Los pocos afortunados
Entre los exiliados que lograron salir de Francia se encontraban, por lo general, quienes tenían dinero y contactos: autores, periodistas, estudiosos, artistas, hombres y mujeres considerados «intelectuales eminentes» dignos de ser rescatados.
Incluso para ese reducido grupo, hicieron falta semanas y meses de espera, de correspondencia, de colas y respuestas a preguntas humillantes, hasta que alguien estampó por fin el sello mágico en el pasaporte y pudieron marcharse.
Gustav Regler y Babette Gross llegaron a México; Arthur Koestler consiguió llegar a Inglaterra; Manès Sperber, a Suiza; Lion y Marta Feuchtwanger se reunieron con Heinrich y Nelly Mann en Estados Unidos.
Gracias a Varian Fry, Fred y Lilo Stein partieron hacia Nueva York en mayo de 1941, llevando consigo su cámara Leica, algunos negativos y a su bebé.
Gisèle Freund recibió una invitación para quedarse en Argentina por parte de otra de sus influyentes amigas, Victoria Ocampo, quien —como Adrienne Monnier— actuó como mentora, brindándole la oportunidad de conocer y fotografiar a escritores y artistas como Jorge Luis Borges y Pablo Neruda.
Lisa y Hans Fittko estaban a punto de abandonar Francia cuando Varian Fry les rogó que siguieran actuando como guías.
Durante los meses siguientes, en coordinación con el Emergency Rescue Committee, los Fittko guiaron a decenas de refugiados a través de los Pirineos, llevando gente al otro lado varias veces por semana.
Al final, ellos también lograron escapar, rumbo a Cuba.
Estos afortunados afrontaron un futuro incierto en su segundo exilio: habían esquivado la persecución, pero sobrevivir no era más fácil que en Francia, y quién sabía cuánto duraría esta vez su estancia.
En 1941 no había indicios del fin del conflicto, ni esperanza de poder regresar algún día con seguridad a Europa.
Aunque acontecía físicamente lejos, la guerra seguía absorbiendo su atención mientras se angustiaban por quienes habían dejado atrás.
El destino de la mayoría de los alemanes y austríacos residentes en Francia fue dispar: algunos permanecieron en campos como Gurs o Le Vernet, para acabar, con el tiempo, en manos de la Gestapo.
De los que se alistaron en el Ejército francés o fueron llamados a servicios auxiliares como prestataires, algunos lograron huir a Inglaterra o a la zona no ocupada, pero muchos fueron capturados por los franceses y encarcelados.
Tras el ajetreo de salidas que siguió al armisticio, el campo de Gurs pasó de ser una prisión masiva a convertirse en un lugar de refugio para quienes no tenían adónde ir.
[84] Allí, en una zona remota de los Pirineos, olvidados por el mundo exterior, los miembros de esa comunidad aislada comenzaron a desarrollar una rutina, en cuyo seno floreció también la vida cultural.
En el otoño de 1940, el campo volvió a abarrotarse cuando más de seis mil quinientos judíos alemanes fueron expulsados de los estados del suroeste de Baden, el Palatinado y el Sarre.
Entre los recién llegados había numerosos artistas, músicos e intelectuales.
Aún llegarían más, trasladados desde el campo de Saint-Cyprien.
Poco a poco, los talentos presentes en el campo empiezan a aflorar.
Las autoridades del campo no interfieren.
Los internados levantan un escenario; aparece milagrosamente un piano de cola.
El artista de cabaret berlinés Alfred Nathan organiza veladas en las que Ruth Rauch baila mientras su madre, Margot, toca el piano en la orquesta.
A veces, Margot toca a dúo con el distinguido pianista Hans Ebbecke; otras es el compositor Hans Meyerowitz quien interpreta a Beethoven y Bach.
Fritz Brunner, primer violín de la Filarmónica de Viena, organiza un coro y una pequeña orquesta.
Pronto están interpretando a Scarlatti, a Händel, a Palestrina, a Corelli y a Mozart.
La hermosa música resuena entre las montañas silenciosas e indiferentes.
Con el paso del tiempo, la presencia militar alemana en Marsella aumenta; la labor del Emergency Rescue Committee se va restringiendo y Varian Fry se ve obligado a abandonar Francia.
Al inicio de la Ocupación, los esfuerzos del Ejército alemán por crear una sensación de calma dieron resultado.
La gente decía: «Al fin y al cabo, se comportan bien y son educados.»
Eso ayudó a muchos a reconciliarse con la realidad de tener que vivir bajo ocupación enemiga. Pero aquello no podía durar.
El 22 de junio de 1941 se produce un cambio profundo en el rumbo de la guerra cuando Alemania invade la Unión Soviética.
Bachot
Es un cálido día de verano cuando Samuel Beckett divisa una figura encorvada y familiar caminando por la calle.
[85] Con asombro y alarma, reconoce a Paul Léon.
¿Qué demonios hace aún en París? En los últimos meses, Beckett ha sido testigo del rápido deterioro de la situación de los judíos en Francia.
Ha visto a amigos judíos insultados, apaleados en la calle, expulsados de sus trabajos.
Y las cosas empeoran de manera constante.
Beckett insta a Léon a abandonar la ciudad de inmediato, como ya han hecho otras familias judías.
«Tengo que esperar hasta mañana, cuando mi hijo se examine del bachot», responde el abnegado padre (el bachot es el baccalauréat, el bachillerato que Alexis Léon, de dieciséis años, está realizando en el Lycée Louis-le-Grand).
Al día siguiente, el 21 de agosto de 1941, Paul Léon es detenido en una redada de la policía parisina e internado en el campo de Drancy, cerca de la ciudad.
Diez días después, Samuel Beckett se incorpora a la Resistencia.
La fecha es significativa no sólo por el vínculo que revela entre la decisión de Beckett y el arresto de su amigo, sino porque refleja también una tendencia más amplia en toda Francia: la resistencia, al principio esporádica, empieza a crecer.
Pronto, esta resistencia se convertirá en la Resistencia, aunque todavía consiste en pequeñas células dispersas por todo el país.
La noticia trascendental de la invasión alemana de la Unión Soviética tiene dos efectos directos e interrelacionados: primero, el traslado de miles de tropas alemanas hacia el este, dejando partes de Francia casi sin vigilancia,
de modo que un hombre puede ocultarse durante semanas o meses en la zona no ocupada sin que lo encuentren.
El segundo efecto es liberar a los comunistas franceses de la posición imposible en la que los había dejado el anuncio del pacto Molotov-Ribbentrop.
Al fin, ya no se trata de una guerra imperialista a expensas del proletariado: los bárbaros están a las puertas y hay que detenerlos.
Los comunistas aportan a la Resistencia redes ya establecidas, la costumbre de trabajar en la clandestinidad y experiencia de acción colectiva.
Los actos de sabotaje, antes raros, se vuelven cada vez más frecuentes, alterando el frágil statu quo que ha existido entre ocupantes y ocupados desde junio de 1940.
[86] Cuando se ataca a personal alemán, siguen brutales represalias contra la población civil y los nazis ejecutan a cientos de rehenes.
Esto refuerza la resistencia, lo que a su vez incrementa los esfuerzos de contraespionaje alemán para capturar a miembros de la Resistencia y a saboteadores, lo cual conlleva un mayor número de juicios ante tribunales militares desbordados.
Al mismo tiempo, las políticas represivas contra los judíos se endurecen.
[87] La primera detención masiva en París se produjo en mayo de 1941, cuando la policía francesa reunió a algo menos de cuatro mil judíos (en su mayoría, polacos).
Después de junio de 1941, la situación empeora de manera constante: en tan sólo dos días de agosto de 1941, más de cuatro mil varones judíos de entre dieciocho y cincuenta años —entre ellos Paul Léon— son arrestados y llevados a Drancy.
Es una ironía trágica que la lista de nombres que emplea la policía se compilara a partir del índice a cuya elaboración tantos judíos habían contribuido diligentemente en octubre de 1940.