Armisticio
A la mañana siguiente, el coronel Reile y el capitán Leyerer pasan horas recorriendo París en coche, inspeccionando los edificios en los que se guardan los documentos secretos.
Las únicas otras personas que ven son soldados alemanes que deambulan por la metrópoli francesa admirando los monumentos.
Reile, volcado en su trabajo, lamenta no tener tiempo para explorar.
Encuentran oficinas gubernamentales abiertas, con los archivos intactos y sin vigilancia, montañas de expedientes abandonados en los edificios vacíos de los ministerios franceses y de las autoridades policiales.
Reile no pierde tiempo y envía hombres a recoger los documentos para ponerlos a buen recaudo en algún lugar donde puedan organizarse, analizarse y —lo que es crucial— protegerse de miradas indiscretas.
La Abwehr quiere quedarse su tesoro: no desea compartirlo de ningún modo con la Gestapo ni con el sd.
De camino de vuelta al Lutetia, Reile se entera de que las tropas alemanas han confiscado un tren cargado con archivos del Ministerio de Guerra, entre ellos la mayoría de los expedientes del servicio de inteligencia francés, el Deuxième Bureau (la «Segunda Oficina»).
Al entrar en el hotel, está trazando un plan para ocuparse de esta cornucopia de información cuando sus pensamientos se ven interrumpidos por la visión del personal de la Abwehr, que corre excitado por el vestíbulo.
Es 22 de junio de 1940 y, en el bosque de Compiègne, en el mismo vagón de tren en el que los generales alemanes se rindieron al mariscal Foch tras su derrota en la guerra de 1914-1918, el mariscal Philippe Pétain ha firmado un armisticio con Hitler.
Pétain declara por radio: «Se ha contemplado una colaboración entre nuestros dos países. La he aceptado en principio.»
El Ejército alemán ocupará la mitad norte del país y toda la costa occidental.
El resto, la llamada «zona libre», queda bajo el control del Gobierno colaboracionista de Pétain, con sede en la ciudad sureña de Vichy.
Una línea de demarcación separa ambas zonas.
La campaña militar ha terminado oficialmente. Francia ha quedado partida en dos.
Embriagados de alegría, los miembros de la Abwehr interrumpen su trabajo y se reúnen en el comedor para celebrarlo con champán.
Mientras los alemanes se animan, entablando discusiones vivaces sobre lo que podría significar ese momento extraordinario (muchos de ellos dan por hecho que al armisticio le seguirá pronto un tratado de paz tanto con Francia como con Gran Bretaña), el personal del Lutetia observa en silencio. [40]
Servicio
¿Qué significa servir? Un client c’est un client.
Sí. El servicio es un uniforme que uno se pone y se quita cuando vuelve a casa.
Sí. Discreción, tacto: esos atributos del personal de los buenos hoteles, la capacidad de hacer que un huésped sienta que es singularmente importante...
sí, todo eso. Pero ¿servir al enemigo? No existe un libro de instrucciones que pueda guiar la conducta del personal de los hoteles requisados en un país ocupado cuyo Gobierno acaba de firmar un armisticio con sus nuevos «huéspedes».
Por todo París, miles de cocineros, camareros, doncellas y tenderos se enfrentan al mismo dilema.
¿Cómo deben comportarse ante el enemigo que ahora los gobierna?
El alivio por no estar ya en guerra se ve atemperado por el miedo a esas figuras desconocidas que han aparecido de pronto en cada rincón de su ciudad.
¿Qué pueden esperar los parisinos de esos hombres altos, bien alimentados, con uniformes gris verdoso y botas lustradas, que deambulan con cámaras y mapas en la mano, fotografiándose unos a otros ante la Torre Eiffel y el Arco de Triunfo?
Algunos de los soldados de la Wehrmacht son sólo unos críos: muchachos de mejillas sonrosadas, de aspecto inocente, venidos de aldeas rurales.
Los oficiales son altos y corteses; se comportan con dignidad (¿o es orgullo?)
. Algunos sonríen, prueban su francés escolar con un acento muy marcado.
Mientras tanto, el camarero debe servirles la cena o un aperitivo; debe retirar la mesa y abrillantar las copas como siempre lo ha hecho, con orgullo profesional.
La doncella debe limpiar la habitación, hacer la cama, cambiar las toallas, esponjar las almohadas, como siempre lo ha hecho.
Los limpiabotas deben encerar las largas botas de cuero que se alinean en los pasillos del hotel; los chefs deben preparar la cena para los huéspedes hambrientos.
Y también hay orgullo: el orgullo del trabajo bien hecho, de demostrarles a esos boches, a esos fritzes, frises, fridolins, que no hay comida mejor que la haute cuisine francesa, ni camarero más eficiente que un serveur francés, ni vino más refinado que un Burdeos o un Borgoña.
¿Una forma de resistencia? Decir: vamos a mostrarles con quién se las ven para que nunca puedan afirmar «en casa, las cosas son mejores».
Marcel Weber está acostumbrado a pasar buena parte de su tiempo bajo tierra.
Bajo el Lutetia hay un laberinto de varias capas: en la primera está la cocina del hotel; debajo, la vasta bodega, organizada por regiones, y un comedor donde él mismo recibía antaño a sus invitados.
Más abajo, hay otros dos niveles de sótanos, enormes espacios usados sobre todo para almacenar muebles viejos y objetos no reclamados que dejaron los huéspedes (incluido el baúl militar olvidado del general De Gaulle).
Durante la invasión, Weber pensó en su bodega, con sus maravillosos vinos de añada y sus finos champanes.
[41] Se imaginó sus preciadas botellas abiertas por manos extranjeras, el contenido vertido en paladares poco exigentes.
Y decidió que, aunque los líderes de su país hubieran admitido la derrota, no permitiría que los mejores vinos del Lutetia cayeran en manos de los bárbaros.
Así que, con la ayuda de parte del personal, Weber trasladó los mejores vinos y champanes a un rincón del sótano que después tapiaron.
Cuando el coronel Rudolph solicita un plano de la zona del subsuelo, se le entrega debidamente uno en el que los vinos ocultos no aparecen.
Más tarde, los alemanes excavan dos túneles propios en los sótanos más profundos, por si se produjera un ataque: uno conduce al Banco de Francia, situado al otro lado del boulevard Raspail, y el segundo sale al cruce de Sèvres-Babylone.
Nunca descubren los tesoros ocultos que yacen bajo sus pies, y Weber se deleita en saber que los vinos acerca de los cuales los oficiales de la Abwehr se deshacen en elogios distan mucho de ser lo mejor que el hotel puede ofrecer.
Que los alemanes no distingan un buen vino de uno excelente sólo demuestra, al fin y al cabo, lo poco refinados que son.
De hecho, si hay que creer a Marcel Weber, en aquellos sótanos cavernosos no sólo había vino escondido, sino también un grupo de prisioneros de guerra franceses fugados.
Ayudados por el personal, que les llevaba comida y ropa, los fugitivos echaron una mano a su vez con...
¿qué exactamente? No lo sabemos. Es una imagen grata, simbólica de una suerte de resistencia pasiva, o de una «representación» de resistencia.
El personal del Lutetia es cortés, aunque reservado; atiende con orgullo profesional las necesidades y exigencias de sus huéspedes indeseados.
Su rebeldía no consiste en envenenar la sopa de los alemanes, sino en ocultar algo a sus amos, justo debajo de sus narices: el mejor vino y, quizá, también, a unos cuantos hombres.
Es así como da comienzo el delicado baile, mientras los conquistadores tratan de convencer a los conquistados de que, en realidad, no son gente tan terrible.
Se tiende una mano amistosa: «Mira, vamos a estar juntos durante bastante tiempo (nuestro Reich va a durar mil años, al fin y al cabo), así que más vale que os acostumbréis a nosotros. Y de veras apreciamos muchísimo todo lo que vuestra hermosa ciudad tiene que ofrecernos.»
Por toda la ciudad se pegan carteles en los que un soldado rubio, de ojos azules, mira con ternura a un niño al que sostiene en brazos, bajo el lema: Populations abandonnées, faites confiance au soldat allemand («Ciudadanos abandonados, confiad en el soldado alemán»).
Artículo 19
La firma del armisticio marca un punto crucial en la atribulada existencia de los exiliados alemanes.
El artículo 19 del acuerdo establece que «el Gobierno francés está obligado a entregar, a petición, a todos los alemanes designados por el Gobierno alemán en Francia, así como en las posesiones, colonias y territorios bajo protectorado y mandato franceses».
Los exiliados alemanes y austríacos corren ahora un riesgo directo de arresto, encarcelamiento y muerte, igual que en 1933.
Y no sólo ellos: cualquier persona considerada hostil a la ideología nazi —alguien como Arthur Koestler, por ejemplo— podría acabar en una lista de la Gestapo.
Quienes necesitan ayuda con mayor urgencia son los que, por lo que sea, son apátridas o judíos, lo que a menudo viene a ser lo mismo.
Una vez más, los exiliados se encuentran en un mundo dominado por la necesidad apremiante de conseguir papeles, sellos, visados.
El objetivo ahora es dirigirse al sur, a Marsella, el único gran puerto que sigue funcionando en la zona no ocupada, para embarcar y salir de Francia rumbo a un lugar seguro... pero ¿adónde? ¿Adónde, después?
Es en este momento cuando Heinrich Mann comprende por fin la urgencia de abandonar Francia.
[42] Una vez más, es Nelly quien se encarga de las tareas prácticas: cerrar cuentas bancarias, pagar facturas, encontrar un hogar para sus mascotas y para sus libros, mientras se preparan para reunirse con Thomas en Estados Unidos.
Heinrich Mann es afortunado en un aspecto: como destacado antinazi que figura de manera prominente en la lista de buscados por la Gestapo, también encabeza todas las demás listas que están confeccionando frenéticamente quienes comprenden la urgencia de sacar a determinadas personas de Francia.
Entre estas almas lúcidas se cuenta un joven periodista estadounidense llamado Varian Fry, quien llega a Marsella con un presupuesto muy limitado y una larga lista de artistas, escritores y otras figuras destacadas —en su mayoría, personas judías— que se hallan bajo una amenaza inminente.
Fry está al frente del recién creado Comité de Rescate de Emergencia (erc por sus siglas en inglés), un nombre grandilocuente para un pequeño grupo de voluntarios entregados que, durante los meses siguientes, ayudarán a más de dos mil personas a escapar de Francia.
Heinrich y Nelly Mann no tienen que hacer un largo viaje para ir de Niza a Marsella. Al llegar, se instalan en el Hotel Normandie, a la espera de sus visados de salida. Frente a ellos está el Hotel Splendide, y el propio Varian Fry, quien tratará de arreglarlo todo para sacarlos de allí.