Hotel Exilio Joyce en color
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Joyce en color

Invierno. Barcelona cae. Miles de refugiados republicanos cruzan los Pirineos nevados y cruzan tambaleándose la frontera con Francia, donde son encerrados de inmediato en campos de internamiento.

A principios de marzo de 1939, la revista Time se pone en contacto con Gisèle Freund para pedirle un retrato en color de James Joyce con el objetivo de celebrar la publicación de Finnegans Wake, que por fin está a punto de hacer su aparición oficial en la escena mundial.[74]

A Freund le da reparo volver a acercarse a Joyce, sobre todo teniendo en cuenta la resistencia del escritor a ser fotografiado en color.

Pero una portada de Time sería un apoyo publicitario considerable, más aún tratándose de un libro tan difícil como éste.

Sylvia Beach da con una solución inusual: sabe que Joyce es profundamente supersticioso, y que el mariage blanc de Freund le ha dado un nuevo apellido, Blum, el mismo que el del protagonista del Ulises.

«Escríbele», la anima Sylvia, «y firma con tu apellido de casada». Joyce acepta la propuesta al instante.

Es el propio Joyce quien abre la puerta de su piso, vestido con una chaqueta de terciopelo rojo para la cena y luciendo anillos en los dedos.

Está nervioso; mira con inquietud el equipo fotográfico de Gisèle.

Los nervios no tardan en contagiársele a ella también: empieza a tropezar con los cables y se le caen cosas.

La atmósfera se tensa. Y entonces —¡ay!—, cuando Joyce avanza a tientas hacia el sillón en el que Gisèle le ha pedido que se siente, se golpea la cabeza contra una de sus lámparas.

El escritor suelta un grito agudo y se lleva ambas manos a la frente.

Se ha hecho sangre. El gran hombre profiere incluso una palabrota.

Entra Nora para calmarlo. Gisèle examina el corte: «No es más que un arañazo», declara, y presiona unas tijeras de acero frías contra la herida, para evitar que se hinche.

Por fin, ya repuesto, Joyce se pone a leer un libro con una lupa.

Freund dispara y termina el carrete lo más deprisa posible, tras lo cual promete al escritor que, esta vez de verdad, no volverá a molestarlo.

Sale como alma que lleva el diablo, se mete en un taxi y le dice al conductor que pise el acelerador, cosa que éste hace, saltándose un cruce y chocando con otro coche.

Freund, furiosa y alterada, telefonea a Joyce y lo acusa de haber echado alguna maldición irlandesa a sus fotografías, que a buen seguro se han echado a perder.

El escritor, lleno de remordimientos, la invita de inmediato a volver al día siguiente.

La segunda vez todo sale bien. La sesión dura sólo unos minutos. Mejor aún: cuando llega al laboratorio, Gisèle descubre que el carrete del día anterior está intacto, de modo que tiene dos series de fotos en color entre las que elegir.

Cuando Time sale con Joyce en portada, Freund refiere la satisfacción del escritor con el resultado.

«Yo había dicho que nunca permitiría que me fotografiaran en color», cuenta Joyce a sus amigos, recreándose en las peripecias que hay tras la foto. «La señora B. me cazó no una, sino dos veces. Es más testaruda que los irlandeses.»

Oscurece

La primavera acaba de comenzar cuando Madrid admite definitivamente la derrota. La agonía de la República española concluye al fin. Franco ha vencido. Llegan aún más refugiados españoles al sur de Francia.

En una audiencia de la Internacional Comunista en Moscú se rastrean las «desviaciones» de Willi Münzenberg hasta comienzos de los años treinta.

Se le declara culpable de intrigar contra el kpd durante sus años de exilio, de conspirar con trotskistas y otros enemigos del proletariado, de difamar a la dirección del kpd y de negarse a someter sus actividades de propaganda a la disciplina del Partido.

Mientras la prensa del Partido informa de su expulsión del kpd, en París, Münzenberg intenta tomar la iniciativa publicando una carta oficial de dimisión en la que explica los motivos por los que abandona el Partido.

Lo más urgente, sostiene, debería ser la lucha contra el fascismo.

A finales de mayo de 1939, la embajada alemana en París recibe una carta de su Gobierno informando de que Walter Benjamin ha sido despojado de su ciudadanía alemana,

al parecer como consecuencia de un artículo publicado en 1936 en el que el escritor hacía referencias despectivas a la cultura fascista.

Benjamin ya no es sólo un hombre sin dinero: ahora es un apátrida.

Su solicitud de ciudadanía francesa no ha recibido respuesta.

Busca desesperadamente una salida. Su amada París ya no es un refugio, sino una maldición.

Por diversos motivos, la publicación de Finnegans Wake vuelve a retrasarse, y hasta el 4 de mayo de 1939 el libro no aparece de manera simultánea en Nueva York y en Londres.

Por desgracia para Joyce, que escruta con ansiedad las revistas literarias, para entonces, la gente está prestando atención a otras cosas.