Lutetia
En París, las noches se han vuelto silenciosas.
En el exterior del Hotel Lutetia, los transeúntes se apresuran por el boulevard Raspail.
Dentro, los clientes se sientan en el bar, mientras el camarero vigila con ojo atento quién está y quién no, ocupado al tiempo en lustrar vasos y comprobar existencias.
Sobre el murmullo bajo de las conversaciones se eleva de vez en cuando el pop de un corcho, el sonido de una carcajada.
Muchos de los habituales han regresado a provincias, a verlas venir desde allí.
Los extranjeros se marchan. A los jóvenes empleados los han movilizado, y el director recién ascendido, Marcel Chappaz, tiene que introducir cambios para compensar su ausencia.
Chappaz sigue haciendo lo que hacen los directores de hotel: asegurarse de que los engranajes de la máquina que es el Hotel Lutetia continúen funcionando con su habitual suavidad.
En realidad, él, como todo el mundo en París, espera.
Por la noche, las camareras se mueven con sigilo, bajando las persianas para cumplir las nuevas normas que obligan a apagar las luces, procurando envolver a los huéspedes del hotel en un cálido y confortable abrazo, a la luz de las velas.
Fuera, en el boulevard Raspail, los sacos terreros apuntalan el edificio.
Fluctuat nec mergitur es el lema de la ciudad, que figura inscrito bajo un barco, símbolo de París: «Batida por las olas, pero no hundida.»
A esa esperanza se aferran.
En los periódicos, en lugar de los habituales anuncios que promocionan las comodidades y los atractivos precios del hotel, aparece una nota breve que confirma que el Hotel Lutetia permanece abierto y que ha sido designado oficialmente como refugio civil: L’Hôtel Lutetia, Bd Raspail est ouvert.
Abri agréé par Déf. passive.
Los banquetes otoñales se han cancelado: se acabaron los bautizos y los festejos anuales; en su lugar, hay reuniones de negocios, discusiones sobre acciones y participaciones.
Para diciembre, los anuncios habituales han vuelto a aparecer: Hôtel Lutetia, prix modérés.
Salons pour repas, noces, banquets. Precios moderados.
Salones para comidas, bodas y banquetes.
Cuantos más estemos juntos,
juntos, juntos,
cuantos más estemos juntos,
más felices seremos.
Segunda parte
Durante (1939-1944)
Todo este desastre, toda esta desgracia que había caído sobre otro pueblo la había causado mi propio pueblo. Porque era obvio que hablaban como yo y que silbaban las mismas melodías.
Anna Seghers, Tránsito[1]
Hiato
París, en septiembre de 1939, es un lugar extraño: está en guerra, pero no lo está; está a salvo, pero vive bajo la amenaza constante del peligro.
Las estatuas se envuelven en sacos terreros, los cuadros se embalan para protegerlos.
Las alertas aéreas ponen los nervios a flor de piel y se imponen toques de queda nocturnos.
Lentamente, la maquinaria del Estado se activa para poner al país en pie de guerra.
Los extranjeros que tienen la suerte de poseer un pasaporte o un buen fajo de billetes abandonan la ciudad y salen pitando de vuelta a casa.
Una ráfaga de pavor y de urgencia hace que se cancelen planes, se pospongan bodas y se suspendan vacaciones.
Y, sin embargo, todavía no. Mientras Hitler aplasta Polonia, en Francia hay un hiato de nueve meses antes de que empiece la «guerra de verdad». Nueve meses: el tiempo que transcurre entre la concepción y el nacimiento de un niño.
Pierre Radványi sale a la calle en Meudon para comprar el periódico en el quiosco y ve la portada de Paris Soir, con los grandes titulares que anuncian la movilización general.
[2] Se llama a filas a todos los varones de entre veinte y cuarenta y nueve años.
En casa, los padres pegan tiras de papel en las ventanas para evitar que los cristales estallen en mil pedazos, y las pintan de azul para impedir que se filtre la luz por las noches.
Cuando la sirena antiaérea emite su llamada de aviso, todos bajan en fila al refugio improvisado del sótano, donde se sientan pacientemente con los caseros.
El anciano señor Bohl confía en una rápida victoria aliada.
Hay que confiar en la Línea Maginot, declara.
Si los alemanes entran en Francia, habrá una nueva y victoriosa «batalla del Marne». Está convencido de ello.
Los franceses depositan su fe en la Línea Maginot como si fuera un amuleto mágico que preserva al portador de todo daño.
Creada tras la devastación de la guerra de 1914-1918 para que ninguna futura invasión alemana pueda penetrar en territorio francés, esta fortificación defensiva recorre toda la frontera francoalemana.
Ahora, treinta mil reclutas patrullan ese gran espacio vacío, aunque su disciplina se erosiona al mismo ritmo que su fe en la realidad de esta guerra que no acaba de existir.
Una mañana, Pierre está en el cuarto de baño cuando llaman a la puerta del piso.
Es la policía de Meudon: vienen a detener a su padre.
A László le dan media hora para prepararse antes de llevárselo, escoltado, a un estadio de tenis situado en las afueras de la ciudad.
Pierre no se atreve a mencionar este hecho aterrador en su nuevo centro, el Lycée Hoche de Versalles, adonde ha tenido que trasladarse porque su escuela —como muchas otras en Francia— no ha reabierto sus puertas para el inicio del nuevo curso.
Anna, como siempre, intenta mantener una apariencia exterior de calma.
Cuando los niños preguntan por qué se han llevado a László, ella explica que es sólo una medida de precaución y que su padre estará de vuelta en unos días.
Para los exiliados, la declaración de guerra abre una nueva y extraña etapa en su odisea.
En cuestión de días, las autoridades recogen a todos los «extranjeros enemigos» como si fueran despojos a la deriva y los deposita en campos de internamiento, donde viven sumidos en un estado de ansiedad aguda, en condiciones que van de precarias a espantosas,
mientras esperan que la lentísima burocracia francesa reconozca que no constituyen una «quinta columna» ni representan amenaza alguna para la República francesa.
A los «extranjeros enemigos» considerados «corrientes» los retienen en el estadio deportivo de Colombes, a las afueras de la ciudad.
Todos los varones alemanes, austríacos, checos y eslovacos de entre diecisiete y cincuenta años que viven en París reciben una invitación del Gobierno francés para presentarse en el estadio con cuchillo y tenedor y provisiones para dos días.
Unos veinte mil acuden de manera voluntaria.
Tal es su confianza en las autoridades francesas que la mayoría se presentan con ropa de verano y calzado ligero, una manta fina bajo el brazo, y llevando consigo —como se les indicó— provisiones para uno o dos días como mucho.
El estadio de tenis de Roland Garros, cerca del Bois de Boulogne, se ha escogido como lugar de retención para aquellos individuos de países neutrales o aliados (rusos, polacos, húngaros, italianos) considerados de especial interés para las autoridades,
junto con los alemanes de los que se sabe o se sospecha que participan en actividades políticas.
Los hombres retenidos allí no reciben una petición cortés: como ocurre con László Radványi, es la policía quien los detiene y traslada allí.
Junto a Radványi están Gustav Regler, Arthur Koestler y decenas de escritores, artistas, intelectuales y activistas políticos, incluidos la mayoría de los colaboradores de Willi Münzenberg.
Al propio Münzenberg, que acaba de cumplir cincuenta años, se le considera demasiado mayor para suponer una amenaza para la seguridad de Francia.
Durante diez días, los hombres se tumban en las terrazas, se acurrucan en bancos, pasean por la pista de ceniza y juegan a las cartas o al ajedrez, hasta que, sin contemplaciones, los apiñan en autobuses y los llevan bajo escolta militar a la Gare d’Austerlitz.
Desde allí, los transportan en vagones sellados a campos de internamiento improvisados a toda prisa en las provincias francesas.
A los activistas políticos los envían a Le Vernet, en el suroeste de Francia, cerca de los Pirineos.
Como otros campos de la región —Gurs y Saint-Cyprien, por ejemplo—, Le Vernet se creó en origen para acoger a los refugiados de la España republicana.
Está destinado a hacerse tristemente célebre como el peor campo de internamiento de Francia.
Regler escribe con amargura:
Los primeros (y, como los acontecimientos habrían de demostrar, los únicos) prisioneros de guerra de la República francesa estaban ahora a salvo tras el alambre de espino.
Eran quinientos sesenta fugitivos de todos los países de Europa.
Durante años, habían encontrado asilo en París; su refugio ahora era un conjunto de barracones de madera destartalados al pie de los Pirineos, sin camas, sin luz y sin calefacción.
Entre los prisioneros había tal vez unas pocas decenas de especuladores y estraperlistas, así como todo el núcleo del Comité Central del Partido Comunista Alemán; pero la gran mayoría la componían opositores al Tercer Reich.
No se había detenido a un solo nacionalsocialista, ni a ningún fascista italiano.
Muchos llevaban papeles que acreditaban que se habían presentado para servir en el Ejército francés.
Nos tendimos sobre tablones de madera y nos olvidaron. [3]
Arthur Koestler y Gustav Regler tienen suerte: gracias a la intervención de amigos influyentes, los liberan tras una estancia relativamente breve.
Koestler es el primero en salir, el 17 de enero de 1940; Regler lo sigue poco después.
Son los esfuerzos de su novia, Marie Louise, y de amigos de España los que han logrado que su expediente escale hasta la cima del montón: Ernest Hemingway, Eleanor Roosevelt y Martha Gellhorn han escrito peticiones en su favor.
Regler hace la maleta exultante. Emprende la vuelta a París, porque ¿adónde si no?