Hotel Exilio El sacerdote
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El sacerdote

Ahora ya no se puede entrar sin más en el Hotel Lutetia, y menos aún si se tiene en cuenta el espionaje.

De modo que, cuando un posible nuevo recluta se pone en contacto con Oscar Reile —y llega muy recomendado—, el coronel arregla una cita con él en una villa cerca del Bois de Boulogne, una ubicación tan bien situada que cualquier vigilancia puede detectarse enseguida.

Aun así, por precaución, los dos hombres entran en la casa a oscuras.

El candidato es bajo, moreno, con la frente alta y unos ojos que semejan pequeños botones duros.

[90] Habla un alemán perfecto. Su francés, también perfecto, tiene un ligero acento, algo que puede explicarse fácilmente alegando, por ejemplo, que procede del Sarre.

En realidad, nació en Luxemburgo, estudió Teología en Friburgo y fue ordenado sacerdote en Suiza.

El hombre de treinta y cuatro años, que se ha vestido de paisano para su visita a Reile, cuenta con la tapadera perfecta para postularse como espía: desde 1935 es sacerdote en la parroquia de La Varenne Saint-Hilaire, a las afueras de París,

donde predica con regularidad encendidos sermones antinazis.

Tiene fama de patriota fervoroso y es miembro de una célula de la resistencia que presta ayuda humanitaria a fugitivos y aviadores aliados que intentan cruzar a la zona no ocupada.

Y, por supuesto, está su sotana negra, un atuendo que inspira confianza en el acto.

Se llama Robert Alesch. Será responsable de la traición de decenas de miembros de la Resistencia francesa. El impacto de sus acciones es tan devastador que en 1949 se encontrará, tras un largo juicio, frente a un pelotón de fusilamiento francés.

Reile se muestra encantado de aceptar los servicios que le ofrecen: Alesch se presenta como un firme partidario del acercamiento franco-alemán y más adelante demuestra (en la visión, teñida de rosa, de Reile) ser «un joven vivaz, muy inteligente, alegre,

que apreciaba los buenos vinos y no ocultaba que no desdeñaba los placeres sensuales».

En realidad, Alesch es ambicioso y narcisista, lo consume un ardiente deseo de que lo nombren vicario en la Chapelle Saint-Joseph de la rue La Fayette de París, una iglesia perteneciente a la Misión Católica Luxemburguesa que ocupa una posición mucho más prestigiosa que Saint-Hilaire.

Para alcanzar ese objetivo, Alesch primero se ha hecho amigo del jefe del Partido Nazi luxemburgués y luego ha adquirido la ciudadanía alemana para ingresar en el Partido Popular Alemán de Luxemburgo en Francia, formación afín a los nazis.

El talento de Alesch para el disimulo lo hace destacar pronto como un agente muy eficaz.

No tarda en llevar una doble vida, tan absolutamente escindida que cabría pensar que no se trata de una persona sino de dos, como si lo hubieran desgarrado de forma drástica y dolorosa.

Es un sacerdote, empapado de teología cristiana, y es un espía —el agente Axel— que traiciona a quienes le confían la vida.

La explicación más evidente para su conducta es la codicia: gracias a su relación con los ocupantes, amasa una pequeña fortuna.

La Abwehr le paga un estipendio mensual, además de una generosa prima por cada miembro de la Resistencia que entrega.

Pronto gana lo suficiente para llevar una vida de notable depravación: pasa las tardes bebiendo con los oficiales de la Abwehr en el Lutetia y las noches con sus dos amantes en un elegante piso de la rue Spontini,

antes de regresar por la mañana a su parroquia para ponerse la sotana y predicar el patriotismo a sus feligreses.

Pero la naturaleza humana es compleja y no es sólo la promesa de dinero lo que atrae a Alesch: «Los alemanes me halagaban con cumplidos que no eran inmerecidos. Admiraban mi conocimiento de lenguas, mi finura psicológica e incluso mi sentido innato de la aventura. En cuanto a mí,

sentí que esta nueva ocupación explotaba un punto débil de mi alma del que no había sido consciente hasta entonces, y que al final terminó por gustarme.»

Alesch descubrió en sí mismo un apetito que, una vez despierto, ya nunca se saciaría: anhelaba más dinero, más sexo, más poder.

Su primera traición fue quizá la más atroz, porque traicionó la confianza de los jóvenes de su parroquia que le revelaron sus actividades secretas en la Resistencia.

Después fue diezmando una red tras otra...

¿y para qué? ¿Monedas de oro, sexo y un piso elegante? ¿O para sentirse importante?

Las acciones de Alesch no eran algo aislado, desde luego.

Entre Andreas Folmer y Hugo Bleicher hicieron más daño a la Resistencia que Alesch.

Pero Folmer y Bleicher, como Oscar Reile, practicaban el «juego» del contraespionaje con cierto orgullo profesional.

Los papeles que interpretaban en nombre de la Abwehr eran ficticios; su tapadera formaba parte del trabajo, y el enemigo jugaba exactamente el mismo juego, pero a la inversa.

Las traiciones de Alesch, en cambio, estaban ligadas de manera indisoluble a su condición de sacerdote.

Al traicionar a otros, traicionaba algo profundo dentro de sí mismo.

Hay otra razón para hablar de él: una conexión que también lo imbrica en nuestra historia.