Turistas
«En el verano de 1940, París adoptó un aspecto muy especial», escribe Oscar Reile.
«Los soldados alemanes estaban por todas partes, a veces acompañados por encantadoras jóvenes. Por la noche, lugares de diversión como el Lido, el Folies-Bergères y Schéhérazade estaban llenos. Los turistas militares invadían todos los lugares artísticos e históricos, como Versalles y Fontainebleau.
» [44]
En las semanas posteriores al armisticio, las calles de París van recuperando la vida poco a poco.
Quienes huyeron regresan; las tiendas reabren.
Todo el mundo está desesperado por aferrarse a una apariencia de normalidad.
Las autoridades militares también quieren demostrar que, en el fondo, no ha cambiado gran cosa: los museos, las oficinas de correos, los bancos y el metro vuelven pronto a funcionar.
Las escuelas y universidades reabren. Los periódicos y revistas siguen publicándose.
Bares, restaurantes y clubes nocturnos retoman su actividad. Incluso han vuelto los gorriones.
La imagen de los soldados alemanes sentados en las terrazas de los cafés resulta al principio un shock, sin duda, pero, muy pronto, el hecho de que esos hombres no se comporten como filisteos, no se emborrachen de forma escandalosa ni armen jaleo, que luzcan impecables con sus uniformes grises,
que no acosen a las mujeres y que digan s’il vous plaît y merci al pedir una bière, permite a muchos —aunque sea de manera provisional— convencerse de que se trata simplemente de otra clase de turistas que acuden a admirar la Ciudad de la Luz.
Aparecen a la entrada de los cafés carteles que anuncian: Hier spricht man Deutsch, en lugar de English spoken.
[45] El Deutsche Institut, en la rue Talleyrand, ve cómo los parisinos se matriculan por miles para aprender alemán, lo que dispara la demanda de profesores.
Los anuncios exigen que sean «arios y, si es posible, de origen alemán».
Hay conferencias y conciertos, lecturas de poesía alemana.
Los alemanes instalados en París tienen órdenes estrictas de comportarse con exquisita educación.
La rigidez de los modales teutones quizá no iguale el encanto galo, pero, como la población francesa es mayoritariamente femenina y las fuerzas de ocupación abrumadoramente masculinas, los alemanes se esfuerzan por transmitir una impresión de corrección, disciplina y cortesía.
París es tan importante para Hitler que envía allí a todos sus hombres, no sólo con el fin de admirarla, sino también con el de prepararlos «para que no se sorprendan cuando empecemos a construir nuestro nuevo Berlín».
[46] A los soldados alemanes de permiso los envían a París dentro de un programa llamado Jeder einmal nach Paris, «Todos a París una vez».
Se los aloja en hoteles requisados o Soldatenheime, la mayoría situados entre el boulevard Haussmann, la avenue de Wagram y République.
[47] Los aviadores tienen alojamiento en los Campos Elíseos, mientras que los oficiales de la Luftwaffe se instalan en la rue du Faubourg Saint-Honoré.
Los llevan de excursión, muy al estilo de la que disfrutó el propio Hitler: recorren los principales lugares turísticos con la cámara colgada al cuello; suben a la Torre Eiffel —¡clic!
—, navegan por el Sena en un bateau-mouche —¡clic!
—, bajan por los Campos Elíseos y vuelven a subir hasta Montmartre.
La sección cultural de las autoridades de ocupación incluso edita una revista bimensual, Deutscher Wegleiter für Paris, que publica reportajes ilustrados de la ciudad y lista eventos culturales y visitas del día.
Más avanzada la guerra, cuando las tropas alemanas pasen frío en el frente oriental, esta revista será más popular que las historias llegadas de casa.
Aunque a todos los soldados destinados a Francia se les entrega un ejemplar oficial del fotolibro de Fritz Sablatnig sobre los hitos arquitectónicos de la capital francesa (también disponible en imágenes estereoscópicas),
el departamento de propaganda quiere animarlos a fotografiar por sí mismos lo que ven para que lleven a casa la magnitud de la victoria alemana y borrar así para siempre la humillación de 1918.
[48] Se cuida todo al detalle: se los conduce casi en rebaño, se les sugiere hacer fotos en cada parada.
El plato fuerte es una visita a Versalles, donde una instantánea en la Galería de los Espejos —escenario de la firma del aborrecido Tratado de Versalles en 1919— envía una poderosa señal de triunfo nacional.
Como la mayoría de los turistas, el personal militar alemán de permiso rara vez se aparta de la ruta fijada por sus superiores, de modo que se cruzan con pocos parisinos más allá de quienes los atienden en cafés y restaurantes.
Hay Soldatenkinos, cines reservados exclusivamente para las tropas de ocupación, en los que sólo se proyectan películas o espectáculos alemanes.
Hay teatros y clubes nocturnos también reservados únicamente para alemanes.
Por todo París hay Lokale, cantinas del Ejército —establecidas a menudo en antiguos restaurantes— en las que los franceses tienen prohibida la entrada, salvo que muestren un salvoconducto.
Hay una librería alemana en la place de la Sorbonne y una italiana en el boulevard Saint-Germain.
Pocos soldados rasos hablan francés; muchos proceden del campo o de aldeas.
Para ellos, la geografía de una capital, con su complejo sistema de transporte y sus hábitos y rutinas desconocidos, resulta desconcertante.
Cuánto más tranquilizador, entonces, tras una visita relámpago a los grandes monumentos, reunirse con unos cuantos camaradas y entregarse a ese otro pasatiempo turístico predilecto: las compras libres de impuestos, usando su asignación para adquirir maquetas en miniatura de la Torre Eiffel, alcohol,
comida y —lo más tentador— esos artículos tan franceses y misteriosamente femeninos, como medias de seda y perfumes, que pueden envolverse y enviarse desde la Gare de l’Est a una novia que espera, en casa, a su amado. [49]
Los vencedores
París no es sólo el principal destino turístico para los soldados alemanes de permiso: es el destino más codiciado de la Europa occidental ocupada.
Cualquiera que sea alguien en el Tercer Reich siente la necesidad de enviar un representante a Francia, lo que convierte a París en una versión en miniatura de Berlín, con todas sus mezquinas rivalidades e intrigas.
Mientras pasean a los soldados rasos alemanes por la ciudad en excursiones turísticas, los miembros de la cúpula de la administración nazi compiten entre sí para agasajar a sus invitados al estilo que creen propio de la sociedad parisina: uniformes de gala, soldados-criados con guantes blancos,
cubertería de plata, mantelería cara, comida y vino excelentes, distinguidos invitados franceses; sobre todo, mujeres, para equilibrar la proporción.
Muchos de los oficiales alemanes de alto rango destinados en París no se ven a sí mismos como extranjeros, sino como miembros de una élite cultural que está por encima de las divisiones que separan al conquistador del conquistado, al alemán del francés.
Familiarizados con la literatura y la cultura francesas, enamorados de la comida, el vino y las mujeres de Francia, estos hombres se proclaman abanderados de la civilización occidental.
La sola mención de la palabra «colaboración» parecería de mal gusto a dichos individuos, de rango y miras tan elevados.
Y, sin embargo, su puesto los coloca en un terreno ambiguo, en el que se sienten superiores y, al mismo tiempo, deseosos de ser aceptados: quieren tratar de igual a igual a sus distinguidos invitados franceses,
pero los persigue siempre la sospecha de que quienes beben y comen con ellos los desprecian en secreto.
Entre los ocupantes hay quienes sienten una desazón profunda ante su situación.
Por hermosa que sea la ciudad, en el fondo saben —como antes los exiliados alemanes— que aquél no es su sitio.
Pueden confraternizar con sus compañeros soldados, beber cerveza y cantar canciones, o sentarse en la terraza de un café a sorber un apéro con una joven francesa y encantadora; pero, al final, todos ellos están aquí por su uniforme.
Es otra clase de exilio: entrar sin ser invitado en la casa de otro, sentarse a su mesa, comer su comida y beber su vino mientras él mira, impotente.
Y, a veces, un soldado de permiso en París empieza a preguntarse: ¿dónde encajo yo en todo esto?
¿Cuál es mi cultura, mi historia? ¿Dónde está mi hogar?
Puede que Berlín esté destinada a cumplir los sueños del Führer, pero por ahora no representa más que un desarraigo respecto del pasado y una imagen incierta del futuro.
Lothar-Günther Buchheim, oficial de la marina y más tarde autor del superventas Das Boot (El submarino), se pregunta: «¿Quién es, de verdad, el vencedor aquí? ¿Los soldados de a pie, con sus botas, sus bombachos y sus chaquetas militares hechas a medida? ¿O el pueblo parisino?» [50]
Una noche, en el Lutetia, el chef sirve alcachofas en la cena.
[51] Un miembro del personal de la Abwehr, que no sabe cómo comer en condiciones esa verdura complicada, empieza a atragantarse.
Furiosos, sus camaradas hacen venir al chef a su mesa y lo acusan airadamente de sabotaje.
Uno de los oficiales más sofisticados, familiarizado con la cocina francesa, interviene y explica que no ha habido mala intención: el atragantado, simplemente, ha comido la parte equivocada de la alcachofa.
La intervención salva al chef del arresto.
Poco hace, sin embargo, por aliviar el orgullo herido del oficial inexperto.
En el fondo, estos ocupantes son personas inseguras.
Oh, là là!
El Hotel Lutetia tiene otro ritmo estos días.
De las habitaciones brota el sonido del tecleo de las máquinas de escribir; los operadores de radio hacen llamadas desde los salones de banquetes; los mensajeros entran y salen con paso decidido.
¡Cuántos uniformes! El redingote azul y el cuello rojo del conserje se recortan ahora junto al gris de campaña y las botas altas de los oficiales de la Abwehr; el blanco y negro del atuendo de las camareras, junto a las souris grises («ratoncitos grises», el apodo de las auxiliares),
con sus pesadas faldas y chaquetas grises.