El soñador
«Reile es un personaje extraño», comenta un oficial de inteligencia francés tras entrevistar al coronel de la Abwehr después de la guerra.
«Es a la vez ingenuo y perspicaz. Escribe poesía, ama la naturaleza, es un soñador y, sin embargo, parece haber dirigido su organización de contraespionaje con cierto éxito.» [33]
A sus cuarenta y cuatro años, Oscar Reile tiene una larga carrera a su espalda, primero como jefe de policía en Danzig y más tarde como oficial de contrainteligencia en la Abwehr recién reformada y dirigida por Canaris.
Tras la remilitarización de Renania en 1936, Reile fue trasladado de Kassel a Tréveris, donde, bajo la identidad de un hombre de negocios y provisto de documentación falsa, tinta invisible y cámaras, se encargó de reclutar agentes para recabar información.
Su aspecto físico sugiere aptitud para el trabajo clandestino porque —según señala un informe británico de inteligencia de 1945— no hay nada en él que destaque: «1,75 m, rostro fino y afilado, ojos penetrantes, lleva gafas, pelo canoso, ojos azules, tez clara, nariz bastante grande,
barbilla puntiaguda, bien afeitado. Muy erguido y rígido. Habla inglés y alemán, francés deficiente.» [34]
El 19 de junio, Reile está en Nancy (rebautizada como «Nanzig») al frente de un Abwehrkommando —una unidad— cuando recibe la orden de viajar a París de inmediato.
Debe presentarse ante el coronel Friedrich Rudolph antes de ponerse al frente de la Sección iiif en el puesto de mando recién establecido de la Abwehr en el París ocupado.
La dirección que le dan es la de un hotel del boulevard Raspail.
Esa noche, Reile permanece despierto, preocupado por el peso de la tarea que le ha sido asignada: «¿Sería capaz de cumplirla según las expectativas de mis superiores en Berlín? ¿Acaso no sabían que yo venía del este de Alemania y que nunca había visto la metrópoli francesa?»[35]
Por la mañana, sus dudas se han disipado: «Al fin y al cabo, yo llevaba desde 1935 haciendo contraespionaje contra Francia, había estudiado en profundidad la historia francesa y contaba con unos treinta agentes que hablaban bien francés. Leyendo a historiadores y poetas franceses,
creía haber adquirido también una comprensión suficiente de las costumbres y tradiciones, así como de los logros culturales del pueblo francés.»
Con esa visión tranquilizadora en mente, Reile se despide de sus hombres, se sube al coche y pone rumbo a París.
El trayecto de Nancy a París atraviesa buena parte del este de Francia.
Al principio, conduce el acompañante de Reile, el cabo Hoffman, lo que permite a Reile disfrutar del paisaje y pensar en lo que le espera.
Al pasar Metz y avanzar hacia el oeste por Verdún y Châlons-sur-Marne, Reile toma el volante.
¡Qué placer conducir por Francia en un glorioso día de comienzos de verano!
Casi parece estar de vacaciones. En su interior resta todavía una pizca de expectación nerviosa ante la idea de entrar por primera vez en esta ciudad, célebre y espléndida.
Reile no lo sabe, pero está en ilustre compañía: dos días después de su llegada, será el turno del Führer de sentir ese mismo estremecimiento cuando por fin cumpla el sueño de toda la vida: visitar la Ciudad de la Luz.
Ya por la tarde, la silueta de París se dibuja por fin en el horizonte.
Al pasar el Bois de Vincennes y entrar en el centro histórico, Reile queda impresionado por el vacío de la ciudad.
No hay bocinazos, ni taxistas, ni furgonetas de reparto.
Las tiendas están cerradas, los cafés, clausurados.
Con un plano de París en la mano, Reile y Hoffman se orientan rápidamente y ponen rumbo al boulevard Raspail.
Se detienen frente a la elegante fachada; Reile sale con brío del coche, muestra sus credenciales a los guardias apostados fuera y entra en el Hotel Lutetia.
El coronel Rudolph recibe a Reile como a un viejo conocido y se apresura a ponerlo al corriente de la situación y de las tareas de la Fuerza de Defensa de París.
Reile admira a Rudolph y lo describe como un «caballero seguro de sí mismo», antiguo oficial de caballería con gran experiencia, profesional y a la vez accesible: «En su trato oficial, tanto con superiores como con subordinados, siempre era claro y conciso. En las conversaciones personales,
en cambio, apreciaba las bromas y el humor.»
A esas virtudes se suma su apariencia: «El coronel Rudolph tenía buen aspecto», escribe Reile con admiración.
Con cuarenta y cinco años, mide «alrededor de 1,80, rubio, de ojos azules y de constitución robusta».
[36] Al ver una fotografía de Rudolph tomada justo después de la guerra, uno se pregunta si Reile le atribuye rasgos arios que en realidad no tenía, pues resulta evidente que el coronel tenía el cabello oscuro.
Su complexión robusta se describe con menos cortesía como «rechoncha» o fruto de una «tendencia a engordar» en informes británicos, donde también se lo califica, según los casos, de «distinguido», con aire de «oficial arrogante», con un «rostro de caballero y muy agradable» o,
de manera menos benévola, como poseedor de un Gourmandgesicht, un «rostro de comilón» o «aficionado a la buena mesa».
[37] La fotografía de posguerra muestra a un hombre que ya no está grueso: no cabe duda de que la temporada pasada en una prisión nazi, tras el atentado de julio de 1944 contra Hitler, seguida de los acontecimientos del final de la guerra,
puso fin a la lozanía adquirida durante su cómoda estancia en París.
El coronel Rudolph interrumpe sus comentarios para pedir champán a uno de los empleados franceses que se mantienen discretamente cerca.
Antes de que Reile tenga tiempo de reflexionar sobre ese lujo inusitado, Rudolph alza la copa para brindar por su salud y por su exitosa cooperación.
Asegura a su «querido Reile» que le dejará las manos libres en el terreno de la contrainteligencia.
«Pero antes», añade, «le espera una misión especial».
El ejército alemán ha incautado gran cantidad de documentos secretos en diversas ciudades y pueblos franceses.
La primera tarea de Reile será reunir esos documentos, analizarlos y evaluarlos.
De momento sólo tiene a una persona para ayudarle, pero vienen más unidades en camino.
«Instálese cómodamente en las dos habitaciones que le he reservado. Esta noche cenaremos juntos», concluye Rudolph.
Mi chófer ya había encontrado dónde alojarse.
Así que pude dejar que el personal francés del hotel me condujera a mis habitaciones.
Estaban en la tercera planta del Hotel Lutetia.
Ofrecían una vista magnífica de media París, especialmente del Barrio Latino.
Me quedé un rato contemplando ese panorama, hipnotizado.
Cuando miré alrededor, vi que las habitaciones estaban amuebladas con todas las comodidades, incluso con lujo. [38]
A Reile le resulta todavía más grato poder darse un baño largo y reparador: «Después de las agitadas semanas de la campaña, en las que a menudo había pasado la noche en casas medio destruidas o inhóspitas, me parecía casi incomprensible que ahora estuviera alojado en un entorno tan palaciego.
Por supuesto, entonces no tenía ni idea de que iba a vivir en esas habitaciones durante cuatro años.»
Manos a la obra
A la mañana siguiente, Reile se instala en su despacho, en la habitación contigua a su dormitorio (la número 350), y le presentan al capitán Leyerer («esbelto, elegante, vivaz, lleno de brío»), un antiguo policía familiarizado con el trabajo de inteligencia y entusiasta de los casos «espinosos».
Reile le pide a Leyerer que haga una lista de todos los edificios de París en los que se hayan puesto a salvo documentos secretos, con la intención de visitarlos al día siguiente para hacerse una idea precisa de la cantidad de material escrito de cuyo almacenamiento y análisis va a tener que
hacerse cargo.
A continuación, Leyerer presenta a Reile al personal de la Abwehr que ya ha empezado a trabajar en París: unos veinticinco oficiales, veinte auxiliares femeninas y veinte o treinta oficiales subalternos, además de operadores de radio, chóferes y otros asistentes.
Con el tiempo, habrá más de un centenar de miembros de la Abwehr alojados en el hotel, ocupando casi todas las habitaciones.
A los oficiales y al personal operativo se les asignan estancias en las plantas inferiores, mientras que los ordenanzas, los correos y los chóferes viven en la séptima planta, la más alta.
Los oficiales superiores como Reile disponen de dos habitaciones: una hace las veces de dormitorio y la otra de despacho, donde una secretaria se sienta ante un escritorio con una máquina de escribir y se ocupa de las tareas administrativas.
En otras zonas del hotel se disponen despachos especializados con cajas fuertes, máquinas de escribir, teléfonos y radios.
Por lo demás, de momento todo es bastante normal, al menos a ojos de Reile.
Sin embargo, y en lo que respecta a las condiciones de alojamiento, el oficial se queda atónito al descubrir que las medidas adoptadas por el coronel Rudolph «se desviaban enormemente de las costumbres habituales en Alemania y me parecían cuestionables».
Todo el personal de servicio, incluidos los cocineros, los camareros, los ordenanzas y las doncellas, es francés.
El coronel Rudolph ha permitido que setenta y cinco miembros del personal local conserven su empleo, casi un tercio del total de la plantilla previa al estallido de la guerra.
Dado que la mayor parte del personal alemán vive en el hotel y hace allí sus comidas, a Reile aquello le parece no sólo algo insólito, sino un grave riesgo para la seguridad.
El gerente, el imperturbable Marcel Chappaz, también permanece en su puesto y, durante los cuatro años siguientes, desempeñará la delicada tarea de actuar como intermediario entre los ocupantes y su personal.
La inquietud de Reile no tarda mucho en desvanecerse. Tan sólo dos días más tarde de llegar a París ya está fascinado:
Los camareros franceses nos atendieron en el gran comedor con la máxima cortesía, como si fuéramos los huéspedes más agradables.
Tuve la impresión de que el gerente del hotel y su personal estaban deseosos de demostrarnos lo que entendían por buena cocina francesa y comida casera.
El almuerzo estaba preparado con pericia y los vinos y el champán, que nos ofrecían a precios ridículamente bajos, eran de una calidad excelente. [39]
Esos precios «ridículamente bajos», sólo son posibles, por supuesto, porque son los propios alemanes quienes han fijado el tipo de cambio.
El personal invisible cocina, limpia, abre puertas, barre suelos, prepara comidas y sirve bebidas.
Desayuno, comida, cena. A veces, a los oficiales superiores se les sirve en sus habitaciones; las bebidas se anuncian con un discreto golpe en la puerta.
Y la respuesta, en medio de una carcajada: ¿es entrez, o Herein?
Rudolph y Reile, orgullosos de su destreza lingüística, sin duda se dirigen al personal del Lutetia en francés, pero ¿y los demás?
¿Llegan a aprender alguna vez los rudimentos necesarios para comunicarse con un personal tan diestro que, al poco, los hombres y mujeres de la Abwehr olvidan incluso que están allí?