Mann
Desde su regreso de España, Alfred Kantorowicz vive con su compañera, Friedel, en Le Lavandou, en el sur de Francia.
Cuando se declara la guerra, decide no volver a París, evitando así el destino de sus amigos comunistas, que acaban en Le Vernet.
[8] En lugar de eso, pasa los diez días siguientes con un relativo lujo en unos cuarteles del Ejército cerca de Tolón, antes de que lo envíen al campo de Les Milles, una antigua fábrica de ladrillos cerca de Aix-en-Provence.
Este campo se convertirá en el lugar donde retienen a todos los hombres de origen alemán o austríaco que residen en la Costa Azul.
Kantorowicz agradece que su expediente político siga en París: los funcionarios franceses locales asumen que es uno de esos «refugiados relativamente acomodados» que pueden permitirse exiliarse en el sur de Francia, y pronto queda en libertad.
Kantorowicz está tan contento por su liberación que solicita un salvoconducto —el permiso oficial exigido a los extranjeros en tiempo de guerra— para viajar a Niza a visitar a Heinrich Mann.
Sentados en el despacho de Mann, con las ventanas abiertas, los dos hombres pasan una agradable tarde de otoño hablando de las perspectivas de la guerra: Mann parece «lúcido, aunque no muy optimista».
No da la impresión de estar pensando en abandonar Francia.
Mientras conversan, decenas de pajarillos entran y salen del cuarto, trinan, pían y buscan comida en unas jaulas abiertas que ha colocado Nelly y a las que se han acostumbrado a entrar sin miedo. Mann parece ajeno a ellos.
Después, Kantorowicz aprovecha su salvoconducto para visitar a otros amigos exiliados en Sanary, donde sucumbe a lo que, visto en retrospectiva, reconoce como una forma de autoengaño: «Sin leer mis diarios, nunca habría creído posible el optimismo impío con el que yo, a quien consideraban pesimista,
quería convencer a mis amigos de Sanary de que la victoria sobre Hitler estaba al alcance: farfullaba sobre la posibilidad de estar “de vuelta en casa” al año siguiente.»
Tal como anota, «la memoria tiene vida propia».
Un consuelo frío
James Joyce ha regresado hace poco de Bretaña al piso familiar de la rue des Vignes, en el decimosexto arrondissement.
Se siente tan inquieto y acosado como cualquiera en un momento así, aunque la guerra no es más que un bajo continuo y lejano en la melodía insistente de sus preocupaciones, centradas en su familia, su salud y su obra.
Pobre Joyce: con la vista tan dañada, ya no puede salir a dar sus paseos nocturnos por las calles, que el apagón preventivo al que obliga la guerra vuelve intransitables.
Su vida personal es un embrollo: la salud psicológica de su nuera, Helen, es frágil, y el matrimonio de ésta con el hijo de Joyce, Giorgio, se desmorona; su hija Lucia está en una clínica psiquiátrica en la costa bretona, donde acaba de visitarla, ¿qué será de ella en tiempo de guerra?
Sus amigos, casi todos extranjeros, se marchan de la ciudad.
Y en cuanto a la obra que ha absorbido tantos años de su vida y que debería haber supuesto su coronación...
la crisis internacional ha hecho que la atención del mundo esté puesta en otra parte cuando Finnegans Wake se publica por fin en mayo de 1939.
Peor aún: quienes sí le prestan atención tildan el libro de «disparatado», «impenetrable», la «obra de un demente».
A mediados de octubre, los Joyce regresan y encuentran el edificio de su apartamento casi vacío y la calefacción apagada.
[9] Para Nora, es la gota que colma el vaso dentro de una vida doméstica en desorden constante y creciente.
Con Helen al borde de una crisis nerviosa, James y Nora han asumido el cuidado de su querido nieto, Stephen.
La familia necesita un mínimo de orden, así que deciden dejar su casa helada y refugiarse en el abrazo cálido y familiar del Hotel Lutetia, llevándose consigo a Stephen.
En el Lutetia, Nora no tendrá que cocinar ni limpiar; Joyce podrá recibir a sus amigos en el bar de abajo y tocar el piano allí si le apetece; dispondrán de espacio, vida social y comodidad. Y, sobre todo, habrá calor.
Como París, el Hotel Lutetia está suspendido en una especie de animación detenida.
Cuando termina el servicio, al jefe de cocina a veces le gusta sentarse con el chef caviste (jefe de vinos), Marcel Weber, en el comedor privado que hay junto a la bodega del sótano.
Allí, antes de la guerra, el chef agasajaba a los proveedores, mientras Weber entretenía a los comerciantes deseosos de colocar sus añadas en la distinguida carta del Lutetia.
A veces se les une el director, monsieur Chappaz.
Hablan de la última guerra, cuando despidieron a dos tercios del personal y requisaron habitaciones para oficiales franceses de alto rango.
El Lutetia siguió abierto para atender a los pocos huéspedes que hubiera, aunque dos de sus salones de banquetes se transformaron en hospital de la Cruz Roja.
Se celebraban conciertos para entretener a los soldados franceses, y actos benéficos organizados por señoras acomodadas y bienintencionadas.
¿Será eso lo que les espera de nuevo esta vez? Nadie lo sabe.
De momento, los huéspedes siguen entrando por la puerta giratoria; el conserje los saluda antes de que pasen a recepción para registrarse —formularios blancos para los franceses, verdes para los extranjeros—, requisito de la policía francesa.
«Monsieur y madame Joyce, ah, ¡sí!» Un rostro conocido: el viejo irlandés con gafas de culo de botella y bastón.
«Rellene este formulario, por favor.» El viejo parroquiano se sabe el procedimiento.
Cada mañana, un recadero lleva los formularios a la comisaría.
De vez en cuando se pierde alguno, cuando el personal «olvida» discretamente registrar a un habitual que llega con una mujer que no es su esposa.
Los huéspedes de larga estancia —los sédentaires— se quedan, por ahora.
James Joyce y Samuel Beckett se conocen desde hace más de una década: se encontraron en 1928, cuando Beckett era estudiante de intercambio en la École Normale Supérieure.
Tienen mucho en común, además de la ciudad: ambos estudiaron francés e italiano, aman a Dante y detestan la religión, y están obsesionados con las palabras, los juegos de palabras, las rimas y las canciones;
ambos son de una brillantez intimidante y poseen una desconcertante tendencia a sumirse en el silencio; hábito que los dos comparten con naturalidad, manteniendo conversaciones hechas a menudo de silencios que se dirigen el uno al otro, «impregnados ambos de tristeza: Beckett,
sobre todo por el mundo; Joyce, por sí mismo». [10]
Ahora, mientras Beckett acompaña a Joyce desde el Lutetia, de regreso a la rue des Vignes para recoger unos libros, le toma del brazo con delicadeza al cruzar la calle, porque a Joyce no le gusta que lo traten como si fuera ciego.
Joyce está nervioso, irritable: la crisis entre su hijo y su nuera ha provocado una ruptura con su devoto secretario y amigo, Paul Léon, quien culpa a Giorgio del empeoramiento del estado mental de Helen y se opone a que separen a un niño de su madre.
El erudito y encorvado Léon, ruso de nacimiento, ocupa su puesto junto a Joyce de manera completamente voluntaria: nunca acepta cobrar por su entrega.
[11] Cuando le preguntan por qué, responde: «Así, el día que no me apetezca ver a Joyce, no tengo por qué hacerlo», y añade que eso también significa que es libre de decir lo que piensa. Y a veces lo dice.
La discusión suele empezar con Paul diciendo: «Señor», siempre son formales entre ellos, «creo que está usted completamente equivocado... quiero reñirle... creo que está cometiendo un error...»
Se produce entonces una erupción violenta que no tarda en apagarse.
Ambos se muestran sombríos durante unos días; luego hacen las paces y todo vuelve a la normalidad.
Sin embargo, esta ruptura es seria, porque implica a la familia de Joyce y Joyce no tolera críticas a sus hijos.
En realidad, Joyce depende muchísimo de Léon, que durante más de una década ha sido no sólo su secretario —encargado de lidiar con editores, abogados, contratos, derechos de autor y otros asuntos apremiantes—, sino su amigo más íntimo.
Se produce un pulso entre dos hombres obstinados: Joyce solicita formalmente (por medio de un intermediario) que Léon le devuelva sus contratos editoriales.
Léon, incrédulo, llama a Joyce para confirmar si eso es de verdad lo que desea el autor.
Joyce responde con frialdad que sí. Bien, que así sea entonces, si eso es lo que quiere el viejo.
Léon redacta una carta igual de formal, en la que se compromete a devolver los contratos y pide a Joyce un recibo firmado.
En cierta ocasión también se produjo una ruptura entre Joyce y Beckett, causada por la pasión no correspondida de la hija de Joyce por el joven amigo irlandés de su padre; una pasión que Beckett acabó —algo tarde— por rechazar.
En la rue des Vignes, Joyce salta nervioso, sentado al piano, y canta a pleno pulmón durante media hora.
Durante dos meses, los Joyce viven en el Lutetia, cuidando de Stephen y recibiendo al círculo habitual —aunque cada vez más menguado— de amigos íntimos.
Con Paul Léon en el «rincón de castigo» y otros amigos y colaboradores ya fuera de París, Joyce pasa gran parte del tiempo con su hijo Giorgio y con Beckett, que viene al hotel a leerle en voz alta y a tomar notas.
En noviembre, Joyce decide que deberían mandar a Stephen al campo a vivir con su gran amiga Maria Jolas, para que el niño pueda ir al colegio.
Maria dirige una escuela bilingüe para hijos de estadounidenses expatriados, que debe mantener como sea mientras tenga alumnos.
Por precaución, ha trasladado la escuela a un pueblo cerca de Vichy, llamado Saint-Gérand-le-Puy.
Su marido, Eugene, está en Estados Unidos.
Al aproximarse la Navidad, Maria sugiere a los Joyce que se les unan durante unos días en la campiña.
No puede alojarlos en su casa, pero en el pueblo hay un hotelito agradable, con el optimista nombre de Hôtel de la Paix, y ella y sus dos hijas pueden instalarse temporalmente en el invernadero de la finca que hace las veces de escuela.
Y así, James, Nora y Giorgio Joyce dejan el Lutetia el 23 de diciembre de 1939, con la intención de regresar a París en Año Nuevo.
Salvo una breve visita en enero, será la última vez que Joyce vea la ciudad que ha sido su hogar durante tanto tiempo.
Al llegar a Saint-Gérand, Joyce cae enfermo de inmediato, atacado por unos dolores de estómago insoportables que atribuye al estrés de los últimos meses.
[12] Se sienta a la mesa de Navidad con ánimo sombrío, casi ciego.
Visiblemente dolorido, bebe poco. Con las horas, sin embargo, se anima y se pone a cantar, como suele hacer.
Al final de la velada se pone en pie para coger a Maria Jolas por la cintura y la hace girar en un baile improvisado.
«¡Vamos, vamos!», grita. «¡Sabes perfectamente que ésta es la última Navidad!»