptada como agente triple.

Los británicos desconfían de Carré; la juzgan no sólo poco fiable, sino extravagante e indiscreta.

En lugar de arriesgarse a dejarla libre en Londres, deciden internarla en una prisión de mujeres hasta el final de la guerra.

De Vomécourt termina siendo capturado en Francia, juzgado, enviado a la prisión de Fresnes y luego a Colditz.

Oscar Reile, por su parte, intenta poner en marcha una estrategia de engaño doble con ayuda de Roman Czerniawski, quien lleva en la prisión de Fresnes desde el desmantelamiento de su red «Interallié», en 1941.

La audaz idea de Reile consiste en persuadir al polaco para que trabaje para la Abwehr y, después, enviarlo a Inglaterra en una misión secreta.

Reile no está a favor de ejecutar a los prisioneros ni de torturarlos, como hace la Gestapo.

Arrancarle los dientes a alguien puede resultar satisfactorio para cierto tipo de bestias, pero por lo general no reporta información útil.

Él prefiere la persuasión: hacer que alguien hable y luego convencerlo, reclutarlo como agente, darle algo de dinero y dejarlo actuar.

La estrategia de Reile consiste en apelar al patriotismo de Czerniawski, convenciéndolo de que una victoria aliada implicará que la Unión Soviética se haga con el control de Polonia (una predicción acertada, como se vería).

Espiar para Alemania, argumenta, es escoger el mal menor.

Para rematar el acuerdo, Reile ofrece un incentivo: si Czerniawski acepta trabajar para la Abwehr, él se compromete a salvar a setenta miembros de «Interallié» de un consejo de guerra.

El contrato se firma en mayo de 1942; Czerniawski recibe formación en el uso de una radio y, para transmitir, le proporcionan unos cristales de cuarzo que oculta en el tacón del zapato.

Su «fuga» se organiza para el 14 de julio, Día de la Bastilla, fecha en la que cabe esperar que las calles de París estén abarrotadas.

Reile procura que la evasión parezca convincente: trasladan a Czerniawski desde Fresnes en un camión abierto.

Mientras el camión avanza por las concurridas calles de la capital, el prisionero salta de forma inesperada entre la multitud, justo delante del Hotel Lutetia.

Sus guardias lo persiguen de forma verosímil.

El resultado del ambicioso y audaz plan de Reile no hace sino confirmar que, si alguien se muestra dispuesto a cambiar de bando una vez, es muy probable que vuelva a hacerlo: en cuanto llega a Londres, Czerniawski informa de inmediato a los británicos de que está jugando a dos bandas,

presenta los cristales de transmisión de Reile y se ofrece a actuar como agente triple.

Tras un largo interrogatorio, los británicos le asignan un nuevo nombre en clave, «Brutus», y lo ponen a trabajar para jugar con los alemanes su propio Funkspiel («juego de radio»), usando los mismos cristales suministrados por la Abwehr.

«Brutus» transmite a los alemanes un flujo constante de desinformación, sobre todo al servicio de la «Operación Fortitude South», que desvía con éxito la atención de Hitler hacia la región del Paso de Calais, en lugar de Normandía,

como lugar elegido por los Aliados para el desembarco del Día D de julio de 1944.

Lo único que le queda a Reile, en su menguante poder, es la batalla por la supremacía radiofónica.

Las radios son el único medio por el cual los Aliados pueden obtener con rapidez la información que necesitan desde los países ocupados.

En consecuencia, el éter rebosa de mensajes, todos cifrados en códigos que están en constante evolución, emitidos a horas que cambian con regularidad, en distintas longitudes de onda, por operadores que usan diferentes nombres de guerra para identificarse.

Cuando se instala una unidad de radiogoniometría de la Abwehr en la zona no ocupada, su éxito inesperado —en pocas semanas capturan a ocho radioperadores y desmantelan varios grupos de la Resistencia— queda mitigado por el hecho de que es la Gestapo quien se hace cargo de los agentes detenidos,

mientras la Abwehr sólo puede mirar, im­potente.

Es un tipo extraño de exilio, este destino prolongado en un hotel elegante, lejos del frente.

Han pasado ya dos años. La novedad del lujo se ha desvanecido, sustituida por el tedio, el miedo al futuro y la añoranza del hogar.

Los oficiales de la Abwehr nunca serán parisinos; la habitación del hotel nunca será su casa y, al fin y al cabo, siguen en guerra.

Muchos buscan distracción persiguiendo el dinero, el placer y los bienes materiales, pero ninguna cantidad de champán o de coñac fino puede disimular su creciente desasosiego.

Se preguntan: ¿adónde nos lleva esta guerra?

¿Para qué estamos aquí, en esta ciudad, atiborrándonos de foie gras mientras nuestras familias viven con racionamiento y nuestros camaradas mueren en el Frente Oriental?

Sentado en el dormitorio-oficina del tercer piso del Lutetia, con la cabeza inclinada mientras se concentra en su último informe, el diligente Reile continúa trabajando, pero ya no consigue convencerse de que todo va bien.

Gurs

En el campo de Gurs, en el suroeste de Francia, los actores, músicos y bailarines siguen entreteniendo a sus compañeros de internamiento con conciertos y funciones para distraerlos del miedo creciente a las listas.

Los rumores ya no pueden ignorarse: los alemanes están deportando judíos a Polonia y están elaborando listas con nombres.

El primer transporte sale del campo a comienzos de agosto de 1942.

[107] Casi todos los que van en él son artistas de algún tipo.

Entre ellos está la bailarina Ruth Rauch, de veinte años.

Los llevan primero a Drancy y de allí directamente a Auschwitz, el 10 de agosto de 1942.

La madre de Ruth, Margot, no está allí para ver partir a su hija: en enero la trasladaron al campo de Récébédou, uno de los dos llamados «campos hospital» que el Gobierno de Vichy creó en respuesta al clamor público por las condiciones en los campos de internamiento.

(El otro es Noé, adonde trasladan a Margot en octubre de 1942.)

Los internados allí suelen ser judíos mayores o inválidos.

Las condiciones son algo mejores, aunque la comida es peor.

¿Lo sabía Margot? ¿O la comunicación entre madre e hija sencillamente se interrumpió?

Bolsos de mano

El trabajo de Eva Tichauer en la enfermería de Drancy les permite a ella y a su madre permanecer en el campo durante dos meses, una estancia inusualmente larga.

Pero llega el día en que pronuncian sus nombres y las llevan en un autobús parisino verde a la estación de Bobigny, donde, el 23 de septiembre de 1942, las meten a empujones en un tren, cincuenta personas en cada compartimento.

Dos días después llegan a Auschwitz al anochecer.

Cuando se abren las puertas del vagón, Eva ve poco con la escasa luz: apenas unas figuras borrosas con uniformes de rayas.

Los oficiales de las ss gritan: «Raus! Raus! Salid, y dejad el equipaje.»

Dividen a las mujeres en dos grupos. A las del primero les dicen que irán andando hasta el campo; a las del segundo, que las llevarán en camión. Separan a Eva de su madre.

Mi madre tenía exactamente cincuenta años en ese momento.

Como el alemán era nuestra lengua materna, se dirigió al oficial que separaba a la gente y le dijo: «Tengo buenas piernas, déjeme quedarme con mi hija.»

El hombre respondió de un modo cortés y persuasivo: «Madame, los camiones están para ahorrarle la caminata; suba y podrá ver a su hija en el campo.»

Vi desaparecer a mi madre sin poder siquiera despedirme de ella. No la vi subir al camión. Nunca más volví a verla.

Para mi madre, que siempre había sido una persona muy intuitiva, el hecho de que nos dijeran que dejáramos el equipaje [...]

aún más significativa fue la orden de dejar atrás los bolsos de mano [...]

Le hizo comprender lo que nos aguardaba.

Todos nuestros documentos estaban en los bolsos de mano.

Se aferró a mí; intuía que el camión lleno de ancianos y enfermos conducía a la muerte, y quería elegir la caminata hasta el campo, y la vida.

Percibió lo que la esperaba. Pude sentir su desesperación. [108]

Cuarenta y ocho horas

A algo menos de quinientos kilómetros de allí, en Autun, el 9 de octubre de 1942, se llevan a Michel Epstein y a sus hijas a la misma comisaría donde habían interrogado a Irène Némirovsky sólo unos meses antes.

[109] Un oficial alemán se apiada de las niñas.

Saca de la cartera una fotografía de su hija, rubia como Denise, y dice: «Os doy cuarenta y ocho horas para que os vayáis.»

La última instrucción de Michel a su hija mayor es que no suelte nunca la maleta que le entrega, porque contiene el manuscrito de su madre.

Pasarán muchos años antes de que Denise se atreva a abrirla y leer lo que guardan sus cubiertas.

A pesar de que ambas niñas nacieron en Francia, los nombres de Denise y Elisabeth Epstein aparecen en una lista de judíos que viven en la región, y la policía francesa tiene órdenes de encontrarlas.

Su primera escala es la escuela del pueblo, donde Denise es alumna.

Su maestra tiene la suficiente presencia de ánimo para esconderla detrás de la cama de su madre anciana.

Esa noche, su tutora, Julie Dumot, arranca de la ropa las estrellas amarillas, mete unas fotografías y unas joyas en una maleta y huye del pueblo con las niñas.

Cifras

Entre junio de 1942 y julio de 1944, aproximadamente 75.000 judíos fueron deportados desde Francia a campos de concentración.[110]

Más del 60 % eran judíos extranjeros, entre ellos 6.258 judíos alemanes y 1.746 judíos austríacos.

La gran mayoría —67.000, incluidos 6.000 niños— fueron transportados desde el campo de Drancy.