Hotel Exilio Ciudad abierta
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Ciudad abierta

Para el 13 de junio, París está desierta.

Las tiendas tienen las persianas echadas; las oficinas están cerradas.

Las calles, antes atestadas del gentío que intentaba escapar, ahora guardan silencio.

Ante la amenaza de conquista inminente, la capital ha sido declarada «ciudad abierta».

Según el derecho internacional, ello significa que no será defendida.

En la madrugada del 14 de junio de 1940, la infantería alemana entra en París y se dirige hacia el centro: una inmensa columna de tropas motorizadas.

Primero, motocicletas con sidecar y conductores con gabardinas de cuero; luego, vehícu­los blindados y tanques.

Tras las persianas cerradas, aquellos que están despiertos escuchan el grave retumbar del asfalto que anuncia la llegada del conquistador enemigo.

Son, sobre todo, mujeres, ancianos y niños.

Los hombres se han ido a luchar y quién sabe cuándo volverán, si es que lo hacen.

Una taza de café tiembla sobre el platillo; un perro gimotea, percibiendo la extrañeza, el peligro, el cambio.

Incluso los pájaros han enmudecido. El bombardeo de los depósitos de combustible en el estuario del Sena ha creado una enorme nube negra y aceitosa que ha vaciado el cielo de aves. [24]

Aunque Francia aún no ha capitulado formalmente, el general Kurt von Briesen no puede resistirse: en vez de bordear la capital, encabeza a sus hombres en un improvisado desfile de victoria que recorre los Campos Elíseos, con banda de música incluida.

Von Briesen recibe el saludo de sus hombres a lomos de su caballo, asintiendo y sonriendo, encantado.

«Bien hecho, muchachos, bien hecho.» Para el Ejército alemán no se trata de una victoria cualquiera, supone el borrado de una humillación pasada: lavar la mancha y el dolor sufridos en 1918.

Y entrar así en la célebre ciudad, no entre humo y disparos, sino libremente, sin oposición...

Y, sin embargo, hay algo en la naturaleza de esta entrada, en la facilidad casi indecente con que se produce...

que recuerda a la de un hombre que amenaza a una mujer con golpearla si no le deja entrar en su casa.

De forma inesperada, ella abre la puerta y se aparta con un gesto desdeñoso: entra, toma lo que quieras, es tuyo. Ella cede, pero el desdén permanece.

En la orilla izquierda, ajeno a los invasores que atraviesan la ciudad, el personal de madrugada del Hotel Lutetia sigue limpiando, puliendo, colocando los platos del desayuno. Los cocineros preparan el café; el panadero saca del horno una hornada de cruasanes.

A media mañana ya ondean esvásticas en los edificios públicos.

En el Hôtel Crillon, el gobernador militar provisional de París, el general Von Studnitz, recibe al jefe de la policía parisina y al prefecto de la región del Sena ofreciéndoles champán francés, que éstos aceptan con cortesía.

Al otro lado de la calle, la embajada estadounidense mantiene una neutralidad incómoda, mientras que la embajada soviética en la rue de Grenelle debe acoger a los alemanes como aliados. [25]

Hacia el exilio

Con su carta de dimisión aún sin enviar y las tropas alemanas acercándose al Loira, el general De Gaulle sigue al Gobierno en su retirada hacia Burdeos.

[26] Allí encuentra al primer ministro Reynaud dispuesto en apariencia a trasladar el Gobierno al norte de África.

Aferrándose a esa última esperanza de evitar un armisticio, De Gaulle se ofrece a emprender un último viaje relámpago a Londres para discutir el traslado de tropas francesas a través del Mediterráneo.

Como no hay ningún avión disponible, conduce todo el trayecto, cruza a Plymouth de madrugada y llega a Londres al amanecer del día 16 de junio.

Llega demasiado tarde: mientras se instala en el Hyde Park Hotel descubre que, entretanto, Reynaud ha cedido a las presiones de Pétain y de Weygand y ha preguntado al Gobierno británico cómo respondería si Francia tanteara con Alemania la posibilidad de firmar un armisticio.

De Gaulle regresa de inmediato a su país, esta vez en un avión británico.

Las discusiones que siguen son amargas pero breves: Reynaud prefiere la opción de combatir desde el extranjero; Pétain no se apea de su postura de que es mejor firmar un armisticio y quedarse en Francia.

Obligado a elegir entre dos opciones desagradables, el gabinete elige la segunda.

Reynaud dimite y el presidente de la República, Albert Lebrun, llama al mariscal Pétain para formar gobierno.

A la mañana siguiente, De Gaulle hace un par de maletas, reúne una pequeña suma de francos y parte hacia Londres en el mismo avión en el que llegó el día anterior.

[27] Con las prisas, se olvida en el Lutetia un baúl militar, que el personal del hotel guarda en el sótano, junto con los objetos perdidos, a la espera de su regreso.

Mientras el avión sobrevuela La Rochelle y Rochefort, De Gaulle ve barcos en llamas, alcanzados por las bombas alemanas.

Luego pasan sobre Paimpont, donde su madre yace enferma.

Sólo cuando llega a Londres y se ve en la necesidad de buscar dónde vivir, empieza a calibrar la magnitud de lo que ha hecho: «Solo y despojado de todo, me vi a mí mismo como un hombre al borde de un océano que esperaba cruzar a nado...»

Charles de Gaulle ha dejado atrás su hogar, su país y su familia para tomar las armas en una lucha que su Gobierno ya ha dado por perdida.

Solo, en una ciudad que no conoce, con apenas contactos y escaso dominio del inglés, incapaz de apoyarse en la diplomacia francesa, De Gaulle se dispone a liderar allí donde, por el momento, pocos están dispuestos a seguirlo.

El general, alto, distante y sobresaliente, se sienta en su habitación de hotel londinense y contempla su exilio autoimpuesto.

Conquistadores

Ahora entra en escena otro elenco de personajes.

Llegan como conquistadores a ocupar la ciudad, sus casas, sus hoteles.

¿Cómo escribir sobre ellos? Son seres humanos, al fin y al cabo.

Pero es por ellos, y por lo que representan, por lo que está ocurriendo todo esto.

Los dramas del «antes» y el «después» son consecuencia de una ideología puesta en práctica por el pueblo alemán, cuyos representantes están ahora aquí, en París, vestidos de gris campaña y con botas altas negras de cuero,

recorriendo los pasillos alfombrados de los hoteles franceses con el aire de los nuevos propietarios que inspeccionan una adquisición reciente.

En cuestión de días, el rostro de París se ha transformado: por todas partes se levantan señales para dirigir el tráfico militar.

Los relojes se adelantan una hora para ajustarse a la hora alemana.

Se impone el toque de queda. La maquinaria del gobierno militar, enorme y compleja, necesita edificios, personal, vehículos, suministros.

Necesita hospitales, prisiones, cantinas, cuarteles, servicios bancarios y telegráficos.

París es tan vital para el Reich que aquí se replica cada elemento del gobierno militar y civil existente en Berlín.

¡Y qué opciones ofrece esta ciudad sublime!

¡Tantos edificios espléndidos, tanta historia, tanta elegancia y estilo!

El personal del intendente general compite por seguir el ejemplo del general Von Studnitz y se apresura a requisar los mejores hoteles de la ciudad.

Las primeras direcciones en ser capturadas corresponden a los distritos más elegantes de la margen derecha: el primero, el octavo y el decimosexto arrondissement.

[28] El mando logístico militar del Gran París ya se ha adueñado del célebre Hôtel Crillon, en la place de la Concorde; el comandante del Gran París se instala en el Meurice, muy cercano; el Estado Mayor se queda con el George V; y el alto mando militar en Francia,

encabezado por el general Otto von Stülpnagel, se encapricha del Majestic, próximo al Arco de Triunfo, donde se instala junto con los servicios de propaganda y censura.

La embajada alemana permanece en la rue de Lille, donde pronto instalan al antiguo profesor de arte Otto Abetz como embajador alemán en París, un cargo que debería resultar redundante en un país ocupado, pero ése es el territorio de Von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores,

quien no quiere quedarse fuera del reparto.

Las distintas ramas de la policía alemana presentan una profusión de siglas desconcertante para los franceses, quienes, aunque todavía no iniciados, no tardarán en descubrir las sutiles pero importantes diferencias entre las ss, el sd (el Sicherheitsdienst, el servicio de inteligencia de las ss),

la Gestapo (policía secreta) y la Geheime Feldpolizei (gfp, policía militar secreta).

Las actividades de estos cuerpos exigen algo más que un edificio público: precisan direcciones discretas, delegaciones, sótanos, garajes para sus flotas de coches negros.

Para los parisinos, el edificio que acabará simbolizando su presencia está en el número 11 de la rue des Saussaies, antigua sede de la Sûreté nationale (la Dirección de Seguridad Nacional).

Y esa otra dirección infame, la avenue Foch, en uno de cuyos extremos el sd se ha apoderado de tres edificios, cerca de la Porte Dauphine: los números 72, 82 y 84.

Los parisinos se referirán a todas o a cualquiera de estas direcciones como «cuartel general de la Gestapo».

Los altos cargos de esos servicios suelen preferir la discreción de un piso o una casa que sus propietarios, a menudo británicos o judíos, han dejado vacíos.

Neuilly es un lugar predilecto, aunque también sirven los grandes apartamentos del centro.

Y así, los grandes hoteles de París dejan de ser accesibles para los franceses.

En vez de porteros, ahora hay soldados custodiando las entradas.

En toda Francia se repite la escena: la entrada de los vencedores en las plazas de pueblos y ciudades, la requisa de edificios, el izado de la bandera nazi.

La sección Lutetia

Marcel Weber está subiendo desde la bodega para ver al director cuando los ve por primera vez: hombres y mujeres con uniformes grises, deambulando libremente por el hotel.

«¡No dábamos crédito a lo que veíamos!» Sin anuncio, sin aviso, nada.

«No se oía el sonido de las botas; era más bien como estar en una película muda.»

[29] Y ahí está el propio Chappaz, en el vestíbulo, saludando a un oficial alemán con la cortesía formal con que saluda a cualquier huésped.

El Hotel Lutetia queda algo apartado del centro del poder nazi en París.

Es apropiado, pues, que lo requise la Abwehr, el servicio de inteligencia del Ejército alemán, una organización que a su vez se sitúa incómodamente en los márgenes del régimen nazi.

Al frente está una figura compleja y controvertida: el almirante Wilhelm Canaris, francófono y connoisseur de la alta cocina, un nacionalista alemán que acabará en un campo de concentración; un hombre que terminará enviándose a sí mismo a un exilio irreversible.

Pese a los rumores de que escogió el hotel por su papel como centro de la resistencia alemana contra el nazismo, en realidad el principal interés de Canaris por el Lutetia es su ubicación: la orilla izquierda de París siempre se ha asociado a artistas e intelectuales,

un grupo social de probada orientación antinazi.

Instalar la Abwehr en medio de ellos tiene sentido.

No hay una diferencia inmediatamente perceptible en el modo en que el señor Chappaz saluda a los nuevos «huéspedes».

Un cliente es un cliente, al fin y al cabo.

Pero quienquiera que preste atención a la conversación, advertiría al instante que ya no es Chappaz quien manda en este establecimiento, sino el robusto hombre de mediana edad y botas relucientes, que, con aire orgulloso, hace gala de un excelente francés mientras imparte órdenes sobre alojamiento,

mobiliario y comida. La realidad ha cambiado.

«Así que era verdad: estaban allí. Uno de ellos me preguntó enseguida qué había para comer.»[30]

El coronel Friedrich Rudolph es uno de los oficiales más experimentados de la Abwehr.

Está en el servicio desde 1924 y desde 1935 ha estado al mando de la llamada Ast (de Abwehr­stelle, «oficina de la Abwehr») en Fráncfort, y dedicado al espionaje militar en el sur y el este de Francia.

[31] Cuando recibe la orden de viajar a París para asumir el mando de la Alst (de Abwehrleitstelle, «jefatura de la Abwehr») Frankreich, el nuevo centro de mando de la organización en Francia, Rudolph deja su puesto en Colonia y llega al Lutetia el 15 de junio de 1940,

varios días antes de la capitulación oficial francesa.

Si Weber y el resto del personal del Lutetia se asombraron por la repentina presencia de alemanes uniformados en su establecimiento, debieron de quedarse boquiabiertos ante la rápida transformación impulsada por el coronel Rudolph,

quien sin demora se pone a reorganizar el hotel para que sirva no sólo como alojamiento del personal de la Abwehr, sino como lugar de trabajo.

El primer cambio es hacer el edificio inaccesible al público: se cierran la pastelería y la brasserie; las ventanas a nivel de calle se cubren con ramas de árbol; se coloca un vallado metálico sobre la fachada y la entrada principal.

Algunas salas de banquetes se destinan a almacenes o salas de reuniones; se instala una centralita; la sala de correo se convierte en dormitorio y refectorio de los soldados que custodian el hotel.

El Salón Presidencial —la misma sala donde otro grupo de alemanes celebró sus reuniones hace apenas un par de años— servirá como comedor de oficiales.

Empieza a llegar personal: secretarias, radioperadores, administrativos, además de oficiales superiores de la Abwehr que acuden para hacerse cargo de los tres departamentos que funcionarán desde el hotel.

La sección Lutetia se organizará siguiendo los principios de la Abwehr en tiempos de paz y constará de tres secciones principales: el Grupo i, servicios de información, tiene la tarea de efectuar reconocimientos militares en territorio enemigo, por el momento sobre todo en Inglaterra.

[32] Al frente de este grupo se encuentra el mayor Alexander Waag, sobrino del almirante Canaris.

El Grupo ii, responsable de guerra psicológica, sabotaje y subversión en territorio enemigo, carece en ese momento de personal.

En línea con todas las unidades de la Abwehr en Alemania, el Grupo iii es el que cuenta con más efectivos.

El mando general lo ostenta el capitán de fragata Langendorf.

El hombre elegido para dirigir la subsección iiif, encargada de la tarea crucial de la contrainteligencia militar, es el coronel Oscar Reile.