Bureau Otto
Uno de los mecanismos más escandalosos mediante los cuales la administración alemana expolia de manera sistemática el territorio conquistado es un sistema de oficinas oficiales de compras, conocidas como bureaux d’achats.
Cada departamento tiene la suya: la Luftwaffe, la Kriegsmarine, la Gestapo, el sd...
Todo el mundo quiere su ración del pastel colectivo.
Los bureaux d’achats vinculados a la Abwehr cumplen una doble función: sirven de tapadera para las actividades de sus agentes y, al mismo tiempo, los subvencionan de un modo que escapa casi a cualquier control.
El elegido para dirigir la oficina de París acabará siendo tan notorio que la oficina tomará su nombre.
Hermann Brandl, conocido como Otto, es un afable hombre de negocios bávaro, de cuarenta y tantos años, a quien el coronel Rudolph reclutó en un principio para la Abwehr en la década de 1930.
[78] Brandl aportaba entonces pequeños retales de información sin especial relevancia y reclutó a un puñado de agentes en Bruselas.
Tras el armisticio, se presentó en el Lutetia y se puso a las órdenes del coronel, listo para volver a servir a la Abwehr.
Cuando los británicos interrogaron a Rudolph en 1946, afirmó que a Brandl lo empleaba el ayudante del intendente general de la sección parisina de la Abwehr, el capitán Wilhelm Radecke, como una especie de factótum: al principio se ocupaba de problemas relacionados con el alojamiento, hasta que,
en septiembre de 1940, se le encargó dirigir una nueva organización creada para realizar compras a gran escala de bienes escasos en Alemania.
Según esta versión, Brandl se limita a recibir órdenes del Ejército alemán, compra los bienes solicitados y el capitán Radecke organiza su transporte a Alemania.
En esta tarea los ayudan un par de administrativos, entre ellos una secretaria, Mary Waldtraut-Jacobson, sudafricana con nacionalidad alemana, que lleva las cuentas, dirige el departamento de personal y, casualmente, es amante de Brandl.
La realidad es algo menos inocua.
El «Bureau Otto» se dirige desde el Hotel Lutetia con el objetivo oficial de financiar las operaciones de la Abwehr.
Con una libertad casi total para actuar a su antojo, y bajo la mínima supervisión del coronel Rudolph, Brandl cultiva relaciones con quienquiera que pueda serle útil en sus asuntos, y va tejiendo una red de informadores pagados que localizan mercancías para comprar y que, además,
constituyen una rica fuente de inteligencia para el departamento de contraespionaje de Oscar Reile.
Al mismo tiempo, Brandl hace contactos con la Gestapo y las ss.
Lo que quieran, Otto puede conseguirlo: champán, vinos de añada, joyas, botas de goma, pieles de oveja, textiles.
La organización crece tanto que ocupa enormes almacenes a lo largo de los muelles de Saint-Ouen, repletos hasta los topes de seda, cajas de champán de añada, perfume femenino, medicamentos, sombreros de caballero, muebles, cuadros, alfombras, neumáticos, coches, carbón, cuero, lana, acero...
El propio Brandl vive en un hotel particular en la Square du Bois de Boulogne, no lejos de la avenue Foch.
El negocio se expande de tal forma que se requisan para su uso varios edificios de la misma calle, hasta que la oficina tiene que trasladarse a unas instalaciones mayores en el decimosexto arrondissement.
Brandl es un hombre ocupado: come y cena con lo más granado de la sociedad francesa; usa sus conexiones para buscar suministros, favores, contactos, pistas.
Luego se planta ante la Gestapo o las ss con un regalito para uno, un soplo para otro, un servicio prestado, un servicio devuelto...
En medio de todo esto, compra no sólo bienes, sino información, chivatazos, servicios de inteligencia, garantizándose la lealtad de los agentes con regalos que la inducen.
También se enriquece: se embolsa una comisión del 1 % por cada transacción y amasa una fortuna inmensa.
Su novia, Mary Waldtraut-Jacobson, dirige el departamento de personal.
Con más de cuatrocientos empleados, no es poca cosa.
Brandl no es muy escrupuloso a la hora de conseguir lo que quiere.
Entre sus empleados hay un delincuente menor llamado Henri Lafont (cuyo nombre real es Henri Chamberlain), jefe de una banda sanguinaria conocida como la banda de Carlingue o de Bonny-Lafont, junto con su lugarteniente, Pierre Bonny, un policía caído en desgracia implicado en el asunto Stavisky.
Lafont estaba cumpliendo condena en la prisión de Cherche-Midi, al otro lado de la calle del Lutetia, cuando la invasión alemana le brindó la oportunidad de huir.
Cuando el capitán Radecke incorporó los servicios de Lafont, ordenó amablemente la liberación de veintiocho hombres de la prisión de Fresnes para que oficiaran como «personal» de Lafont.
Avanzada la guerra, Bonny y Lafont abandonan la Abwehr en favor de la Gestapo, que les ofrece aún más oportunidades de enriquecerse: les facilita carnets oficiales de policía, armas, pistolas y gasolina.
Conocidos ahora como la banda de la rue Lauriston, por la dirección donde se instalan, ambos desarrollan un lucrativo negocio secundario: cazar judíos y desmantelar células de la Resistencia.
Otro antiguo empleado de Brandl, Frédéric Martin, alias Rudy de Mérode, se convierte en jefe de la Gestapo francesa en Neuilly.
¡Cómo debieron de pavonearse al entrar por primera vez en el Lutetia y sentarse con los oficiales alemanes, pidiendo champán a los camareros franceses, altivos y desdeñosos! ¡Qué difícil debió de ser conservar una pátina de neutralidad profesional ante aquellos criminales!
El retrato cambia. Al coronel Rudolph, ese «caballero seguro de sí mismo» y antiguo oficial de caballería a quien el idealista Oscar Reile admira tanto, otros miembros de la Abwehr lo describen como alguien que emplea a Hermann Brandl como su «matón»,
y que concede a éste y a Radecke el privilegio de entrar en su despacho cuando quieren, mientras que los oficiales corrientes de la Abwehr se ven obligados a esperar.
La imagen de un entorno ajetreado de profesionales militares que se limitan a cumplir con su trabajo deja paso a algo mucho más sórdido: la codicia ha entrado por la puerta giratoria del Lutetia, junto con su compañera, la corrupción.
Un frío consuelo
A medida que el otoño se convierte en invierno y baja la temperatura, la apariencia de normalidad que hizo de París un lugar tan extraño durante el verano se resquebraja y deja al descubierto el miedo y, más abajo, el resentimiento:
los parisinos se congelan en sus apartamentos y pasan hambre mientras los ocupantes se dan la gran vida en Maxim’s o en Fouquet’s.
El invierno de 1940-1941 es excepcionalmente frío.
Los parisinos se reúnen allí donde pueden para entrar en calor.
Los cines se llenan. La afiliación a las bibliotecas se duplica.
Algunos se limitan a quedarse en casa, escribiendo diarios en la cama o trabajando en obras eruditas largamente aplazadas, volcándose en el estudio para olvidar el pellizco constante del hambre.
En su gélido estudio de la rue des Favourites, Samuel Beckett construye una tienda de campaña de lona en la que él y su novia, Suzanne Déchevaux-Dumesnil, se acurrucan para leer o escribir, envueltos en capas y capas de ropa. [79]
Los actos de resistencia directa son escasos al principio de la guerra: la situación sigue siendo fluida y aún no toma una forma concreta.
El general De Gaulle es una figura poco conocida que emite mensajes en un vacío de éter, y sólo unas pocas personas están dispuestas a escucharlo.
Quienes desean hacer algo se sienten aislados, varados en medio de una población que parece demasiado dispuesta a acomodarse a la nueva realidad.
Pero algo se mueve. La creencia de que pronto la Alemania nazi derrotará a los británicos se desvanece tras la batalla de Inglaterra.
Una tenue corriente de esperanza empieza a recorrer Francia.
Algunas almas audaces comienzan a organizarse en grupos informales: compañeros de trabajo, amigos que confían los unos en los otros.
La respetada antropóloga Germaine Tillion y sus colegas forman una red llamada Musée de l’Homme (Museo del Hombre), por su lugar de trabajo.
El buen amigo de Beckett, el intelectual y amante de la poesía Alfred Péron, regresa a París tras la desmovilización para retomar su puesto como profesor de inglés en el Lycée Buffon, donde encuentra en su colega Suzanne Roussel un espíritu afín y la determinación para actuar.
Las redes de la Resistencia empiezan a brotar como setas en la oscuridad, ayudadas por los británicos, que aportan fondos, orientación y guía. Para Oscar Reile, ha llegado la hora de hacer sus primeros movimientos en el juego de contraespionaje que tanto le gusta.
Calamidad
Durante tres meses, James Joyce luchó de forma incansable contra la burocracia suiza, mientras sus amigos hacían cuanto estaba a su alcance para convencer a unos funcionarios indiferentes en Zúrich y Lausana de lo vital que era permitir que uno de los escritores más grandes del mundo escapara de
Francia.
En diciembre de 1940, él y su familia llegaron por fin a Zúrich.
Apenas unas semanas después, la úlcera que llevaba tanto tiempo atormentándolo se perforó.
Joyce murió de peritonitis el 13 de enero de 1941.
Esa misma noche, en París, Paul Léon sale, como de costumbre, a comprar dos paquetes de cigarrillos en el bistró de la esquina de la rue de Bourgogne, donde Joyce y él se reunieron cada día durante años. Al verlo, el encargado rompe a llorar.
«Qué calamidad, monsieur... ¡Todo por culpa de esta guerra terrible!»[80]
Al principio, Léon no tiene ni idea de qué le está hablando. Entonces, el encargado se lo explica: Radio Lausanne había anunciado ese mismo día la muerte de Joyce.
Durante días, Paul no logra siquiera hablar de su amigo.
Doce años de empeños compartidos, de erudición, de acuerdos financieros ridículamente complicados, de contratos editoriales laberínticos, de discusiones sobre asuntos triviales y graves, de comidas juntos, de decepciones soportadas.
De risas, conversaciones, silencios... todos compartidos.