Der alte Benjamin
Lisa Fittko duerme en una pequeña buhardilla del pueblo costero de Port-Vendres cuando alguien llama a la puerta.
Es temprano por la mañana, el 23 de septiembre de 1940, apenas un par de semanas después de que Heinrich Mann dejara Marsella.
Tenía que ser la niña de abajo; me levanté y abrí la puerta. Pero no era la niña. Me froté los ojos entrecerrados. Era uno de nuestros amigos, Walter Benjamin [...] Der alte Benjamin, «el viejo Benjamin», lo llamaba yo; no sé muy bien por qué: tenía apenas cuarenta y ocho años o así.
—Gnädige Frau —dijo—. Perdone la intrusión; espero que no sea un momento inoportuno.
El mundo se está desmoronando, pensé, pero la cortesía de Benjamin es inquebrantable.
—Ihr Herr Gemahl me explicó cómo podía encontrarla —continuó—. Me dijo: «Ella lo llevará al otro lado de la frontera hacia España.»
¿Qué había dicho mi honorable esposo? Eso era muy propio de él, dar por hecho que yo me las arreglaría. [...]
—Pero ¿se hace cargo de que no soy una guía experimentada en esta zona? Ni siquiera conozco el camino; todavía no he subido allí yo misma. Lo único que tengo es un papel con un croquis de la ruta, que el alcalde dibujó de memoria. [...] ¿Quiere correr el riesgo?
—Por supuesto —respondió sin vacilar—. No ir sería lo verdaderamente arriesgado.[68]
Lisa Fittko escapó de Gurs en el caos del avance alemán, llegó a Marsella con documentación falsa y, finalmente, se reunió con su marido, Hans, periodista que había coincidido en el campo de internamiento de Vernuche con Walter Benjamin al comienzo de la guerra.
Como todos los demás, Hans y Lisa han estado intentando encontrar la forma de salir de Francia y han concluido que la idea de esperar un barco roza la locura.
Son jóvenes y están organizados y decididos: intentarán tomar la ruta que conduce a través de los Pirineos.
Lisa se instala en Port-Vendres, un puerto al pie del Pirineo oriental, para recabar más información.
La ruta más fácil, la que tomó Heinrich Mann, ya no es segura.
Lisa contacta con un alcalde socialista de Banyuls, bien dispuesto, que le habla de un sendero llamado «la ruta Líster», por el general republicano Líster, que lo utilizó durante la guerra civil española.
El alcalde describe la ruta con todo detalle e incluso le dibuja a Lisa un mapa, pero no puede arriesgarse a hacer de guía, de modo que le toca a ella probar por su cuenta.
Mientras tanto, Walter Benjamin viaja de París a Lourdes y de Lourdes a Marsella, donde lleva semanas esperando un visado de salida francés que, al parecer, no va a materializarse.
Gracias a los esfuerzos de Max Horkheimer, Benjamin logra al fin un visado de emergencia para Estados Unidos.
Tiene los visados de tránsito para España y Portugal.
Lo único que falta es ese maldito visado de salida de Francia.
Tal vez alentado por el éxito de Heinrich Mann, Benjamin decide tentar la suerte cruzando los Pirineos.
Si el viejo Mann pudo, ¿por qué él no? Al fin y al cabo, es veinte años más joven.
La ruta Líster cruza las montañas por arriba, evitando las patrullas alemanas apostadas en el trayecto más directo, situado más abajo.
Es un camino exigente y a Lisa le inquieta la afección cardíaca de Benjamin, pero él está decidido a hacer el viaje.
El primer día, el grupo —formado por Benjamin, Lisa y otros dos alemanes, Henny Gurland y su hijo adolescente Joseph— hace un reconocimiento del primer tramo con la intención de regresar al pueblo para pasar la noche y salir de nuevo a la mañana siguiente,
pero Benjamin está tan exhausto por la subida que insiste en dormir al raso.
Su objetivo es cruzar la frontera, explica.
Ha alcanzado un tercio de ese objetivo. Si vuelve ahora al pueblo, sólo para tener que repetir toda la ascensión al día siguiente, es probable que su corazón no lo resista.
Así pues, razona, se quedará donde está.
A regañadientes, lo dejan sentado bajo un árbol, aferrado a un maletín negro de cuero del que dice que contiene un manuscrito de vital importancia para él.
Cuando regresan por la mañana, Lisa se siente aliviada al encontrar a Benjamin ileso, aunque algo aterido, todavía abrazado a su maletín.
Se ponen en marcha, pero a Benjamin le falta tanto el resuello que deben detenerse cada diez minutos a descansar.
Lisa y Joseph se turnan para llevar el maletín.
En un momento dado, incluso tienen que cargar con el propio Benjamin.
Cuando alcanzan un punto elevado, se sientan a almorzar.
—Con su permiso, gnädige Frau —dice Benjamin cuando Lisa le pasa los tomates—, ¿puedo servirme?
Empiezan el descenso y caminan hasta que, por fin, llegan a la frontera española, en Portbou.
Lisa entrega sus visados de tránsito, reprimiendo la emoción por estar tan cerca de la meta.
Pero los guardias civiles niegan con la cabeza.
No puede pasar, dicen. Sus visados de tránsito para España ya no son válidos.
Lisa se queda helada. «¿Desde cuándo?» «Desde ayer.» Cambiaron las normas.
Llevan al grupo, bajo custodia, hasta un hotel en Portbou, para ser escoltados de vuelta a la frontera francesa en tren a la mañana siguiente.
La muerte de Walter Benjamin se registra a las 10 p.
m. del 26 de septiembre de 1940, confirmada por un juez, al que llamaron para atender al «viajero extranjero», y que encontró a Benjamin muerto en su cama, vestido de pies a cabeza.
[69] La causa de la muerte se consigna como «hemorragia cerebral», debido a que el médico o bien malinterpretó los signos o bien evitó de manera deliberada, por compasión, dictaminar un suicidio, dado que el suicidio era un delito penal en España y habría tenido que remitirse a la policía.
La noche anterior, el 25 de septiembre, Walter Benjamin envió una postal a Ginebra, al Instituto de Investigación Social, e hizo cuatro llamadas telefónicas desde el hotel; no se sabe a quién.
Esa noche, un médico español atendió a Benjamin.
No está claro quién lo llamó ni por qué exactamente.
Las últimas palabras de Walter Benjamin quedaron escritas en una postal dirigida a Henny Gurland, que ella destruyó durante su huida y luego reconstruyó de memoria:
Al encontrarme sin salida, no me queda más opción que poner fin a todo.
Será en un pequeño pueblo de los Pirineos, donde nadie me conoce, donde mi vida llegará a su fin.
Por favor, haga llegar mis pensamientos a mi amigo Adorno y explíquele la situación en la que me hallo.
No me queda tiempo suficiente para escribir todas las cartas que me habría gustado escribir. [70]
Al día siguiente, la frontera se reabre.
Si Benjamin hubiera viajado un día antes o un día después, es probable que hubiera sobrevivido.
Ésa fue su tragedia particular. Perdió la esperanza, como tantos otros exiliados en los años anteriores, y se rindió ante este último obstáculo, en apariencia insalvable.
La última vez que Arthur Koestler vio a Walter Benjamin fue en Marsella unas semanas antes de su partida.
Benjamin le preguntó: «Si algo se tuerce, ¿tienes algo para tomar?»
[71] Era una pregunta bastante común por entonces: todo el mundo llevaba algo «por si acaso».
Koestler no tenía nada, así que Benjamin se ofreció a compartir lo suyo con su amigo: «Sesenta y dos pastillas de un sedante, conseguidas en Berlín durante la semana que siguió al incendio del Reichstag. Lo hizo a regañadientes,
porque no sabía si las treinta y una pastillas que le quedaban serían suficientes.»
Durante siete años, Benjamin había llevado las pastillas consigo, «por si acaso» ocurría lo peor. Se diría que el momento había llegado, y treinta y una pastillas fueron más que suficientes.
El «manuscrito» que Benjamin llevaba consigo y al que estaba tan apegado nunca apareció.
Las pertenencias entregadas al juzgado de Figueras el 5 de octubre de 1940 se describieron así: «Un maletín de cuero como los que usan los hombres de negocios, un reloj de hombre, una pipa, seis fotografías, una radiografía, gafas, varias cartas,
revistas y algunos otros papeles cuyo contenido se desconoce, y también algo de dinero.» [72]
Arthur Koestler logró llegar a Londres pasando por el norte de África, en compañía de un grupo de prisioneros de guerra británicos fugados.
No oyó la noticia hasta muchas semanas después: «Walter Benjamin, autor y crítico, mi vecino en el 10 de la rue Dombasle en París, cuarto en nuestras partidas de póquer de los sábados, y una de las personas más extrañas e ingeniosas que he conocido.» [73]
Es un epitafio tan bueno como cualquier otro.