Bureau Otto #2
El 2 de febrero de 1941, cumpleaños de Joyce, los Léon invitan a cenar en su piso a Samuel Beckett, al poeta Léon-Paul Fargue y a la pintora madame Chériane.
De algún modo, y pese al racionamiento, consiguen apañárselas para celebrar un pequeño festín: Paul ha encontrado anguilas ahumadas en la pescadería rusa; Lucie aporta vieiras; un tendero del barrio les vende unas perdicillas.
Es una velada cargada de emoción, alejada de la guerra.
Rememoran a Joyce, escuchan grabaciones de Anna Livia Plurabelle sólo por el placer de oír de nuevo la voz del escritor.
Hotel Drouot
No mucho después, Paul Léon descubre que el casero de Joyce planea celebrar una subasta ilegal para vender las pertenencias del escritor que hay en el piso de la rue des Vignes.
[81] El propietario quiere cobrar un alquiler atrasado, que, como es obvio, nadie puede pagarle.
Cuando Léon intenta persuadirlo para que espere hasta el final de la guerra, éste amenaza con embargar todo lo que hay en el apartamento.
Luego aparece un anuncio público: la subasta de las pertenencias de Joyce se celebrará el 7 de marzo de 1941 en el Hotel Drouot.
Desesperado por poner a salvo los documentos más valiosos de Joyce, Paul Léon desafía el toque de queda nocturno y va a la rue des Vignes no una, sino varias veces, sobornando al conserje y contándole que tiene que subir a recoger sus propias pertenencias, para que lo deje pasar.
Rescata tantos papeles y libros de Joyce como puede cargar, rezando angustiado por no toparse con una patrulla alemana mientras camina por las calles oscuras con un carrito, acompañado por un manitas.
Léon mete los documentos más importantes en diecinueve sobres marrones de manila y los lleva a la embajada irlandesa con instrucciones de que se entreguen a la National Library of Ireland, donde deberán conservarse sellados durante cincuenta años.
Es su último acto de devoción hacia su querido amigo, ya desaparecido.
En el Hotel Drouot, los lotes de la subasta están dispuestos sin orden ni concierto, en cestas colocadas alrededor de la sala.
La mayoría de los presentes parecen más interesados en los muebles y otros enseres domésticos que en las primeras ediciones esparcidas entre los relojes, la ropa de cama y la loza.
Paul sabe con precisión cuáles son los libros por los que merece la pena pujar.
Alec, el hermano de Lucie, escondido en la zona no ocupada, les ha enviado dinero, lo que permite a Paul recomprar casi todos los libros de valor.
Dominada por una dolorosa nostalgia, Lucie compra algunos objetos domésticos que cree que le gustarían a Nora: alguna ropa de cama, el bloc de escritura de cuero de Joyce, su abrecartas.
Cœurs Vaillants
Hace frío en Le Vernet, y va a más cada vez que lo visitan.
[82] Para Pierre y Ruth es duro ver a su padre encarcelado tras el alambre de espino, pero los internados son amables con los niños y preparan una sopa caliente con sus propias raciones, para que mantengan el calor.
Cuando llega el invierno, sopla un viento maligno, le vent d’autan, que baja de los Pirineos, cuyas cumbres se cubren pronto de nieve.
Anna y los niños se alojan en Pamiers, una pequeña ciudad situada a pocos kilómetros del campo de internamiento de Le Vernet.
Anna ha alquilado habitaciones en la casa de una vidente, madame Jeanne, quien, pese a su aire misterioso y sus cartas del tarot, resulta ser una mujer amable y discreta.
Pasando por alto la falta de papeles y el acento extranjero de Anna, Jeanne se limita a sugerir a la familia que entre por la puerta lateral.
Cada día, al caer la tarde, Anna observa a las muchachas tímidas que se deslizan hasta el interior de la casa para consultar a su oráculo local.
Una noche, madame Jeanne lee la palma de la mano del amigo de Anna, Kurt Stern, y declara con solemnidad: «Creo, señor, que va a emprender pronto un largo viaje.»
Los niños han vuelto a la escuela: Ruth está en cuarto curso de la École supérieure des jeunes filles, Pierre, en segundo del Collège des garçons.
Aunque los alumnos tengan que cantar Maréchal, nous voilà!
, himno oficioso en honor a Pétain, a Pierre le reconforta estar en clase con los demás.
Entre visita y visita a László en Le Vernet, Anna escribe cartas y pasa días enteros en la biblioteca local releyendo a Balzac.
A veces viaja a Foix, a Marsella o a Toulouse, empeñada en encontrar una forma de salir de Francia.
Tiene la suerte de contar con amigos en el extranjero, en Nueva York y México, que no la han olvidado.
El cónsul general de México en Marsella tiene listas de personalidades que se hallan amenazadas.
Cuando Anna se entera de que a ella y a su familia se les ha concedido un visado mexicano, su alegría se convierte pronto en consternación al descubrir que los papeles están expedidos con su seudónimo, no con su nombre legal, Netty Radványi.
Pierden más tiempo mientras intenta corregir el error.
Al mismo tiempo, se suceden las entrevistas humillantes: al presentarse ante un comité de ayuda a intelectuales, un escritor alemán le pregunta: «¿Y puede mostrarnos al menos una o dos de sus obras, señorita Seghers,
para que nuestros colegas americanos vean que están tratando con una escritora de verdad?»
Lo que más consuelo prodiga a los niños en ese tiempo es leer las aventuras de Tintín, publicadas en la serie francesa de cómics Cœurs Vaillants.
Cuando están decaídos, Anna los anima con el latiguillo: «¿Quién no le tiene miedo a nada, y digo a nada? ¡Tintín! ¿Y quién lo sigue a todas partes, y digo a todas partes? ¡Milú!»
Durante esas jornadas frías y oscuras, son sus hijos quienes salvan a Anna de la desesperación.
Es la necesidad absoluta de garantizar la supervivencia de Pierre y Ruth lo que le insufla energía mientras va de un consulado a otro buscando la combinación mágica de documentos que, por fin, les abra la puerta de huida.
A mediados de diciembre, Anna recibe el visado corregido y, a principios de enero de 1941, un visado de salida que permite a la familia llegar a Estados Unidos y México vía Marsella. Trasladan a László a Les Milles, que ahora funciona como campo de tránsito.
Por fin pueden estar juntos, alojados en un hotelucho de Marsella donde Anna escribe apoyándose en una maleta, entre la cama y el hornillo de gas.
En la nueva escuela de Pierre, uno de sus compañeros le da un panfleto que, a primera vista, parece un poema que glorifica a Hitler pero que, al doblarse, se convierte en un texto antinazi.
Pierre se entusiasma. Quiere quedarse en Francia a luchar.
Quiere ser un mosquetero, ser Tintín, Edmond Dantès...
Pero también sabe qué les ocurrirá a sus padres si no se marchan.
Los cafés están llenos de rumores. La comida escasea.
En un día que no hay clase, Anna les da algo de dinero a los niños para que tomen el barco hasta el Château d’If y sigan la pista del conde de Montecristo.
No es hasta marzo de 1941 cuando la familia consigue por fin su último sello, Vu, bon à embarquer, y sube a un carguero, el Capitaine Paul-Lemerle, para zarpar hacia Martinica y, de allí, a México.
El barco tiene veinte años; la bodega de proa está reservada a la carga y dos bodegas de popa acogen a doscientos o trescientos refugiados, una destinada a las mujeres, y otra, a los hombres.
Hay filas de literas improvisadas, no hay ojos de buey, sólo una escalera que asciende hacia el puente de popa.
La mayoría de los pasajeros son republicanos españoles, algunos de los cuales ocuparon cargos importantes.
Entre los refugiados políticos está el revolucionario ruso Victor Serge, con su hijo de veinte años.
Alfred y Friedel Kantorowicz también están allí; llegaron por los pelos, después de que Kantorowicz estuviera a punto de ser detenido apenas unas horas antes de la salida.
[83] En la cubierta superior, viajan algunos pasajeros franceses privilegiados, entre ellos André Breton y Claude Lévi-Strauss.
A veces, los niños alcanzan a ver a Breton en el puente, mirando al mar, con una bufanda enorme enrollada al cuello.
No se mezcla con la multitud de la cubierta de popa.
Mientras bordean la costa de España, con Barcelona claramente visible a lo lejos, los españoles lloran por su república perdida.
Luego, el Atlántico: una travesía de unas doce jornadas.
Durante todo ese tiempo, Anna toma notas para el libro que se convertirá en su obra más famosa, Tránsito.
Le pregunta a Pierre: al final, ¿el héroe debería marcharse de Francia o quedarse?
Pierre responde con rotundidad que debería quedarse.