Vive la France
En un momento de lucidez —o, quizá, más bien visionario—, en mayo de 1939, Walter Benjamin ya había anunciado que, en caso de guerra, los extranjeros residentes en Francia acabarían «en campos de concentración».
En septiembre de 1939, él también hace cola para entrar en el estadio de Colombes.
Tan sólo unos días después, lo trasladan a un pequeño campo llamado Vernuche, en Nevers.
La salud de Benjamin, que nunca había sido buena, lo convierte en un mal candidato para lo que se denomina, eufemísticamente, «campo de trabajadores voluntarios».
Durante la caminata de unos ocho kilómetros desde Nevers, se desploma.
[4] Lo ayuda un joven que carga con su bolsa y que se pone de inmediato a disposición de Benjamin, un discípulo dispuesto a servir a su maestro.
«Los médicos del campo me dieron la siguiente orden: “descanse, guarde reposo”», escribe Benjamin en una carta a Adrienne Monnier el 21 de septiembre de 1939, en la que tranquiliza a su amiga: hay comida de sobra y él está tan bien como cabe esperar.
[5] Le pide a Monnier que le escriba y le ruega que facilite su nueva dirección a Gisèle Freund.
Como siempre, lo que más pesa en la mente de Benjamin es su trabajo.
Cuando responde a una carta de Sylvia Beach —que ha decidido quedarse en París—, está tan preocupado por pedir que le envíe chocolate como frustrado por no poder corregir las pruebas de su próximo fragmento sobre Baudelaire.
Mientras tanto, sus escasos fondos menguan y se ve obligado a pedir a Max Horkheimer que le adelante dinero.
Al cabo de unos días empieza a surgir cierto orden entre los doscientos ochenta y ocho internados de Vernuche.
Los hombres comienzan a barrer las salas y a tender la colada; se organizan conferencias sobre las diferencias entre Freud y Jung, Lenin y Trotski.
Del caos y la impotencia emerge una comunidad.
Consiguen mantas y, aprovechando latas viejas, fabrican recipientes para comer y vasos para beber.
Nombran director de correos a un coleccionista de sellos, y cocinero jefe a un pintor célebre por su maña en los fogones.
Poco después, Benjamin empieza a impartir al aire libre un curso avanzado de filosofía, por el que cobra un «honorario» de tres cigarrillos Gauloises o un botón de pantalón: unidades de una nueva forma de moneda que circula por el campo y que también incluye clavos, lápices y otros objetos útiles.
Los tipos de cambio los calculan los entendidos de acuerdo con el principio de la oferta y la demanda: cinco cigarrillos por un clavo; o dos cigarrillos, un clavo, un lápiz y un botón por un cuaderno pequeño.
Incapaz de participar en el trabajo físico, Walter Benjamin desarrolla una fascinación por un par de internos que han logrado convencer al comandante del campo de que van a rodar una película titulada Vive la France, para lo cual necesitan recopilar material en la biblioteca municipal.
Al comandante, la idea lo entusiasma y les proporciona brazaletes que les permiten salir del campo sin obstáculos.
Estos internos vuelven por las noches oliendo a vino y susurrando historias acerca de los restaurantes de primera en los que han cenado.
Un día, Benjamin lleva aparte a su amigo, el poeta Hans Sahl.
«Es por el brazalete», le susurra. «No, no te rías. Tengo un plan.»
Quiere proponer al comandante que publiquen una revista literaria, «del más alto nivel, por supuesto»: un periódico del campo para intelectuales, que muestre a los franceses quiénes son exactamente esos a quienes han encerrado allí como «enemigos de Francia».
«Ven mañana a las cuatro. Vamos a celebrar la primera reunión editorial.»
Benjamin vive en un chamizo al pie de una escalera cuyo giro forma un techo improvisado sobre su lecho de paja.
Una cortina, confeccionada con un trozo de vieja arpillera por su joven discípulo, lo oculta a los ojos de los demás.
El periódico va a llamarse Bulletin de Vernuche, Journal des Travailleurs du 54 Régiment.
La idea es que sea semanal o quincenal, en francés y en alemán, dirigido a los prisioneros y sus familiares, y que incluya artículos de sociología y filosofía, reseñas de las actuaciones improvisadas en el campo, así como una sección de libros.
El periódico nunca llega a materializarse; tampoco el codiciado brazalete, pero su preparación le brinda a Benjamin un propósito que lo distrae de su desgracia (igual que su intento por dejar de fumar).
La carta de Benjamin a Adrienne Monnier da resultado.
Horrorizada al saber que el genio excéntrico ha sido internado, Monnier se pone a hacer gestiones, presionando a la sección francesa del pen Club y a otros amigos influyentes para conseguir su liberación.
En noviembre de 1939, Walter Benjamin vuelve a su apartamento de la rue Dombasle.
¡Qué cambio han provocado unas pocas semanas! París está irreconocible: gris, deslucida, nerviosa. Las ventanas están oscurecidas, las sirenas aúllan de forma intermitente, los uniformes están por todas partes. Por la noche: oscuridad, calles desiertas y coches que circulan muy despacio.
La experiencia del internamiento ha afectado profundamente a Benjamin.
[6] El estruendo, la falta de intimidad, «la imposibilidad de alejarse de la gente, aunque sólo fuera durante una hora», lo han dejado «tan cansado que a menudo debo parar a mitad de calle porque no puedo seguir».
Su médico le diagnostica miocarditis (inflamación del músculo cardíaco), pero Benjamin no logra encontrar un especialista que le pida un cardiograma.
Se reúne dos veces con su hermana Dora, quien también padece una cardiopatía, pero no cede a sus ruegos de que abandone París y se ponga a salvo.
Tampoco acepta una invitación para viajar a Suecia.
En cambio, renueva su carnet de lector en la Bibliothèque nationale, que ha reabierto tras un breve período de cierre, y regresa a lo que más le importa: su trabajo sobre Baudelaire.
En casa escribe sobre todo en la cama, porque su apartamento está helado.
La máscara antigás que cuelga de la pared le parece «una desconcertante réplica de las calaveras con las que los monjes estudiosos decoraban sus celdas».
No ha descartado del todo la idea de abandonar Francia: convencido de que emigrar a Estados Unidos es ya la única opción viable, empieza a buscar —sin éxito y quizá sin demasiada energía— a alguien que le enseñe inglés.
Gisèle Freund regresa a París en octubre, tras una prolongada estancia en Inglaterra, donde ha pasado varios meses visitando a su familia y frecuentando a destacados escritores británicos, a los que ha retratado con su cámara.
Consigue algunos trabajillos: un reportaje de moda para Life que muestra a los estadounidenses cómo afrontan la guerra las parisinas; algunas fotos de propaganda para el Gobierno francés.
Al fotógrafo Fred Stein, por su parte, lo internan en el estadio de Colombes antes de enviarlo a un campo de prestataires —trabajadores voluntarios— para desempeñar duras tareas manuales.
[7] Su esposa, Lilo, es evacuada con su bebé, Marion, a Bretaña, donde se siente desesperadamente sola.