Hotel Exilio Turistas #5
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Turistas #5

donde podrán esperar un barco para continuar su viaje.

Uno de los primeros en arriesgarse a cruzar este peligroso paso de montaña es también uno de los más ancianos.

Cruzar los Pirineos

Cuando Alfred Kantorowicz llega a Marsella con un salvoconducto de dos semanas, junto con su esposa, Friedel, para encajar las últimas piezas del puzle de su salida hacia México, encuentra la ciudad «atestada de premios Nobel, poetas, profesores, presidentes del Senado, clérigos, príncipes,

ministros, excelencias, todos los cuales agradecerían pasar por simples Müller o Meier, Dupont o Durant».

[65] Cuando se entera de que Heinrich Mann está entre la multitud, Kantorowicz telefonea a su amigo y mentor para sugerirle que se vean.

Mann le explica que es demasiado arriesgado reunirse en su hotel.

También hay que evitar el centro. Le propone quedar en un lugar en las afueras a las doce del mediodía, una hora en la que hasta los gendarmes se toman un descanso para comer.

Imaginemos a Heinrich Mann esperando bajo una palmera, tan formal como siempre, con unos holgados pantalones de lino y una chaqueta veraniega, un sombrero para protegerse del sol y de las miradas indiscretas, su rostro mustio todavía reconocible para quienes lo conocen bien: el bigote fino y,

tras las gafas brillantes, los familiares ojos azul pálido.

Kantorowicz, que siempre ha sido enjuto, está ahora más delgado que nunca, sus ojos resplandecen de alegría mientras avanza para saludar a Mann con premura, sin querer llamar la atención.

Mann le dice que conoce un buen restaurante al que pueden llegar por calles secundarias.

Los dos hombres buscados por los nazis se ponen en marcha en silencio, en busca del almuerzo.

Por fuera, el restaurante no parece gran cosa. Por dentro, revela una abundancia de cocina tradicional francesa, desplegada en un menú de una longitud sobresaliente. Mann alarga la mano hacia la carta de vinos, la examina con cuidado y sugiere que empiecen con un rosado.

Comimos y bebimos en silencio. Después de vaciar la botella de rosado, pidió un borgoña de 1912.

[...] Después de que termináramos también esa botella, se recostó en el anticuado asiento de felpa, miró a su alrededor como extraviado y se dijo a sí mismo, en su dialecto del norte de Alemania: «Tjä, se supone que voy a América... Allí probablemente sólo habrá restaurantes de comida rápida...»

Cuando se separan, de nuevo en silencio, Kantorowicz se pregunta qué significa para este escritor —cuya vida y obra están tan íntimamente ligadas a Francia, que habla el idioma con soltura, que escribe sobre sus reyes— tener que huir de su segundo hogar,

igual que huyó de su país natal siete años antes.

Heinrich, Nelly y el sobrino de Heinrich, Golo Mann, salen de Marsella en tren al amanecer del 12 de septiembre de 1940.

[66] Con ellos viajan Franz Werfel y Alma Mahler-Werfel, viuda del compositor Gustav Mahler.

El grupo lo encabeza Varian Fry. Alma llega acompañada por una docena de maletas que contienen las partituras de Mahler, además de su amplio guardarropa.

Como no considera la idea de dejar nada atrás, Fry tiene que ocuparse él mismo del equipaje, viajando por separado.

Conduce al pequeño grupo hasta su coche de primera clase y les recuerda que se supone que son turistas que van de excursión.

Es un viaje de doce horas para llegar a España, demasiado tiempo para sostener la farsa.

Todo va bien hasta que llegan a Cerbère, en la frontera francesa, donde los recibe uno de los voluntarios de Fry, enviado para decirles que el trayecto en tren hasta la primera localidad española, Portbou, ya no es seguro.

Tendrán que cruzar las montañas a pie, sosteniendo la ficción de que son veraneantes que han salido a hacer una caminata tranquila.

La ruta por los Pirineos está bien señalizada, pero aun así están a punto de perderse.

Franz Werfel tiene sobrepeso y problemas cardíacos.

Heinrich Mann tiene casi setenta años y en ocasiones Nelly o Golo tienen que sostenerlo y, prácticamente, cargar con él.

Pero cuando por fin llegan a la frontera española, los guardias los dejan pasar sin siquiera mirarlos.

En la estación de Portbou se reúnen con su equipaje y con Varian Fry, que ha sobornado a los guardias españoles para que hagan la vista gorda con el peculiar grupo de extranjeros sudorosos que están punto de subir al tren de Barcelona.

El resto del viaje los llevará a la Ciudad Condal, después a Madrid y de ahí a Lisboa.

En octubre de 1940, Heinrich Mann y su familia salen de Lisboa rumbo a Nueva York en un transatlántico griego.

A bordo viajan también, entre muchos otros, Leopold Schwarz­schild, los Werfel, y Alfred Döblin y su familia.

Se trata de los más afortunados, de los que han logrado salir deprisa.

En Nueva York, Heinrich se reúne con su hermano Thomas, quien lo lleva al Hotel Bedford, donde beben vermut, comen un buen almuerzo y viajan a Princeton, donde vive Thomas Mann. Así comienza su segundo exilio.[67]

Los agentes de la Gestapo que persiguen a Heinrich Mann llegan a Cerbère al día siguiente de su salida de Francia.