Hotel Exilio El derrumbe
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El derrumbe

París está en silencio. El tiempo es cálido.

Un ambiente de expectación gravita sobre la ciudad.

El 10 de mayo de 1940, el Ejército alemán ha invadido Bélgica, Luxemburgo, los Países Bajos y Francia.

Luxemburgo cae casi de inmediato, seguido rápidamente de Holanda y de Bélgica.

El hechizo de la Línea Maginot se ha roto: al Ejército alemán le ha bastado con rodearla y ha penetrado en Francia a través de la frontera belga.

En silencio, deprisa, la gente empieza a hacer el equipaje, amarrándolo al techo de los coches, y se escabulle rumbo al sur.

Aún no ha llegado el gran éxodo. Se parece más a una fuga lenta en una tubería abocada a reventar pronto.

A finales de mayo comienzan a llegar oleadas de refugiados procedentes del norte.

En Gran Bretaña, el primer ministro Winston Churchill saca a relucir su mejor oratoria tras la derrota británica en Francia.

Tras su liberación de Le Vernet, Arthur Koestler ha estado viviendo al día en París con su novia, yendo de comisaría en comisaría en busca del papeleo pertinente para legalizar su permanencia en Francia.

Su bloque de pisos está casi vacío. La mayoría de los inquilinos han sido o bien internados en campos o bien movilizados.

Nadie paga el alquiler, así que el casero no se molesta en hacer reparaciones.

Poco a poco, el edificio se detiene. «Primero se estropeó la calefacción central, luego el agua caliente, luego el ascensor [...] Después cortaron el teléfono [...] era como si el rigor mortis fuera apoderándose lentamente de un miembro tras otro.»

[13] Koestler consigue una documentación falsa a nombre de Albert Dubert, un ciudadano suizo, y se alista en la Legión Extranjera con la esperanza de salir de Francia y, de algún modo, llegar a Inglaterra.

La guerra está cerca ya: los bombardeos se vuelven más frecuentes y los proyectiles caen en las inmediaciones.

Con László aún en Le Vernet, Anna Seghers se halla sola con Pierre y Ruth en el piso de Meudon.

[14] Sus caseros se han marchado a Auvernia para cuidar de su sobrino.

Mientras los niños se prueban sus nuevas máscaras antigás, su madre hace una visita apresurada a correos para enviar el manuscrito de su nueva novela, La séptima cruz, a su amigo F.

C. Weiskopf, residente en Nueva York, pidiéndole que le busque un editor.

Por precaución, envía una segunda copia a otro amigo en Estados Unidos, Wieland Herzfelde, y entrega una tercera a Bruno Frei, y una cuarta a un amigo de László. La última se la queda ella.

A mediados de mayo, llega la noticia de que los alemanes están a pocos días de París.

Pierre tiene catorce años y aún lleva pantalón corto; Ruth, doce.

Los siete años de exilio francés son casi todo lo que recuerdan: una existencia tranquila en un agradable barrio residencial parisino, que Anna ha construido con cuidado para ellos sobre las ruinas de su pasado alemán.

Esa tarde se marchan a pie, los tres, portando cada uno una bolsa y una maleta, además de una máscara antigás y una manta.

Pierre lleva su telescopio, porque le encanta.

Caminan un rato y luego hacen autostop, dejando atrás las pesadas e inútiles máscaras.

Encuentran una granja donde un campesino les ofrece una tortilla y un sitio para dormir, sobre paja.

En su intento de llegar a Orleans para cruzar el Loira, se unen a las multitudes de refugiados que avanzan a paso lento hacia el sur, una interminable marea humana en movimiento.

Pierre se encarga de leer el mapa. Eso lo hace sentirse mayor y responsable en parte de su pequeña familia.

Al día siguiente consiguen subir a un tren.

Cada vez que aparecen aviones alemanes en el cielo, el tren se detiene y todos se abalanzan fuera y se tiran al suelo.

La gente maldice al Gobierno francés por abandonarlos.

Una mujer histérica reza a la Virgen, añadiendo «¡Dios salve al rey!» varias veces.

Pasan la noche refugiados en una casa de un pueblo llamado Pithiviers-le-Vieil, donde se comen su última lata de sardinas. A la mañana siguiente, al despertar, ven tanques alemanes que entran en la plaza del pueblo.

El lunes 3 de junio de 1940 caen bombas sobre París por primera vez.

Todos los que pueden abandonan la ciudad.

Los coches aceleran por las calles, con muebles y colchones apilados sobre el techo.

Familias con maletas, cestas, mantas, niños y mascotas atestan el metro y las estaciones.

La Société Nationale des Chemins de fer Français (sncf) ha puesto trenes extra, pero no puede cubrir la demanda.

La gente se ofrece a pagar precios delirantes por un taxi que la saque de la ciudad.

Hay peleas por la gasolina. Nadie piensa con claridad: a todos los posee el deseo urgente de huir de la tormenta que está a punto de desatarse, da igual adónde.

Agarrando lo que pueden cargar, se apiñan en coches diminutos, se sientan en las cajas de los camiones, pedalean en bicicletas, empujan carros.

Un río lento e interminable fluye desde París.

Cifras

Durante el avance alemán sobre Francia, entre seis y diez millones de personas se echaron a las carreteras, en un éxodo masivo desde el norte hacia el sur.

Más de dos millones de ciudadanos huyeron de París. Muchos no regresaron.

Más de 90.000 soldados franceses murieron en combate entre mayo y junio de 1940.

200.000 resultaron heridos.

1.850.000 fueron hechos prisioneros.

Mientras tanto, los exiliados alemanes

Durante la ofensiva alemana, los «extranjeros enemigos» internados al estallar la guerra son internados por segunda vez.

«Fue una jugarreta sucia», se queja Lion Feuchtwanger al recordar el anuncio de que todos los nacionales alemanes —o apátridas nacidos en Alemania— residentes en Francia, hombres y mujeres de entre diecisiete y cincuenta y cinco años, debían presentarse tal día a tal hora en tal lugar.

«Desde hace nueve meses estoy atrapado en esta Francia-trampa, sin poder conseguir un permiso para ir a ninguna otra parte. Y ahora iba a tener que probar un campo de concentración por segunda vez.» [15]

En París, el célebre velódromo cubierto, el Vélodrome d’Hiver, está abarrotado de mujeres de todo tipo cuyo único rasgo en común es su conexión con Alemania: mujeres que llevan décadas viviendo en Francia; francesas casadas con alemanes; empleadas del comercio;

señoras acomodadas que desfilan por el recinto maquilladas a más no poder; intelectuales, artistas y, por supuesto, activistas políticas.

Anna Seghers tiene la suerte de contar con un pasaporte húngaro: eso le permite seguir libre, con sus hijos, pero las demás están todas allí: Babette Gross, Hannah Arendt, una joven antifascista alemana llamada Lisa Fittko,

que recuerda que la última vez que estuvo en el Vel d’Hiv fue en un mitin del Frente Popular, mientras le zumbaban los oídos con los gritos de «¡Aviones, cañones para España!» .[16]

Al cabo de una o dos semanas, trasladan a las mujeres en autobuses a la Gare d’Austerlitz, igual que hicieron antes con los hombres.

Las ventanillas están oscurecidas. En los autobuses hay carteles que rezan «Refugiados de la Zona Restringida (noreste de Francia)», presumiblemente para evitar la posibilidad de que un ciudadano francés vea a esas «enemigas extranjeras», esas boches, y...

¿qué? ¿Que las ataque? ¿Que las insulte al pasar?

Las mujeres viajan apretadas en la oscuridad, el miedo chisporrotea en el ambiente.

Dentro hace calor y cuesta respirar. Las hacen bajar de los autobuses para subirlas a un tren.

Viajan durante horas, hasta el suroeste de Francia, donde por fin llegan al campo de Gurs, construido primero para los republicanos españoles que huían de España.

Ahora envían a esos españoles a Le Vernet para dejar sitio a la avalancha de recién llegadas: todas las mujeres de origen alemán de entre diecisiete y sesenta y cinco años serán internadas allí.

Ese mismo día detienen en Limoges a una pianista alemana llamada Margot Rauch —que antes residía en Berlín y, últimamente, en Italia—, junto con su hija Ruth, bailarina de diecinueve años, y las envían a Gurs. A Marta Feuchtwanger y a Friedel Kantorowicz las detienen en el sur.

El caos de la invasión nazi se ha extendido a cada rincón de la administración francesa: ni los centinelas ni los oficiales de Gurs saben qué hacer, ni siquiera el comisario especial de policía que supuestamente está al mando.

[17] No hay órdenes; de sus superiores sólo llega silencio.

Mientras tanto, siguen entrando camiones nuevos, atestados de mujeres, muchas de ellas refugiadas procedentes de los países vecinos recién conquistados.

Se gritan a través del alambre de espino:

—¿De dónde venís?

—Somos belgas.

—Venimos de Holanda.[18]

Pronto hay más de seis mil mujeres en el campo.

Esta vez se llevan también a los hombres mayores: a Willi Münzenberg lo internan brevemente en un campo en Chambaran, al sur de Lyon.

A medida que se acercan las tropas alemanas, el campo se evacua y los prisioneros emprenden una marcha forzada hacia el sur.

Durante la marcha, la disciplina se desintegra; soldados y retenidos acaban yendo cada uno por su lado.

Willi le dice a un amigo que se dirige hacia los Pirineos para intentar reunirse con Babette en Gurs.

Es la última vez que alguien lo ve con vida.