Turistas #2
¡Con razón las chicas alemanas quieren comprarse medias francesas y rociar sus uniformes con una nube de perfume galo!
La galantería de París los ha deslumbrado a todos.
Están febriles, poseídos por el deseo, recién despertado, de vivir como viven los franceses.
Tiene algo de romántico que te destinen a una ciudad hermosa, tan alejada de la violencia brutal de la guerra.
Y con tantos jóvenes —hombres y mujeres— reunidos (aunque el personal femenino se aloje en un hotelito cercano), no sorprende que la euforia de la victoria produzca un cierto frisson entre colegas.
Oscar Reile, de mediana edad y casado, observa a su personal joven con un afecto paternal. «Ese verano, como es natural, se celebró la Victoria y, con la misma naturalidad, se establecieron relaciones más tiernas entre los miembros masculinos y femeninos del servicio.»[52]
El personal femenino de la Abwehr desempeña sobre todo funciones administrativas: mecanógrafas, secretarias, empleadas de correos.
La secretaria de Reile, Käthe Winkler (veintiocho años, «pelo castaño, ojos azules, nariz larga, frente despejada, rostro ovalado, complexión delgada») trabaja con él desde 1936.
[53] De las ocho mujeres del departamento que dirige, tres se casan durante su estancia en París.
Ni siquiera el coronel Rudolph es inmune al entorno: separado de su esposa, emplea a una secretaria de veintiséis años, llamada Erika Juhl, que se convierte en su amante y, más avanzada la guerra, en su segunda esposa.
Con toda la euforia que suscita el reciente triunfo, es casi un milagro que alguno de ellos consiga trabajar.
El personal del hotel contempla con cierto sarcasmo las excentricidades de sus huéspedes no deseados.
Al principio todo era muy estricto y disciplinado, estilo militar, si se quiere.
Pero eso cambió pronto. Descubrieron París; se iban de compras y volvían con los brazos llenos de paquetes para sus queridas esposas, diciendo: «Oh là là, zapatos y tantas otras cosas, a precios increíbles.»
Sí, y luego empezaron a apreciar la comida francesa. [54]
Es por entonces cuando el jefe de la Abwehr, el almirante Canaris, realiza su primera visita al Lutetia.
La vie est belle!
En cuanto las tropas alemanas entraron en París, la Abwehr se instaló en las cómodas dependencias del Hotel Lutetia.
Allí se vivía «como Dios en Francia» (según el dicho famoso).
A la entrada, se alineaban los más lujosos de los coches franceses requisados, y los chefs trabajaban en las cocinas, donde los cordons-bleus no cesaban de preparar platos deliciosos y complejos.
Los miembros de la Abwehr se entregan día y noche a los placeres de la mesa: no falta nada, y todo está disponible en abundancia, sin cupones.
Una mezcla de los perfumes más variados flota en el vestíbulo y a lo largo de los pasillos del hotel: el personal femenino se ha informado con esmero sobre la perfumería francesa.
Estas damas llevan las mejores medias de seda, que dan a sus piernas una curva más atractiva; lucen elegantes conjuntos nuevos, de los que no hay escasez en París.
En las habitaciones, convertidas en oficinas, hombres y mujeres beben champán y disfrutan de licores. Conversan: la vie est belle![55]
El periodista alemán antinazi Curt Riess pulió su enérgico estilo de escritura como corresponsal extranjero de Paris Soir en Estados Unidos durante los años treinta.
Tras la guerra se instaló en Zúrich, donde, en 1951, escribió un artículo para el semanario suizo Die Weltwoche, titulado «El secreto del almirante Canaris», cuyo asunto principal era la eficacia relativa de los servicios de inteligencia franceses y alemanes antes de la guerra.
La sección inicial del artículo, que describe la llegada de Canaris al Hotel Lutetia en julio de 1940, ofrece un vívido retrato del día a día de la Abwehr en el París ocupado, con un coronel Rudolph nervioso e inmerso en los frenéticos preparativos para la llegada de su jefe.
Dado que Riess pasó la guerra en América, el texto es, en gran medida, producto de su imaginación periodística. No por ello resulta menos entretenido.
En un abrir y cerrar de ojos desaparecen los coches lujosos, quizá reemplazados por vehículos militares alemanes.
El vestíbulo y los pasillos se ventilan a conciencia, y se invita a los miembros de personal femenino a abandonar (al menos temporalmente) el perfume que tanto les gusta, así como a inspirarse en la moda de la Tirpitzufer berlinesa,(5) en lugar de la rue de la Paix.
Para gran decepción del personal de la Abwehr, los chefs franceses deben ceder su lugar a un cocinero de la Wehrmacht.
Los oficiales que ya llevan trajes a medida, confeccionados para ellos por los mejores sastres de los Campos Elíseos, tienen que volver a ponerse el uniforme.
El almirante Canaris baja de su coche, acompañado por su segundo, el coronel Hans Oster, y otro oficial.
Canaris apenas mira al comandante que lo espera en la puerta para darle la bienvenida.
Con zancadas largas, entra en el edificio.
Parece no ver nada o no querer ver nada.
Asiente un par de veces a modo de saludo y desaparece en la habitación que le han reservado.
Riess capta, sin duda, la atmósfera hedonista que dominó aquellos primeros días de la Ocupación.
Sin embargo, es poco probable que el almirante Canaris, un gran gourmand que hacía traer a Berlín con regularidad exquisiteces procedentes de toda la Europa ocupada, renunciara a la buena comida y al buen vino en favor del rancho militar.
Del mismo modo, la imagen de Canaris entrando con paso resuelto en el vestíbulo del hotel evoca una personalidad muy alejada de la realidad: con su 1,60 de altura, Canaris era sensiblemente más bajo que casi todos los que lo rodeaban,
y es mucho más probable que quienes lo siguieran no fueran otros oficiales, sino sus dos adoradísimos perros salchicha.
Canaris
Cuando el almirante Wilhelm Canaris recibió el encargo de reorganizar la Abwehr en 1935, causó una primera impresión muy pobre en su personal: llegó al cuartel general de la Abwehr con aspecto «desvaído y anodino»,
con una guerrera raída en la que llevaba prendida una Cruz de Hierro de Primera Clase.
[56] Bajito, con el pelo blanco, cejas pobladas y la tez rojiza de un marinero, Canaris hablaba en una voz baja, casi inaudible, prestaba más atención a los dos perros salchicha de pelo duro que lo acompañaban que a su personal, y enseguida instaló un catre en su despacho.
El nuevo y taciturno jefe de la Abwehr se reveló pronto como un hombre de talentos formidables, con un apetito de trabajo incansable.
El catre se utilizaba con frecuencia: no sólo porque Canaris fuera un adicto al trabajo, sino porque detestaba volver a casa.
Su matrimonio con Erika Waag fue un fracaso; tenían dos hijas, una de ellas con una enfermedad mental, y la vida familiar no le procuraba ninguna alegría.
En cambio, sus dos queridos perros salchicha, Sabine y Seppel (más tarde sustituido por Kasper), lo acompañaban a todas partes.
Estos animales procuraban a su amo una sensación de seguridad y compañía que Canaris no hallaba en las relaciones humanas: en Berlín, los llevaba al trabajo en su Mercedes negro oficial, y se quedaban en su despacho, donde a veces ensuciaban la alfombra.
En los raros momentos en que dejaba de trabajar, Canaris jugaba con sus amigos caninos o tomaba notas sobre sus hábitos y su comportamiento.
Adicto al trabajo, tímido, solitario, reservado, infeliz en casa...
Canaris era todo eso, además de un entusiasta aficionado a la cocina y un enamorado de la cultura española.
También era un lingüista brillante y un diplomático muy eficaz, una habilidad que resultaría esencial para navegar el campo de minas que constituían las organizaciones rivales dentro de la jerarquía nazi.
Como organización militar dedicada al espionaje y al contraespionaje, las responsabilidades de la Abwehr se solapaban a menudo con las de la Gestapo y el sd, que con frecuencia pisaban el territorio de la Abwehr en su persecución de enemigos del régimen nazi.
Los esfuerzos del almirante Canaris por preservar la independencia de la Abwehr frente a esas presiones políticas lo colocaron inevitablemente en conflicto con el jefe de las ss, Heinrich Himmler, y con el director del sd, Reinhard Heydrich, antaño amigo y protegido de Canaris y ahora su rival.
Himmler odiaba a la Abwehr y la consideraba un criadero de traidores.
Sus sospechas no eran infundadas: la mayoría de los oficiales de la Abwehr no eran nazis, y varios de sus cargos más altos participaban de forma activa en la resistencia antihitleriana.
El propio Canaris, aunque nunca participó directamente en actividades de resistencia, simpatizaba con su causa y a menudo hacía la vista gorda ante sus conspiraciones.
Pero esos dramas aún están por venir. Por ahora, Alemania ha vencido a Francia y el almirante Canaris acaba de llegar al Lutetia para inspeccionar el puesto avanzado de la Abwehr más importante de la Europa ocupada.
El botones sube el equipaje del almirante al primer piso, a una de las mejores habitaciones del hotel, la número 109, que ofrece una vista directa del cruce de Sèvres-Babylone, y donde Canaris se alojará en todas sus futuras visitas a la capital francesa.
Cuando viajaba por asuntos oficiales, el almirante Canaris solía reservar una habitación doble para que sus perros salchicha pudieran dormir a su lado en la cama.
Si se veía obligado a dejarlos atrás, telefoneaba a diario para preguntar por sus deposiciones y su estado emocional.
A falta de información concluyente (sus diarios desaparecieron en 1945), es imposible confirmar si Canaris estuvo acompañado por sus adorados perros en sus visitas al Lutetia.
Si estaban presentes, es seguro que disfrutarían de una acogida impecablemente profesional por parte del personal del hotel: una cama propia y sabrosas sobras del plato del almirante.
Si, por el contrario, Canaris se vio obligado a viajar sin ellos, y si los británicos estaban escuchando las llamadas de la Abwehr (como él sospechaba), quizá cometieron el mismo error que el jefe de la policía secreta española, de quien se dice que,