Hotel Exilio El tiempo se agota #2
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El tiempo se agota #2

La familia regresa a París para estar cerca de sus amigos.

Pierre, que tiene doce años y empieza a escuchar con mayor conciencia las conversaciones de sus padres, percibe cómo crece el miedo entre los emigrados.

Para ellos está claro —aunque para los franceses todavía no— que la guerra es ya inevitable.

Y, aun así, sus padres creen, o quieren creer, que los alemanes se sublevarán contra Hitler.

¿Por qué esperan tanto para actuar? ¡Si hay un momento para rebelarse, ese momento es ahora!

Éste es también el momento en que algunas personas con visión de futuro comienzan el largo proceso para obtener un visado estadounidense.

Walter Benjamin acaba de volver de visitar a Brecht cuando, el 7 de noviembre de 1938, un judío polaco de diecisiete años, Herschel Grynszpan, dispara contra un funcionario de la embajada alemana en París.

La respuesta en la Alemania nazi es inmediata y aterradora.

Se la conoce como Kristallnacht, la «Noche de los cristales rotos».

Destrozan las oficinas del padre de Theodor Adorno, que sufre una lesión ocular a consecuencia de los disturbios.

Más tarde, Adorno escribe a Benjamin con la noticia, estremecedora, de que sus padres fueron detenidos en Fráncfort durante los pogromos violentos que siguieron.

[70] Benjamin encuentra cierto consuelo al saber que su hijo, Stefan, ha logrado llegar a Inglaterra.

La madre de Stefan, Dora —ex esposa de Benjamin—, lo seguirá poco después.

Pero el escritor teme por su hermano, encarcelado en Berlín.

Una vez más, Benjamin intenta ponerse en contacto con el Ministerio de Justicia acerca de su solicitud de ciudadanía francesa.

Sigue sin haber respuesta. Luego llegan más malas noticias en una larga carta de Adorno: el ensayo de Benjamin sobre Baudelaire no ha satisfecho a sus editores en Nueva York.

Adorno expone al detalle por qué el texto, lamentablemente, no cumple sus expectativas: por entusiasmado que estuviera por leer el ansiado capítulo, por mucho que admire a Benjamin por haber logrado terminarlo a tiempo,

lamenta decir (en nombre de todo el equipo editorial) que el escrito plantea más preguntas que respuestas —«muchos enigmas se plantean de nuevo»— y que el capítulo «representa no tanto un modelo para los “Pasajes” como un preludio de ese proyecto».

La réplica de Benjamin, igual de extensa, no puede cambiar el hecho de que, si quiere que se publique, apenas le queda otra opción que aceptar las «mejoras» y revisar su trabajo.

Tras la Kristallnacht, el número de refugiados que llegan a Francia alcanza un nivel sin precedentes.

[71] A finales de año hay en torno a sesenta mil refugiados judíos de Europa oriental y central, la mayoría de los cuales ha entrado en el país ilegalmente.

Esto provoca una gran ofensiva contra los «indeseables».

A comienzos de diciembre, el ministro de Asuntos Exteriores nazi, Joachim von Ribbentrop, visita París y se aloja en el Hotel George V, junto a los Campos Elíseos.

Con la vista puesta en las posibles negociaciones con el Reich, el Gobierno francés quiere mostrar que su tolerancia hacia los refugiados contrarios a Hitler es estrictamente limitada y, en previsión de la visita, se detiene a un buen número de inmigrantes.

Incluso se convoca a algunos refugiados alemanes a la Prefectura de Policía y se los traslada directamente a una ciudad de provincias donde se los pone bajo arresto domiciliario.

En el segundo día de su visita, Von Ribbentrop plantea la posibilidad de una lucha común contra el bolchevismo y se toma la molestia de mencionar la presencia indeseada de numerosos refugiados alemanes en París.

Ser alemán en Francia en 1938 es ser sospechoso.

Como había señalado Heinrich Mann ya en 1933, para muchos observadores extranjeros el régimen nacionalsocialista, por el mero hecho de seguir existiendo, era Alemania.

Un exiliado alemán no es, pues, un opositor al Gobierno en el poder, sino alguien que de algún modo ha fracasado o se ha deshonrado.

El escritor Hans Marchwitza, bajo arresto domiciliario en Moulins en diciembre de 1938, recordaría más tarde una conversación con una enfermera que no entendía por qué no podía volver a su país si, como afirmaba, no había cometido ninguna falta.

[2] «¿Por qué no te quedaste?», le preguntaba, antes de concluir, sentenciosamente: «Si no causas problemas a los demás, no tienes por qué temer la persecución.»

En Niza, Nelly, la compañera de Heinrich Mann, recurre cada vez más a una mezcla de alcohol y del fármaco Veronal para paliar su ansiedad.

Una noche la trasladan en ambulancia a una clínica, puede que por haber combinado accidentalmente demasiado Veronal con alcohol.

Aunque lo más probable es que se trate de su primer intento de suicidio.

Durante los años de exilio parisino, Babette Gross —pareja de Willi Münzenberg— no ha visto ni una sola vez a su hijo Peter.

[73] Los padres de su ex marido Fritz lo han mantenido a salvo, con la esperanza de que pudiera terminar sus estudios sin tener que seguir a su madre y su padre al exilio.

Pero Peter pertenece ahora a una nueva categoría oficial de ser humano: es un Halb Jude (categoría 1), un «medio judío», por tener dos abuelos judíos —los que han dedicado los últimos trece años a cuidarlo—.

Tras los sucesos de la Kristallnacht, sus abuelos concluyen que no pueden permitirse esperar a que acabe sus estudios: Peter debe salir de Alemania ya y reunirse con su padre exiliado en Inglaterra.

Como la Gestapo le ha confiscado el pasaporte, a principios de enero de 1939, el joven, de quince años, debe someterse a un interrogatorio para que le devuelvan el documento.

Lo interrogan en una oficina de la Gestapo de Potsdam.

Quieren saber más sobre las cartas que recibe del extranjero: de dónde vienen y quién las envía.

Le muestran fotografías: «¿Reconoces a estas personas?»

Ante el silencio del chico, se vuelven más precisos: «Venga, sabemos quiénes son tus padres. ¿Te escriben? ¿Dónde se esconden?»

Peter finge ignorancia. De hecho, puede afirmar sin mentir que no ha tenido noticias de su madre en siete años.

La suerte está de su lado: le devuelven el pasaporte. Llega a Inglaterra en marzo de 1939 para reunirse con su padre.