Hotel Exilio El último verano
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El último verano

En toda Europa parece como si todo el mundo hubiera decidido fingir, de manera colectiva, que la vida sigue con normalidad.

En Francia, la gente se va al sur para sentarse en playas abarrotadas, hace caminatas por la montaña o lee en sus retiros campestres.

En Gran Bretaña, el primer ministro Neville Chamberlain se va a pescar a Escocia, mientras el rey Jorge VI caza urogallos en su finca de Balmoral.

En Polonia, las parejas jóvenes bailan en barcas de recreo, meciéndose al son de la música de Henryk Gold.

¿Se están engañando? ¿Será, como sugiere Manès Sperber, que todo el mundo da por sentado que las guerras nunca estallan antes del otoño?

¿O es que se han producido ya tantas falsas alarmas que la gente ha dejado de creer en la realidad de la guerra?

Y, sin embargo, en los cines baratos de barrio, donde se ofrecen promociones veraniegas de dos películas por el precio de una, los espectadores que están sentados en la calurosa oscuridad, fumando, besándose o carcajeándose con las payasadas de Charlie Chaplin y Buster Keaton,

enmudecen cuando empieza el noticiario.

Una vez más, se ven obligados a contemplar a ese ridículo hombrecillo de bigotito, cuyos discursos furibundos antes parecían tan cómicos.

[75] Ahora miran a ese «hombre vociferante, de aspecto grotesco y ojos vidriosos» y sienten una corriente subterránea de pavor.

Los exiliados se repiten, como un mantra, que mientras Gran Bretaña y Francia se mantengan firmes, los soviéticos estarán con ellos y no habrá guerra.

«Bastaba repetirlo las suficientes veces», escribe Arthur Koestler, «hasta que uno se hartaba de oírselo decir. Pero no dejábamos de saber que aquél sería nuestro último verano en mucho tiempo, quizá para siempre». [76]

En París, Anna Seghers decide emplear parte del poco dinero que le queda en enviar a los niños a clases de natación. Algún día —razona— quizá tengan que subir a un barco. Y si han de escapar cruzando el océano, es imprescindible que Pierre y Ruth sepan nadar.

Gisèle Freund viaja a Gran Bretaña para hacer una larga visita a su familia, que ha logrado escapar de Alemania.

Gracias a los contactos que le proporciona su nueva amiga y mentora, la destacada escritora y crítica argentina Victoria Ocampo, Freund no tarda en tener ocasión de fotografiar a las figuras más señeras del panorama literario británico: Vita Sackville-West, Virginia Woolf, T.

S. Eliot, Elizabeth Bowen, George Bernard Shaw.

Las esperanzas de Walter Benjamin se ven brevemente reavivadas cuando recibe una propuesta para dar una conferencia sobre su proyecto de los pasajes parisinos en el Instituto de Investigación Social de la Universidad de Columbia, en Nueva York.

La fecha prevista es finales de septiembre o principios de octubre de 1939.

A finales del mes de julio, Peter Gross recibe una invitación para pasar unas vacaciones en Francia con su madre.

La última vez que Babette vio a su hijo, Peter tenía ocho años.

Ahora lo vuelve a tener frente ella, convertido en un muchacho de quince que ha cruzado el Canal desde su nuevo hogar británico.

Babette lo lleva a su piso de Issy-les-Moulineaux, al suroeste de París, donde el joven se reencuentra con su querido Emil, el chófer que solía pasearlo en el reluciente Lincoln negro de Willi y que, con paciencia, lo dejaba jugar con el intercomunicador y revolcarse en los asientos de cuero.

Emil aún se está reponiendo de una herida sufrida durante la guerra civil española, en la que perdió un ojo. Peter comparte habitación con él.[77]

En agosto, viajan con unos amigos íntimos a un lugar de la costa norte de Francia, cerca de Étretat, entre Dieppe y El Havre; una breve escapada para celebrar el quincuagésimo cumpleaños de Willi, el 14 de ese mes.

El día del cumpleaños, el pequeño grupo baja a la playa y, mientras Ba­bette y Peter nadan hasta la Aiguille de Belval —una formación rocosa con forma de aguja—, los hombres conversan sentados al pie de los altos acantilados blancos, con los pantalones remangados.

Ninguno de ellos sabe nadar. Después de comer se reúnen alrededor de un fuego en el jardín de la casa alquilada y cantan, no canciones comunistas de campamento, sino baladas alemanas sentimentales que versan sobre el pasado.

Y entonces sucede.

Guerra

Ninguna muerte es tan triste y definitiva como la muerte de una ilusión.

Arthur Koestler[78]

En la prensa francesa, los rumores de que Hitler y Stalin están a punto de firmar un pacto se toman al principio como propaganda de Goebbels, destinada a hacer descarrilar un acuerdo, que se espera inminente, entre la Unión Soviética y los aliados occidentales.

Pero entonces llega la noticia directamente desde Moscú.

Para quienes han seguido apoyando a Stalin a pesar de los juicios-espectáculo, de las purgas y de la persecución del poum español, el anuncio del Pacto Molotov-Ribbentrop, el 23 de agosto de 1939, no sólo es devastador: resulta del todo desconcertante.

En París, los rumores corren por cafés, hoteles de mala muerte, librerías y bares...

Cuando tratan de darle sentido, los comunistas se enredan en sus propias contradicciones.

Alfred Kantorowicz se mortifica intentando entender la lógica de la decisión de Stalin.

El líder de los comunistas franceses, Maurice Thorez, concluye que el pacto es un golpe de genio: Stalin garantiza la paz atándole las manos a Hitler.

A la mañana siguiente, L’Humanité, órgano oficial del Partido Comunista Francés, explica a sus lectores, sin ironía, que el nuevo tratado es el último esfuerzo heroico de Stalin por neutralizar la amenaza de una guerra imperialista. [79]

Para Willi Münzenberg, Arthur Koestler, Manès Sperber y otros que han abandonado el Partido, el 23 de agosto de 1939 marca el momento en que por fin se les permite alzar la cabeza de nuevo y decir: «¿Lo veis? ¿Lo veis?»

Aunque no hay alegría, desde luego, en que a uno le den la razón cuando el precio que se paga es la guerra.

Como es natural, la primera reacción de Münzenberg es publicar un apasionado j’accuse: el pacto —observa— es una «puñalada por la espalda» rusa a la clase obrera y a la paz.

Cuando Heinrich Mann se entera del pacto, se encierra en su despacho en Niza durante cuarenta y ocho horas y se niega a hablar con nadie. Unos días después, se decide por fin a casarse con Nelly.

La guerra, cuando llega, lo hace sin fanfarrias ni alboroto.

Al fin y al cabo, se había anunciado ya muchas veces.

Alfred y Friedel Kantorowicz están sentados en su terraza, en el sur de Francia, intentando discernir lo que emite la radio de la casa de al lado.

A través de las contraventanas, sólo les llegan fragmentos incoherentes.

Al final, la radio enmudece. La pareja se queda sentada, fumando largo rato en silencio en la tibia oscuridad de la noche provenzal, recordando la guerra civil en España y preguntándose qué vendrá a continuación, ahora que se ha declarado una nueva guerra.

En París, en el sur de Francia y por toda Europa, los exiliados antifascistas se ven obligados a reconocer por fin que la batalla que han librado por el alma de Alemania se ha perdido —en realidad, se había perdido mucho tiempo atrás—.

Las apelaciones de Heinrich Mann al pueblo alemán han caído en saco roto.

Los intelectuales, los escritores, los artistas y los políticos, con todos sus comités, sus panfletos y sus urgentes llamamientos a la acción, han fracasado. Han vencido los bárbaros.