El final de Willi Münzenberg
No mucho después de la muerte de Benjamin, en octubre de 1940, una breve nota en un periódico francés anuncia el hallazgo, en un bosque cerca de Grenoble, del cadáver del conocido propagandista de izquierdas Willi Münzenberg.
[74] De su cuerpo rechoncho y de sus poderosos hombros no queda más que un cadáver en descomposición, que unos cazadores descubren con una cuerda rota alrededor del cuello; el extremo opuesto de la soga seguía colgando de la rama de un árbol cercano.
Cuando la policía examinó lo que llevaba en los bolsillos, encontró unas gafas, un certificado médico en el que se declaraba que el portador padecía una úlcera de estómago, un documento de identidad de extranjero sin derecho a trabajar, un carné del pen,
una declaración de pérdida de la nacionalidad alemana y una postal, fechada el 18 de junio de 1940, de una tal «Mme. B. Gross», Barracón S del campo de Gurs, en los Pirineos.
La causa oficial de la muerte, suicidio, no se la cree nadie que esté al tanto de la situación, aunque el mundo está muy ocupado con la guerra, y la muerte de Münzenberg apenas se menciona en la prensa internacional.
Cuando la muerte fue en busca de Willi en aquel bosque cerca de Grenoble, sólo podía presentarse bajo dos disfraces: como agente de la Gestapo o como agente del nkvd.
Babette y los amigos de Willi no tienen dudas: Willi Münzenberg era un antiguo comunista muy conocido que había roto abiertamente con la Komintern y que había rechazado a Stalin.
Stalin jamás olvidaba un agravio, y el brazo del nkvd era largo.
Apenas unas semanas antes, la noticia de la violenta muerte de Trotski en México había saltado a todos los titulares.
A falta de hechos, sólo quedan teorías: la última vez que alguien vio a Willi Münzenberg fue el 21 de junio de 1940, cuando dejó a sus compañeros en busca de un coche que lo llevase a Gurs para encontrarse con Babette.
Alguien mencionó a un «tercer hombre» que, según se dice, apareció misteriosamente en el campo de Chambaran y alentó los planes de fuga de Willi antes de desaparecer de nuevo. Aparte de eso, nadie sabe nada.
Abundancia
El coronel Rudolph ya ha establecido una rutina.
Por las tardes, baja, saluda al camarero en francés con su fuerte acento —Bonsssoir!
—, se dirige a su mesa favorita y se acomoda para preguntar, con ganas, qué hay para cenar en el menú.
El camarero recita los platos del día, el tipo de comida que los parisinos antes daban por sentada y con la que ahora sólo pueden soñar.
Carne, caza, aves, pescado, nata, setas chantarelas, espárragos de temporada, alcachofas, tomates maduros...
Y luego llega el turno de Weber: Weber, con su apellido de resonancia alemana.
«¿Qué recomienda para acompañar el plato de esta noche, Weber? Tenemos invitados de Berlín, así que algo especial, ¿eh?»
El coronel Rudolph no tiene deberes operativos propiamente dichos.
Es responsable de supervisar el funcionamiento de la Sección Lutetia y de agasajar a los oficiales de alto rango de la Abwehr que vienen de visita.
Cuando cena solo, su postura erguida es inmediatamente reconocible desde atrás: los hombros rectos, el tenedor suspendido entre el plato y la boca, la cabeza inclinada, entregado al interesante asunto de comer.
A menudo lo acompaña su secretaria, fräulein Juhl, y no tardan en enfrascarse en la discusión de algún asunto de gran interés para los dos.
Todo el mundo sabe, por supuesto, que son amantes.
Se casarán en cuanto se formalice el divorcio de Rudolph.
Mientras tanto, Juhl dirige la oficina de Rudolph; la gobierna, dicen algunos; toma las decisiones; «lleva los pantalones».
[75] Quizá. Juhl deja poca huella en los registros oficiales, ni siquiera un nombre de pila, de modo que es difícil asegurarlo.
¿Pasean ella y Rudolph juntos por las calles vacías de París al anochecer? ¿Se toman de la mano en el Pont Saint-Michel? ¿Contemplan la negra tinta del río Sena y la silueta oscura de Notre-Dame alzándose ante ellos, mientras hablan de lo que harán cuando termine la guerra?
Mientras los alemanes se llenan la barriga, los habitantes de París tienen dos cosas en la cabeza: comida y combustible.
Desde septiembre de 1940, se impone el racionamiento a los franceses, que ahora necesitan cupones para conseguir alimentos básicos como pan, huevos y carne.
A medida que escasean los suministros, los parisinos tienen que sustituir el café de la mañana por achicoria e ingeniárselas para hacer comestible la infame rutabaga (nabo sueco), una verdura que suele dársele al ganado y que ahora aparece con frecuencia en el menú.
Un día, el personal del Lutetia ve cómo se embalan una gran cantidad de cajas, cajones y botellas. ¿Para quién es todo aquello? Nadie ha pedido nada.[76]
«Sí, sí, es para el almirante Canaris. Está en Berlín. ¿Un error, quizá? Pues no: no era un error. Un avión había venido expresamente de Berlín hasta París para llevárselo todo: el foie gras, el buen vino y el resto. ¡En plena guerra!»
Los gustos caros del almirante Canaris marcan la línea para el resto de la Abwehr.
[77] No es sólo París la que proporciona a Canaris sus delicatessen: el almirante importa sus alimentos favoritos del país que los produzca en cada momento, incluida una querencia especial por las fresas españolas.
También se sabe que es generoso en sus presentes: a una de sus favoritas le regala una tabaquera con incrustaciones de diamantes que se dice que perteneció a Napoleón, presumiblemente birlada en Francia.
Con sueldos decentes, dietas espléndidas y poco escrutinio desde Berlín, pocos miembros de la Abwehr destinados en las diversas Abwehrstellen repartidas por toda Europa pueden resistirse a la tentación de pegarse la gran vida, y la Sección Lutetia no es una excepción.
Esa actitud general de «arrambla con cuanto puedas» no es sólo cosa de Canaris, sino de la propia naturaleza de la ocupación alemana.
A pequeña escala, los soldados alemanes puedencomprar cuanto gusten y enviar productos de lujo a sus familias, gracias a un tipo de cambio enormemente favorable y fijado por los ocupantes.
A gran escala, todo está orientado a nutrir el voraz esfuerzo bélico alemán: el Gobierno de Vichy se ve obligado a pagar la ocupación alemana a razón de millones de reichsmarks al día, al tiempo que la mayor parte de la producción agrícola e industrial de Francia debe enviarse a Alemania.
Si eso conlleva que los franceses tengan que sobrevivir a base de nabo sueco y achicoria, pues que así sea.