Estrella amarilla
En mayo de 1942, Reinhard Heydrich llega a París para presentar personalmente a varios oficiales seleccionados de las fuerzas de ocupación al hombre nombrado por Himmler como nuevo Höherer ss- und Polizeiführer Frankreich (jefe superior de las ss y de la policía de Francia): Carl Oberg.
A Oberg, un nazi fanático al que los franceses acabarán llamando «el carnicero de París», lo han enviado a Francia para aplastar el creciente movimiento de Resistencia.
Una nueva reunión entre Heydrich y el secretario general de la policía francesa, René Bousquet, establece los términos de una cooperación policial más estrecha, no sólo para reprimir la Resistencia,
sino también para aplicar las decisiones tomadas en enero en la Conferencia de Wannsee acerca de la «solución final a la cuestión judía».
Bousquet se muestra más que dispuesto a colaborar.
La llegada de Carl Oberg no sólo abre una fase nueva y particularmente brutal de la ocupación nazi; también altera de manera fundamental la tarea de la Abwehr en Francia, al entregarse en la práctica a Himmler, por mediación de la Gestapo y de las ss,
el control de todas las acciones relacionadas con la Resistencia.
[98] A partir de este momento, la Abwehr ya no puede decidir de forma independiente cómo o cuándo actuar contra espías y saboteadores.
Oscar Reile ya no goza de libertad para actuar como considere.
La muerte de Reinhard Heydrich a manos de la Resistencia checa, apenas unos días después de su visita a París, no frena la implantación de la nueva y aterradora política nazi respecto de los judíos.
El primer convoy que llevó a Paul Léon y a Theodor Tichauer a Auschwitz el 27 de marzo resulta ser sólo un anticipo de lo que está por venir.
En junio de 1942, el jefe de la Oficina Judía en Francia, el oficial de las ss Theodor Dannecker, emite un decreto que ordena que todos los judíos mayores de seis años que vivan en la zona ocupada deben llevar una estrella amarilla.
Los judíos deben presentarse en su ayuntamiento o comisaría local, donde han de pagar la estrella o entregar a cambio cupones de racionamiento de ropa.
El decreto entra en vigor el 7 de junio de 1942.
Del 16 al 18 de julio de 1942 y, de nuevo, el 10 de agosto, se siguen detenciones masivas de judíos, llevadas a cabo por la policía francesa.
Vel d’Hiv
Nos avisaron de la grande rafle; alguien nos dijo que no abriéramos la puerta.
El 16 de julio llamaron. Mi madre abrió.
Teníamos el equipaje preparado. En la puerta había dos policías franceses, uno uniformado y otro de paisano.
Nos dijeron que nos preparáramos. Teníamos que vestirnos.
Mi madre les preguntó si yo podía bajar a recoger unas fotos familiares y unos papeles que se había dejado en la portería.
Dijeron que sí. Nunca supe si mi madre quería que escapara, pero yo no podía abandonarla.
Volví a subir, y acompañamos a aquellos dos policías hasta la mairie del xvii [decimoséptimo arrondissement], donde había muchos judíos esperando. [99]
La redada más tristemente célebre de París se produjo en el mismo velódromo cubierto, el Vélodrome d’Hiver, donde las «extranjeras enemigas» alemanas fueron internadas en mayo de 1940.
El 16 y el 17 de julio de 1942, una vasta operación de la policía parisina tiene como objetivo capturar a los judíos extranjeros y a sus hijos, muchos de los cuales han nacido en Francia y, por tanto, tienen nacionalidad francesa.
En menos de dos días, un total de 12.884 personas son detenidas y hacinadas en el sofocante recinto del decimoquinto arrondissement antes de ser enviadas al campo de Drancy y, de ahí, a Auschwitz.
Es la mayor redada de Europa occidental durante la Segunda Guerra Mundial.
Para llevarla a cabo, los nazis necesitan la colaboración del régimen de Vichy y de la policía francesa.
En un vano intento de proteger a la población judía autóctona de Francia, el Gobierno de Vichy da prioridad a la deportación de los judíos extranjeros o apátridas.
Durante varios días, Eva Tichauer y su madre esperan en el Vélodrome bajo el ardiente calor estival, apiñadas con miles de personas, con muy poca comida y casi sin agua.
Ya en Drancy, la formación médica de Eva —tan importante para sus padres que regresaron a París cuando la ciudad ya no era segura para ellos— le permite ofrecerse como voluntaria en la enfermería del campo, adonde llegan niños solos y en un estado terrible, enfermos de escarlatina y de sarampión,
cubiertos de erupciones y piojos.
Cuando los médicos voluntarios se dan cuenta de que a los niños los trasladan de inmediato a convoyes con destino al este, empiezan a fabricarles enfermedades: emiten diagnósticos falsos, convierten dolencias leves en graves,
inventan fiebres contagiosas para que los evacúen al Hospital Rothschild o al Hospital Claude Bernard de Enfermedades Infecciosas.
Lo hacen no porque sepan con exactitud qué va a ocurrirles a los niños, sino porque, de manera instintiva, sienten que París ha de ser una opción mejor que un tren a Polonia.
En toda Francia, la escena se repite.
Issy l’Évêque
Una luminosa mañana de lunes, el 13 de julio de 1942, un coche se detiene ante una casa en Issy l’Évêque, un pueblo del sur de Francia situado justo en la frontera entre la zona ocupada y la zona no ocupada.
[100] Se oyen pasos; llaman a la puerta.
Dos gendarmes aparecen en el umbral, portan una citación para la conocida escritora nacida en Rusia Irène Némirovsky, quien en 1940 dejó París rumbo a Issy junto con su marido, Michel Epstein, y sus dos hijas, Denise, de diez años, y Elisabeth (Babet), de cinco.
Como Paul Léon, Irène Némirovsky no aprovechó la oportunidad de huir al extranjero cuando pudo.
Vive en Francia desde 1920, cuando su familia escapó de Rusia.
En Francia se convirtió al catolicismo y se consolidó como autora de éxito.
Desde el estallido de la guerra, no ha hecho ningún intento de abandonar el país, quizá por albergar esperanzas poco fundadas, por resignación, o por una mezcla de ambas cosas.
En silencio, Irène prepara una bolsa. Con las prisas, se olvida de coger su pluma, sus gafas de lectura, su libro.
Les explica a Denise y a Elisabeth que se va de viaje y les ordena que se porten bien.
Un beso para su marido, deshecho. Ni una lágrima.
La puerta del coche se cierra con un golpe y desaparece.
Tan sólo dos días antes, Némirovsky paseaba por el bosque cercano durante una mañana tranquila y soleada, haciendo lo que siempre hacía: escribir y tomar notas.
Estoy sentada sobre mi jersey verde en medio de un océano de hojas podridas y empapadas por la tormenta de la pasada noche como en una balsa, con las piernas flexionadas debajo de mí.
En el bolso llevo el segundo tomo de Ana Karenina, el diario de K.
M. y una naranja. Mis amigos los abejorros, insectos deliciosos, parecen contentos de sí mismos y su zumbido es profundo y grave. [101]
Tras su detención, Némirovsky escribe dos cartas: la primera, el 13 de julio de 1942, a lápiz.
Amor mío, por el momento estoy en la gendarmería, comiendo grosellas mientras espero que vengan a llevarme. Sobre todo, debes estar tranquilo, tengo la convicción de que esto no durará mucho. [...]
Cubro de besos a mis amadas hijas... Que mi Denise se porte bien y sea razonable. Te estrecho contra mi corazón, así como a Babet, que Dios Todopoderoso os proteja. Por mi parte, me siento fuerte y tranquila.[102]
El 16 de julio, el mismo día de la redada del Vel d’Hiv en París, Némirovsky garabatea a lápiz una carta a su familia desde el campo de Pithiviers, adonde la han llevado tras su arresto:
Mi querido amor, mis adoradas pequeñas, creo que nos vamos hoy. Valor y esperanza. Estáis en mi corazón, amados míos. Que Dios nos ayude a todos.[103]
A lo largo del verano, Michel, el marido de Irène, se va angustiando cada vez más mientras intenta por todos los medios a su alcance conseguir la liberación de su esposa.
No duerme, apenas come, bebe demasiado vino, estalla en arrebatos de ira al pensar en el momento inevitable en que vendrán a llevárselo a él también y sus niñas se quedarán sin padres.
En sus intentos por lograr la liberación de su esposa desafía un edicto reciente que prohíbe a los judíos usar el teléfono: contacta con amigos influyentes, escribe interminables peticiones suplicando ayuda.
En un momento dado se ofrece incluso para ocupar el lugar de su mujer.
Su carta al embajador alemán en Francia, Otto Abetz, es tan cruda y vergonzosamente desesperada, que es probable que el intermediario al que Michel rogó ayuda no llegara a enviarla:
Sé, señor Embajador, que es usted uno de los hombres más eminentes del gobierno de su país.
Estoy convencido de que también es un hombre justo.
Sin embargo, me parece injusto e ilógico que los alemanes envíen a prisión a una mujer que, si bien es de origen judío, no siente —todos sus libros lo prueban— ninguna simpatía por el judaísmo ni por el régimen bolchevique. [104]
Todo en vano. Daba igual que Irène fuera novelista, o rusa, católica, antibolchevique o fervientemente profrancesa. Era una judía nacida fuera de Francia. Y Michel, también.
Traición
En agosto de 1942, Robert Alesch pide permiso a su enlace en la Abwehr, el mayor Schäfer, para visitar a su hermano en los Alpes de Baja Provenza.
Schäfer accede y facilita al sacerdote la documentación necesaria.
[105] Cuando Alesch menciona el viaje a sus amigos de la Resistencia, le preguntan si estaría dispuesto a cumplir al mismo tiempo una misión para ellos.
Jacques Legrand le pide a Alesch que contacte en su nombre con la célula de Lyon, confiándole un importante lote de microfilmes con los planos de defensa costera de la ciudad francesa de Dieppe,
junto con otra información militar y una solicitud de dinero para la red Gloria smh (rebautizada hace poco como wol, War Office London).
Ya no puede ir él mismo, explica Legrand, porque la Gestapo le pisa los talones.
Legrand confía en Alesch sin reservas: lo prepara con todo cuidado y le confía los nombres en clave y contraseñas necesarios.