Hotel Exilio El sueño de Hitler
45%

El sueño de Hitler

El escultor Arno Breker está en su casa, en Berlín, cuando la Gestapo llama a su puerta y le ordena que esté listo para marcharse en una hora.

[43] Mientras se viste a toda prisa, Breker ve a dos oficiales de las ss esperando fuera.

Apenas tiene tiempo de susurrarle unas palabras apresuradas a su esposa griega —con quien Breker habla sólo en francés—, antes de ser escoltado hasta un coche y conducido a toda velocidad al aeropuerto militar de Berlín, donde lo suben a un avión de transporte del Ejército.

Tras un vuelo de tres horas, durante el cual Breker se acalora y se pone cada vez más nervioso, el avión aterriza y vuelven a meterlo a toda prisa en un coche.

Toman un desvío a través de un bosque en Brûly-de-Pesche, cerca de la frontera belga-francesa, y se detienen ante un búnker del que emerge una figura conocida. Se trata del arquitecto Albert Speer, seguido por otro colega de profesión, Hermann Giesler.

«Has debido de pasar miedo», comenta Speer con malicia, mirando la cara sudorosa de Breker.

Adolf Hitler se muestra de excelente humor mientras explica a Breker el motivo de su presencia en el búnker desde el que el Führer ha estado dirigiendo la campaña de Francia.

A la mañana siguiente, el grupo viajará a París, donde la tarea de Breker será actuar como guía de Hitler en la capital francesa.

Por desgracia, el Führer dispone de muy poco tiempo para la excursión, así que quiere que Breker —como viejo parisino que conoce bien la ciudad— elabore un plan de visita que incluya, en las pocas horas disponibles, los principales hitos arquitectónicos y culturales.

Hitler, el artista frustrado, lleva mucho tiempo fascinado con París, pero nunca ha visitado la ciudad.

Le dice a Breker que ese deseo ardiente siempre se había visto malogrado por los acontecimientos, hasta ahora.

«¡Ahora se me han abierto las puertas de París! Desde ese momento no he tenido otro pensamiento en la cabeza que visitar esta metrópolis del arte con mis artistas.»

Mis artistas.

Hitler tiene dos objetivos: quiere visitar los monumentos que siempre ha soñado ver y quiere estudiar París con vistas a superarla cuando materialice su visión de reconstruir Berlín.

De ahí la presencia de sus dos arquitectos favoritos y de Breker, que aporta la doble ventaja de ser, por un lado, un escultor del Reich implicado en la planificación urbana de la futura capital y, por otro, un buen conocedor de París.

Hitler es optimista: cree que la guerra se ganará pronto.

Gran Bretaña será derrotada y él será el soberano del país más poderoso de la Tierra.

Envalentonado por las victorias recientes, el Führer puede permitirse ser magnánimo con los franceses y optar por no destruir París ni entrar en ella al frente de un desfile victorioso.

Breker se siente profundamente turbado por las palabras de Hitler: visitar París, el lugar que considera su segundo hogar, donde pasó sus años de formación, al lado del líder del bando vencedor en una guerra terrible, se le antoja una carga moral casi insoportable.

El grupo parte con brío a las tres de la madrugada del 23 de junio.

Tras un breve vuelo, llegan al aeropuerto de Le Bourget, donde los espera un convoy de coches.

Hitler se sienta junto al conductor en el primer vehículo, descapotable, e invita a Speer, Giesler y Breker a sentarse detrás.

Al adentrarse en el centro de la ciudad, Breker mira a su alrededor, atónito.

Su última visita a París fue durante la Exposición Universal de 1937.

Ahora, «París parecía muerta. Ni un alma».

Incluso Hitler guarda silencio mientras avanzan a toda velocidad por las calles desiertas.

La visita incluye lugares que hoy se recorrerían en un autobús turístico descapotable: la place de la Concorde, el Arco de Triunfo, la Torre Eiffel, los Inválidos, Notre-Dame, las Tullerías, Montmartre.

Ese itinerario relámpago difícilmente permitirá un análisis en profundidad de la arquitectura parisina, pero Hitler ha hecho los deberes y demuestra un vivo interés por todo lo que ve.

La primera parada es la favorita del Führer: la Ópera, de estilo neobarroco, cuyos planos arquitectónicos ha estudiado con gran detenimiento.

Breker está impresionado, y sorprendido en no poca medida: Hitler conoce las dimensiones exactas del edificio, además de otros mil detalles.

Al acercarse a la entrada, la primera persona francesa con la que se cruzan es un conserje aterrorizado al que han enviado para abrirles.

El hombre hace lo posible por ignorar a los visitantes; en su rostro no se adivina la menor curiosidad, y, por primera vez, Breker siente el «trágico abismo» que separa a los franceses de aquello que él representa ahora.

Hitler queda deslumbrado por el auditorio: «¡El teatro más hermoso del mundo!»

, exclama, antes de pedirle al conserje que les muestre el camino que seguiría el presidente francés para llegar a su palco.

Al final de la visita, el conserje se queda atrás, «rígido, inmóvil, petrificado, con la expresión vacía».

Breker admira su frialdad, y su dignidad.

Cuando un asistente intenta darle una propina, el conserje se niega.

Hitler le pide a Breker que lo intente de nuevo, pero la negativa es tajante.

A petición de Hitler, el convoy avanza lentamente por los Campos Elíseos, hacia el Arco de Triunfo.

Hitler piensa en cómo será su capital, que pasará a llamarse «Germania».

Su arco triunfal tendrá que ser el doble de grande que el parisino, y el bulevar que conduce hasta él, el doble de ancho.

Los planes para ese proyecto, concebido por primera vez cuando Hitler estaba hospitalizado, recuperándose de las heridas sufridas en la Gran Guerra, ya están muy avanzados.

Speer y Breker están muy implicados en ellos.

Tras una breve parada para una foto ante la Torre Eiffel, siguen hasta los Inválidos, donde Hitler rinde homenaje en la tumba de Napoleón: se inclina con gesto solemne ante su colega conquistador, la gorra apretada contra el pecho.

El Panteón no le impresiona, pero disfruta del paseo por el distrito estudiantil, por el boulevard Saint-Michel y el boulevard de Montparnasse, donde Breker trabajó en su día.

De regreso hacia Le Châtelet, pasan junto a Notre-Dame, el Hôtel de Ville, Les Halles, donde por primera vez en la ciudad desierta ven signos de vida: un vendedor de periódicos con la edición de la mañana y un pequeño grupo de robustas pescaderas que, al ver pasar el convoy, exclaman: «¡Es él!

¡Es él!» , antes de escabullirse, asustadas.

La última parada es el Sacré-Cœur. Allí, con París extendido a sus pies, Hitler se queda un momento absorto, antes de dar las gracias al «destino» por permitirle cumplir el sueño de su vida.

«Esta maravilla de la cultura occidental, desplegada ante nosotros, tenía que preservarse, tenía que mantenerse intacta para la posteridad. Lo hemos conseguido.»

La puesta en escena de la visita se controla al milímetro.

En aras de una futura entente franco-alemana, Hitler hace una gran demostración de que no quiere restregar a los franceses su derrota.

Aun así, el grupo va acompañado por el fotógrafo oficial de Hitler y la visita queda registrada en el noticiario cinematográfico, lo que permite al Führer proyectar una imagen tranquilizadora ante el resto del mundo y, a la vez, mostrar en casa qué aspecto tiene la victoria.

Al posar ante la Torre Eiffel, se asegura de colocar a «sus artistas» a su lado: una muestra de vanidad, sí, pero también de inseguridad.

Resulta significativo que se les haya pedido llevar uniforme militar para la ocasión.

A las 8.15, la visita ha terminado. A las diez ya están de vuelta en el búnker de Hitler, en Brûly-de-Pesche.

Si el sueño de Hitler era admirar la arquitectura de París, lo ha logrado.

Pero, como en un sueño, ha salido al escenario sin compañía: una figura solitaria ante un auditorio vacío.

Su recorrido por bulevares desiertos transcurre envuelto en un silencio espectral.

No hay multitudes para recibirlo; los cafés y bistrós permanecen vacíos y cerrados.

Cuando el avión despega, Hitler le pide al piloto que sobrevuele París para contemplar la ciudad una vez más desde arriba antes de que desaparezca bajo las nubes. No volverá a ver la capital francesa.