Hotel Exilio Jesús montado en un burro
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Jesús montado en un burro

Cuando se trasladó al sur con su escuela, Maria Jolas dijo a todos sus amigos que, si las cosas se torcían, fueran a reunirse con ella en Saint-Gérand-le-Puy.

[21] Tendrá tiempo de lamentar la despreocupada generosidad de aquella invitación, formulada durante los calmos meses iniciales de la guerra.

Hasta ahora, Jolas había llevado una existencia apacible en el pueblecito, junto con su menguante grupo de alumnos, sus hijas y, como compañía adicional, los tres Joyce: James, Nora y el pequeño Stephen.

Pero ahora aparece primero Giorgio Joyce, que quiere hacerse pasar por profesor italiano con la esperanza de evitar la movilización. Luego llegan los Léon, Lucie y Alexis; y, al día siguiente, Paul, quien arriba en una carreta de madera tirada por un burro.

—¡El Señor Jesucristo entró en Jerusalén montado en un burro! —grita, mientras su familia corre a recibirlo.

—Sí, pero llevaba una túnica blanca y el camino estaba cubierto de flores —le recuerdan.

—Bueno, y en cualquier caso era un asno blanco —añade Lucie, pragmática—. Y más te vale darte un baño.

Los siguen otros amigos de París, y amigos de amigos a quienes Maria ofreció hospitalidad con la misma ligereza.

En el pueblo hay además unos cincuenta refugiados que fastidian al resto comprando cuantos cepillos de dientes, útiles de afeitar y ropa interior hay disponibles.

Maria se ve obligada a hacer encaje de bolillos para alojar a la multitud: los Léon se instalan en el Hôtel du Commerce, que ella venía utilizando para dar cobijo a algunos de sus chicos, quienes han de trasladarse a una granja cercana.

Los Joyce dejan su pequeño piso para reunirse con los Léon en el hotel, pero entonces Maria tiene que desalojar el château que había servido como edificio principal de la escuela, lo que obliga a los Léon a salir del hotel para hacerle sitio a ella,

aunque también encuentran una habitación disponible en una granja cercana.

Es 17 de junio de 1940. El ambiente es inesperadamente alegre, pero nadie sabe muy bien qué hacer. Hay que tomar decisiones, y pronto. Irse o quedarse. En caso de irse, ¿adónde ir? En el de quedarse, ¿cómo hacerlo?

Por las noches, los amigos se reúnen en el comedor del hotel para escuchar las noticias en una radio antediluviana.

El general

El señor Chappaz recibe como a un habitual al general de aspecto patricio y andares rígidos que entra en el vestíbulo del Lutetia y acompaña al huésped de honor hasta el mostrador con el fin de registrarlo para una estancia de...

¿cuánto tiempo? ¿Quizá unos días? ¿Tal vez más?

En las circunstancias actuales, es difícil saberlo.

Mientras el gerente asegura al caballero que la habitación está a su entera disposición por el tiempo que desee y ordena a un mozo que suba el equipaje, es posible que Chappaz advierta el aire distraído y el paso apresurado del desgarbado general, que ahora se dirige hacia el ascensor.

Quizá recuerde una versión más joven de aquel hombre, de cuando vino en 1921 a pasar su noche de bodas en el Lutetia con su recién estrenada esposa, camino de su luna de miel en Italia.

Unos minutos después, Chappaz observa cómo el hombre baja deprisa por las escaleras, ya sin equipaje, atraviesa el vestíbulo y desaparece por las puertas giratorias.

Durante las dos semanas siguientes, el personal del Lutetia no verá mucho más al recién ascendido general de brigada Charles de Gaulle mientras se entrega en cuerpo y alma a la tarea de intentar convencer al Gobierno francés de que no firme un armisticio con Hitler.

Todos en el Gobierno saben que la derrota de Francia es inevitable, pero no así un armisticio.

Charles de Gaulle, de cuarenta y nueve años y recién ascendido no sólo al rango de general de brigada sino también a un cargo menor en el Gobierno, cree con fervor que la lucha contra la Alemania nazi puede continuar desde el extranjero.

Su convicción no la comparten los viejos generales de Francia: el comandante en jefe de las fuerzas francesas, el general Maxime Weygand, de setenta y dos años, y el héroe de guerra, el mariscal Philippe Pétain, de ochenta y tres.

Las sangrientas pérdidas de la Gran Guerra pesan sobre los hombros de estos ancianos, acosados por el espectro de la juventud diezmada de Francia.

Nunca más. Mejor ser conquistados que aniquilados.

No, nunca más. El argumento de De Gaulle: los gobiernos de Bélgica, los Países Bajos y Polonia han elegido el exilio. Que Francia haga lo mismo.

De Gaulle se reúne con el primer ministro británico, Winston Churchill, tres veces en el espacio de una semana.

La noche anterior a su primera visita logra sacar tiempo para telefonear a su hijo Philippe, de dieciocho años —estudiante del cercano Collège Stanislas—, e invitarlo a cenar en el Lutetia.

[22] Durante la cena, el padre informa al hijo de la muerte en combate de su primo, habla poco de sus propias hazañas militares y le ordena a Philippe que él y su hermana Elizabeth, también escolarizada en París,

viajen de inmediato para reunirse con su madre y su hermana Anne en la región del Loiret, al sur de París, antes de seguir ruta hacia Bretaña.

A las objeciones de Philippe —quien aún no ha sido movilizado, pero está recibiendo instrucción militar y espera poder defender a su país—, De Gaulle padre responde con severidad que no ganan nada quedándose en la capital.

Mucho mejor, insiste, huir ahora para poder luchar más adelante.

«Por el momento, y esto es una instrucción formal en la que insisto, no permitas que te alcance el enemigo bajo ninguna circunstancia. De lo contrario, acabarás detrás de una valla de alambre de espino, como los jóvenes que aún no habían sido movilizados en los países invadidos en 1914.»

Durante la primera visita de De Gaulle a Londres, el 9 de junio, Churchill queda impresionado por el vigor del general, hasta cierto punto joven, que contrasta vivamente con el derrotismo que impera entre los dirigentes franceses.

[23] Pero, a la mañana siguiente, ya en París, De Gaulle despierta en su habitación del hotel con la noticia de que los alemanes están a punto de llegar a la capital.

Su argumento de que la ciudad debe defenderse cae en saco roto: el Gobierno ha huido.

Aquella noche, él también abandona París, en compañía del primer ministro Paul Reynaud, y pasa los días siguientes conduciendo para ir a ver a los diferentes ministros, que se han instalado a la carrera en castillos salpicados por la región del Loira.

La comunicación es difícil, casi imposible; los refugiados colapsan las carreteras.

Con el Gobierno huido, nada contiene el pánico de la población.

En su segunda reunión con Churchill, esta vez en Francia, en el château de Muguet, cerca de Briare, De Gaulle escucha a los dirigentes de su país exponer la situación desesperada del ejército francés.

Más tarde, en una reunión aparte, el general Weygand declara que desea un armisticio.

Esa noche, De Gaulle redacta una carta de dimisión que todavía no envía.