Turistas #3
al interceptar conversaciones telefónicas de Canaris en España, se declaró perplejo ante el ávido interés del almirante por los hábitos digestivos de un par de agentes de la Abwehr llamados Seppel y Sabine.
Inteligencia
Mientras la mayoría de los soldados alemanes correteaban por París haciendo compras y celebrando la victoria, Oscar Reile ha trabajado sin descanso examinando los miles de expedientes secretos franceses que han caído en sus manos y que se supone que debe analizar.
El almirante Canaris ha venido a ver qué ha descubierto y espera un informe.
Reile es un hombre diligente. Su tarea principal consiste en montar una red de contrainteligencia en Francia, pero ha dedicado tanto tiempo a analizar ese inmenso botín de documentos secretos que siente que va con mucho retraso.
Junto a un conjunto de papeles que ofrece información vital sobre individuos que espiaban para Francia, en Alemania, antes de la guerra, están los archivos de la Sûreté nationale, que —asombrosamente— han quedado intactos.
Estos documentos, pertenecientes al servicio de inteligencia exterior francés, el Deuxième Bureau, y capturados en un tren cerca de Charité-sur-Loire, aportan hallazgos adicionales de gran importancia,
incluidas referencias a personas que suministraron información a los franceses y nuevas perspectivas sobre las actividades de espionaje de los servicios secretos galos.
Mientras expone sus hallazgos, Reile observa a su jefe sin saber muy bien qué pensar de él.
«El almirante era un buen oyente. Se sentó en silencio frente a mí. Sus ojos, de un azul claro, parecían ver a través de mí. Su pelo, blanco como la nieve, brillaba, pero sus rasgos me parecían impasibles.»
[57] Los documentos ofrecen información útil y fascinante sobre el pasado, explica Reile.
Muchos de ellos tendrán que enviarse al cuartel general de la Abwehr en Berlín, donde la información se usará para identificar y neutralizar a agentes franceses que quizá sigan trabajando contra el Reich.
Sin embargo, la necesidad más acuciante —tal como lo ve Reile— es establecer qué está ocurriendo en Francia ahora.
La Sección iiif de la Abwehr es responsable de recabar información sobre posibles redes de resistencia en la zona ocupada.
Necesita averiguar si los británicos están activos en Francia y reclutar una nueva red de agentes.
Parece que la diligencia de Reile logra tranquilizar del todo a Canaris: aprueba sus propuestas y lo deja proceder.
Concluida la inspección, Canaris y Rudolph cenan en el Lutetia con otros oficiales superiores.
Mientras saborea con placer la calidad de la comida y el vino, Canaris puede felicitarse por su excelente elección de cuartel general. Y luego, de vuelta a Berlín.
A diferencia de muchos oficiales de la Abwehr en París, al coronel Reile le interesan menos las ventajas de su destino que la tarea profesional que tiene por delante: en cuanto Canaris se marcha,
inicia la búsqueda para reunir una red de agentes de confianza —los llamados V-Leute («personas de confianza», término derivado de V-Mann y, a su vez, de Vertrauensmann, «hombre de confianza»)— para trabajar en París y en la zona ocupada.
Como primer paso trae a varios V-Leute con experiencia que ya habían trabajado como agentes antes de la guerra: la mayoría no son nacionales alemanes, todos hablan francés con fluidez y en esos instantes esperan en Bélgica y Luxemburgo para ser desplegados de nuevo.
En un momento en que hay miles de ciudadanos franceses de Alsacia-Lorena, Bélgica y Luxemburgo desplazándose en busca de alojamiento y empleo en Francia, la coyuntura parece propicia para integrar a esos agentes, con nombres falsos, como refugiados en diversas ciudades francesas.
Una de sus primeras tareas será buscar nuevos reclutas para colaborar con la Abwehr: Reile no puede arriesgarse a enviar agentes ya conocidos a la zona no ocupada, donde la contrainteligencia francesa podría reconocerlos.
Hay que encontrar caras nuevas, y rápido.
Regreso a París
James Joyce y Paul Léon son hombres de costumbres.
Aquel verano de 1940, en el pequeño pueblo de Saint-Gérand-le-Puy, los dos eruditos establecen una rutina diaria. Cada mañana, hacia las once, Joyce va a buscar a Léon a la granja donde se aloja.[58] Golpea la valla con su bastón.
«Le voilà!», grita Paul, apresurándose a salir a su encuentro.
A veces, se sientan en el jardín y ven cómo a Lucie tiende la colada, o se sientan con ella mientras cuida de un niño americano mientras los padres del pequeño hacen las maletas para volver a casa.
Con más frecuencia, Joyce y Léon pasean juntos, del brazo, avanzando por el camino hasta un tronco de árbol donde se sientan durante horas, a veces hablando, más a menudo en silencio.
Luego regresan y se ponen a trabajar en los preparativos de una nueva edición de Finnegans Wake.
Pero esta situación agradable no puede durar. Tiene que haber movimiento de algún tipo. Hay que tomar decisiones.
A los Léon se les ha acabado el dinero. Lucie, el principal sostén económico de la casa, necesita volver a su trabajo como corresponsal de moda del New York Herald Tribune.
Estados Unidos aún no está en guerra, las casas de moda han reabierto, y las norteamericanas están impacientes por saber cómo se las arreglan las parisinas con las restricciones en tiempos de guerra.
Para Paul, el deseo de regresar es el deseo de recobrar lo familiar: quiere sentarse en su escritorio, rodeado de sus libros, y reanudar en su estudio el trabajo sobre Jean-Jacques Rousseau que ocupa sus pensamientos.
Y, por encima de todo, está la educación de su hijo Alexis: el chico tiene que sacarse el baccalauréat. Y, además, no tienen ropa de abrigo.
Lucie es la primera en marcharse: sale hacia París el 16 de agosto.
Joyce la despide en la parada del autobús de Saint-Gérand.
Paul la acompaña hasta la estación de tren de Vichy, rogándole que le consiga pronto un permiso para reunirse con ella.
Dos semanas después, Paul Léon está de vuelta en París, de modo que los Joyce se quedan solos en el pueblo.
Maria Jolas ya se ha ido a Estados Unidos.
«En aquel momento todo parecía razonable», escribió Lucie después de la guerra. «Sólo más tarde nos dimos cuenta del error que habíamos cometido.»
Los Léon no son los únicos que subestiman el peligro en que se encuentran.
Muchos judíos nacidos en el extranjero y que llevaban décadas viviendo en Francia, así como muchos judíos franceses cuyas familias llevaban generaciones en el país, no podían o no querían creer que la República, donde todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, pudiera traicionarlos.
Cuando, en octubre de 1940, un censo oficial alemán exigió a los judíos que registraran su presencia, en París respondieron cerca de ciento cincuenta mil judíos.
Ciudadanos diligentes y respetuosos con la ley, creían que, si el Estado les pedía hacer algo, debían obedecer.
Como ciudadanos franceses naturalizados, los padres de Eva Tichauer evitaron el internamiento.
[59] Tras el armisticio, en lugar de intentar cruzar a la zona no ocupada o buscar otra vía de escape, deciden que Eva —su única hija superviviente, su única esperanza de futuro— debe terminar sus estudios de Medicina.
Como Anna Seghers, como Paul Léon, los Tichauer valoran la educación por encima de todo.
Si temen por su propio futuro, eligen ignorar el riesgo por el bien de su hija.
Y, además, son ciudadanos franceses, lo que ha de contar para algo.
Así que vuelven a París y Eva retoma su vida donde la había dejado.
Anna Seghers también ha decidido volver a París con los niños.
Resulta chocante ver las esvásticas ondeando en los edificios, los uniformes alemanes en las calles, los carteles de ese soldado rubio con el niño —«¡Ciudadanos abandonados, confiad en el soldado alemán!»
—, pero no sabe qué otra cosa hacer.[60]
Sus principales preocupaciones son la falta de dinero y cómo conseguir noticias de László en el campo en que se halla internado, en los Pirineos.
Seghers quiere escapar a toda costa del París ocupado, pero necesita tiempo para averiguar cómo hacerlo.
Mientras tanto, tienen que vivir en alguna parte.
No pueden volver a su piso: la Gestapo conocerá la dirección.
Encuentra una habitación pequeña en la rue Saint-Sulpice, donde pueden quedarse unas semanas, y vende la última joya que su padre le había regalado.
Les basta para vivir, aunque sea por los pelos.
Al menos, los niños nunca llegan a pasar verdadera hambre.
Incluso en la presente situación, Anna no vacila en su convicción de que, estén donde estén y sean cuales sean las circunstancias, los niños deben seguir aprendiendo.
Cuando descubre que algunas escuelas imparten cursos de verano, inscribe de inmediato a Pierre en el Lycée Louis-le-Grand, cerca de la Sorbona, donde también estudia Alexis, el hijo de Paul Léon.
Para Ruth encuentra una escuela de primaria en el sexto arrondissement.
Mientras los convoyes alemanes suben y bajan por la rue Saint-Jacques, el profesor de Geografía de Pierre anima a sus alumnos mostrándoles mapas del mundo: «Los británicos tienen Adén, el Cabo y Singapur. ¡Aún no está todo perdido!»
Al principio, a Pierre aquel verano en París le parece una gran aventura digna de su adorado Alexandre Dumas: su madre lo envía en pequeñas misiones secretas para contactar con amigos, visitar su antiguo apartamento y averiguar, con discreción, si es posible recuperar algunas de sus cosas.
En Meudon, mientras está con su amiga Else, un vecino le dice a Pierre que la Gestapo fue a buscar a Anna y a László en julio, pero que no ha vuelto desde entonces.
La casa está vacía. Sus dueños siguen fuera.
Pierre y Else se cuelan por la puerta trasera y suben de puntillas al primer piso, donde reúnen deprisa unas cuantas pertenencias.
Al descubrir el manuscrito de La séptima cruz en un cajón, Else decide quemarlo «para que no caiga en manos de los nazis».
Cuando Pierre se lo cuenta después a su madre, la ve llorar por primera vez en su vida.
De las cinco copias preciosas que Anna había hecho de su novela, aquélla era la única que se había quedado para sí.