Hotel Exilio Turistas #4
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Turistas #4

El relato del vecino confirma que Anna figura en una lista de buscados por los nazis.

Tienen que seguir moviéndose. Durante una breve temporada consiguen alojamiento con una pareja anciana, y luego vuelven a trasladarse.

Esta vez, Anna envía a Pierre a visitar a su amiga Lore Wolf.

Cuando llega al piso, la portera lo lleva aparte y le dice que la Gestapo ha venido esa misma mañana y se ha llevado a Lore.

Pierre se queda de piedra. «¿Y qué hay de su hijo?»

El niño puede regresar del colegio en cualquier momento.

«No te preocupes», dice la portera. Ella se ocupará del niño.

Por primera vez, Pierre comprende la realidad de su situación.

Aterrorizado, sale del edificio, mirando si alguien lo sigue.

Baja las escaleras del metro de cuatro en cuatro, toma el primer tren que llega y cambia de línea varias veces antes de, por fin, volver corriendo para contarle a su madre lo ocurrido.

Durante un tiempo, la familia vive escondida, cada miembro oculto en un sitio distinto. Pero no pueden continuar así. Tienen que intentar cruzar a la zona no ocupada y localizar a László. Anna no tiene contactos en el sur, pero deben salir de París antes de que sea demasiado tarde.

En julio de 1940, el Gobierno de Vichy crea una comisión para estudiar los casos de extranjeros naturalizados después de 1927, a muchos de los cuales se les revoca la ciudadanía francesa,

privando así a miles de ciudadanos nacidos en el extranjero —principalmente judíos— de la protección del Estado francés.

Con la pérdida de su preciosa nacionalidad francesa, los Tichauer vuelven a ser, una vez más, judíos apátridas.

Cuando se introducen nuevas restricciones que excluyen a los judíos de la universidad, Eva tiene que renunciar a sus estudios de Medicina.

La condición de Theodor, su padre, como destacado socialdemócrata lo sitúa en los primeros puestos de una lista de personas buscadas por los nazis.

Todas las señales están ahí, diciéndoles que deben huir, y deprisa.

Deben ir a Marsella, adonde se dirige todo el mundo.

Y, sin embargo, como los Léon, eligen quedarse en París, a pesar, incluso, de la imposición de nuevas restricciones que limitan sus libertades.

Marsella

Debería entender, dijo él, que las ciudades francesas no están ahí para que yo viva en ellas, sino para que salga de ellas.

Anna Seghers, Tránsito[61]

En el verano de 1940, Marsella parece una escena salida de una visión medieval del infierno: las calles y los cafés abarrotados de miles de refugiados sumidos en la desesperación —alemanes, checos, polacos, yugoslavos, belgas, holandeses, españoles—, todos en busca del mismo premio: un visado;

no importa mucho para dónde, con tal de que los saque de Francia.

Cada mañana hacen cola ante los consulados de los países a los que esperan huir, o por los que necesitan pasar.

Pero el visado, una vez obtenido, es sólo el primer paso de un proceso tan complejo que tiene la cualidad de un sueño especialmente inquietante: el visado permite a un refugiado solicitar a las autoridades francesas permiso para quedarse en Marsella durante un período limitado a fin de preparar su

salida.

Luego debe encontrar un barco que lo lleve a su destino final, o a una escala intermedia.

En todos los casos, se requiere un permiso de salida francés, algo que resulta imposible de conseguir a quienes están en la lista de extradición de los nazis, porque la Francia de Vichy no se lo concederá.

Todos los visados y permisos son temporales, de modo que el esfuerzo por coordinar los necesarios visados de entrada, tránsito y salida precisa de un equilibrio extraordinariamente delicado.

Mientras tanto, los refugiados deben sobrevivir con la ayuda de comités de auxilio, que les proporcionan alimentos, vales de comida, donativos y dinero en efectivo.

Se encuentran unos con otros en los cafés del viejo puerto o en La Canebière, donde se enseñan «sus papeles válidos o inválidos, pasaportes, pasaportes provisionales, carnets de identidad, carnets de identidad provisionales;

aguzan el oído para escuchar rumores sobre barcos que entran y barcos que salen; siempre con el riesgo de ser detenidos en una de las redadas y llevados a prisión o deportados a un campo de internamiento».

[62] Pero ese riesgo hay que correrlo. Quienes se quedan al margen están perdidos.

El Gobierno de Vichy aplica con entusiasmo el acuerdo de armisticio, entregando fugitivos a la Gestapo.

El breve período de Arthur Koestler en la Legión Extranjera lo ha eximido —si no de otra cosa— de un segundo internamiento.

Decidido a llegar a Inglaterra, ha ido abriéndose paso lentamente hacia Marsella.

Al salir de la estación, la primera persona que ve —reconocible al instante entre la multitud por su estatura y su mata de pelo blanco— es el doctor Rudolf Breitscheid, antiguo ministro alemán del Interior, dirigente destacado del spd, antiguo participante en el Comité Lutetia,

y uno de los fugitivos políticos más buscados por los nazis.

«¿Y este atuendo tan elegante?», pregunta Breitscheid, mirando el uniforme de Koestler.[63]

Ambos se retiran a la tercera planta del Hotel Normandie, donde la esposa de Breitscheid prepara café en un hornillo de alcohol mientras Breitscheid golpea la pared de la habitación contigua.

Segundos después, aparece el antiguo ministro de Hacienda, el doctor Rudolf Hilferding, en bata.

Hilferding, otro destacado socialdemócrata, también figura muy arriba en las listas de buscados por los nazis.

El pequeño grupo se sienta en la cama a beber café y comer uvas, e intercambia noticias sobre amigos y colegas.

Ambos políticos tienen visados para Estados Unidos, pero —la historia de siempre— no tienen visados de salida franceses.

Cuando Koestler les pregunta por qué no intentan tomar alguna ruta extraoficial, los hombres responden con tono indignado que se niegan siquiera a contemplar tal opción, seguros de que las autoridades de Vichy les concederán lo que necesitan.

Koestler escucha, incrédulo, cómo Breitscheid declara que el artículo 19 es «una mera formalidad, para humillar a los franceses». Nunca se ejecutará.

Seis meses después, Breitscheid y Hilferding siguen atrapados en Marsella.[64] El 11 de febrero de 1941, las autoridades francesas los entregan a los alemanes.

Si Breitscheid y Hilferding permanecen atrapados por su tenaz fe en las fuerzas de la «legalidad y la rectitud», la mayoría de quienes figuran en las listas de buscados por los nazis saben perfectamente qué los aguarda si no salen de Francia.

Varian Fry y sus voluntarios también entienden lo que está en juego.

Dada la incertidumbre persistente sobre la posibilidad de salir de Marsella en barco, Fry decide arriesgarse a probar otra vía: conduce a sus protegidos a través de los Pirineos, cruzan la frontera española y atraviesan la España neutral hasta llegar a Portugal,