Hotel Exilio La ratonera
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La ratonera

El pánico provocado por el avance alemán afecta a todos, y más aún a los internados de un campo lleno de exiliados alemanes antifascistas, muchos de ellos judíos.

Una delegación, encabezada por Lion Feuchtwanger, se acerca al comandante del campo de Les Milles para rogarle que actúe antes de que sea demasiado tarde: hay miles de alemanes allí que corren un peligro mortal si caen en manos de los nazis, le explican.

Si los capturan, los enviarán a campos de concentración.

Intentan convencer al comandante de la necesidad imperiosa de alejar a esos hombres tanto como sea posible del Ejército alemán. [19]

Dado el caos general que reina en la administración francesa, resulta aún más sorprendente que las súplicas de Feucht­wanger —respaldadas por la capacidad persuasiva de va­rios abogados alemanes internados también en el campo— consigan que el comandante actúe.

Un cálido día de comienzos de junio de 1940, unos dos mil hombres —entre ellos Lion Feuchtwanger, Alfred Kantorowicz y el artista Max Ernst— reciben la orden de subir a un tren organizado por las autoridades francesas.

El tren debe llevarlos a lo largo de ochocientos kilómetros desde Les Milles, en Provenza, hasta Bayona, en la costa atlántica, donde tendrán que arreglárselas para continuar viaje por su cuenta e intentar salir de Francia.

El tren viaja hacia el oeste a paso de caracol, bajo una lluvia torrencial, los hombres hacinados en vagones de ganado, sin retretes y con escasa comida.

Cuando por fin se acercan a su destino, el convoy se detiene.

Se filtra la noticia de que les boches avanzan hacia Bayona.

Se desata un pánico a cámara lenta. El tren pega una sacudida y comienza a circular marcha atrás, deshaciendo el camino.

En ese momento, muchos de los pasajeros pierden la fe en este «rescate» francés y deciden escapar por su cuenta, a pie, hacia España o Marsella.

Lion Feuchtwanger se queda. Es, por naturaleza, un hombre prudente; a los cincuenta y seis años ya no es joven; tiene hábitos asentados; es un autor de éxito internacional cuyos medios económicos han amortiguado hasta ahora las penurias del exilio.

Los siete años que ha pasado en una espaciosa villa del sur de Francia con su esposa y la compañía de amigos quizá no hayan sido ideales, pero no ha sufrido el hambre, ni el frío, ni las enfermedades, ni la miseria.

No logra decidirse a emprender la huida hacia lo desconocido sin los documentos de tránsito, fundamentales, que en esos instantes guarda el maquinista.

Cuando, en una de las frecuentes paradas del tren, Alfred Kantorowicz trepa al vagón de Feuchtwanger para decirle que piensa aprovechar la próxima oportunidad para lle­gar a Marsella, Feuchtwanger garabatea una nota al vicecónsul estadounidense Hiram «Harry» Bingham,

con la débil esperanza de que éste pueda hacer algo para ayudarlo. [20]

Finalmente, los internados que siguen en el tren acaban en un campo provisional en una colina cerca de Nimes, donde descubren que los boches en cuestión son, en realidad, ellos mismos: alguien, con buenas intenciones, había avisado a Bayona de la llegada de dos mil internados alemanes,

para que prepararan comida y suministros.

En mitad del pánico general, el mensaje se había malinterpretado y deformado hasta convertirse en un «que vienen los alemanes».

Los hombres trepan por el sendero polvoriento bajo el calor de principios de verano; los mayores se detienen cada pocos metros para descansar.

Algunos abandonan el equipaje; otros cargan con grandes e incómodos cartones bajo el brazo.

Son los pintores y artistas gráficos —Max Ernst entre ellos—, reacios a separarse de los dibujos que han realizado durante su estancia en Les Milles.

Kantorowicz aprovecha el momento para escabullirse entre los matorrales rumbo a Arlés.

«Mi equipaje era ligero. Me había puesto mi mejor traje, el más resistente, pero hacía demasiado calor para la época del año. Enrollé unas camisas, algo de ropa interior y cosas de aseo en un abrigo y me colgué el bulto del hombro con una cuerda recia.»

En el nuevo campo, otros —más jóvenes y audaces— preguntan constantemente a Feuchtwanger por qué opta por permanecer con un convoy gestionado con incompetencia.

Feuchtwanger comprende que, pese a todas las privaciones sufridas en los últimos meses, en el fondo de su mente persiste una convicción inquebrantable: en alguna parte del mundo —en Estados Unidos, en Gran Bretaña o en Francia— un editor, un agente,

un admirador fiel estarán moviendo hilos para ayudarlo, para organizar el rescate del autor y sacarlo de aquel país-ratonera que tanto había amado.

Estar al aire libre en el sur de Francia en junio no resulta en absoluto desagradable.

Cerca del campamento improvisado hay un hermoso lugar para bañarse y un restaurante que sirve buena comida francesa.

Un día de junio, Feuchtwanger y unos amigos deciden ir al restaurante: pasan la mañana bañándose y luego se retiran a la sombra para disfrutar del excelente almuerzo que les prepara el dueño.

No es una comida frugal. Un plato de entremeses variados, seguido de un primer plato de pescado, un plato principal de pintada con ensalada y patatas, y luego, postre, fruta y quesos.

Cada plato va acompañado de vino (un Alsacia ligero, un Borgoña fino, un argelino pesado) y los comensales rematan con café y coñac.

Durante la comida, hablan de política, literatura y cocina francesa; el dueño se suma a la conversación con opiniones políticas que, a juicio de Feuchtwanger, son «considerablemente más sensatas que las que habían sostenido todo este tiempo los principales políticos profesionales franceses».

Después del almuerzo, los invitados echan la siesta en un prado cercano.

Pero Feuchtwanger no puede dormir. Tras meses de privaciones y un reciente y atroz episodio de gastroenteritis, ésta es la primera comida en muchísimo tiempo en la que ha podido saciar su apetito y beber alcohol a placer.

El resultado es indigestión y dolor de cabeza.

Al final, un amigo y él deciden volver andando al campamento, y dejan al resto del grupo dormido sobre la hierba.

En el camino de regreso, Feuchtwanger se encuentra con una conocida que, resulta evidente, lo estaba esperando.

«Me dijeron que habías ido a bañarte», le dice con prisa. «Tengo noticias de tu esposa.» La mujer le entrega una carta, instándolo a que la lea de inmediato.

Las instrucciones de su mujer son breves y directas: «Haz lo que te digan», le escribe en francés. «No pierdas el tiempo con dudas.»

Su conocida señala un coche elegante que se ha detenido al borde de la carretera. De él baja un joven impecablemente vestido, con traje blanco y guantes calados. Feuchtwanger lo reconoce: Miles Standish, vicecónsul estadounidense encargado de visados.

«Por favor, no haga preguntas», dice el joven, en inglés.

Feuchtwanger vacila, consciente de su raída camisa de manga corta, sus pantalones remendados y sus sandalias de suela de goma.

«Suba», insiste Standish. «Encontrará un abrigo en el coche.»

Feuchtwanger duda otra vez. El amigo que lo acompañaba desde el restaurante retrocede un paso; comprende lo que está a punto de ocurrir: éste es el momento de huida de Feuchtwanger, no el suyo. Se estrechan la mano, se despiden deprisa y el escritor sube al vehículo.

En la parte trasera hay un abrigo de mujer con un broche inglés, unas gafas oscuras y un chal de colores. Standish le indica que se ponga la ropa, y arranca a toda velocidad.

Cuando la policía detiene el coche, camino de Marsella, Standish declara que la anciana inglesa sentada detrás es su suegra.