Hotel Exilio El tiempo se agota
27%

El tiempo se agota

En mayo de 1938, Willi Münzenberg recibe otra «invitación» para ir a Moscú durante una quincena a «resolver diversas cuestiones con el nkvd».

[63] No es tonto. No irá. Una semana después, informa a la policía francesa de que ha observado a individuos sospechosos merodeando fuera de su casa y siguiéndolo cuando sale.

Por primera vez en su vida, Münzenberg —que siempre había despachado ese tipo de amenazas con una actitud de confiada despreocupación— confiesa abiertamente que lo inquieta el peligro que representan «ciertos organismos de represión» al servicio de potencias extranjeras.

Por su parte, Walter Benjamin sigue escribiendo, la cabeza gacha, inmerso en una carrera contra la catástrofe, mientras la primavera se convierte en verano y el verano en otoño, y Hitler vuelve a mover una pieza en el tablero de ajedrez euro­peo.

[64] Y, sin embargo, pese al miedo que lo asfixia, Benjamin siente como un triunfo la conclusión de la segunda parte del ensayo en tres secciones que lleva casi quince años proyectando: el apartado sobre el flâneur titulado «El París del Segundo Imperio en Baudelaire».

Se lo envía a Nueva York a Max Horkheimer y Theodor Adorno justo cuando el Acuerdo de Múnich decide el destino de los Sudetes, resolución que sacude a Benjamin hasta lo más hondo.

«No sé cuánto tiempo seguirá siendo físicamente posible respirar este aire europeo», escribe. [65]

Vuelve a esperar. Quién sabe qué lo apremia más, si recibir una respuesta a su solicitud de ciudadanía francesa o saber qué piensan Adorno y Horkheimer de su ensayo.

El número de refugiados crece día a día en Europa occidental.

Uno a uno, países antes liberales —Francia, Holanda, Suiza— cierran sus puertas a los «extranjeros indeseables» que cruzan sus fronteras.

Para el verano, la situación se ha vuelto tan crítica que el presidente Roosevelt convoca una conferencia internacional en Évian-les-Bains.

Allí, los representantes de los gobiernos se ponen en pie, uno tras otro, para expresar su buena voluntad hacia esos desgraciados seres humanos.

Pero en verdad ninguno quiere acogerlos, y los estadounidenses menos que nadie.

La crisis política que engulle a Francia y la sensación de amenaza creciente procedente del vecino del este empujan a los franceses —al menos a muchos— hacia la indiferencia.

El destino de miles de refugiados extranjeros se ha convertido en una preocupación agotadoramente familiar.

Todo el mundo está preocupado por lo que les pasará a ellos mismos y a sus familias.

Nadie tiene energías para preocuparse por los extranjeros.

Poco a poco, la opinión pública se agita y luego se torna hostil.

La amenaza de guerra vuelve a la gente suspicaz.

¿Qué lengua hablan esos supuestos refugiados?

Alemán. ¿De dónde viene la amenaza? De Alemania.

Bueno, ya sabemos cómo acabó eso la última vez.

Esos alemanes dicen estar contra Hitler.

¿Cómo podemos estar seguros? ¿No son, en cierto modo, responsables —por el mero hecho de ser alemanes— de la amenaza que pende sobre Francia y los franceses?

La prensa de derechas vierte ese mensaje en los oídos dispuestos a escucharlo.

Y sin embargo, Heinrich Mann y Nelly pasan el verano con los Kantorowicz, que han regresado de España y se han instalado en el sur de Francia.

[66] Pasean, hablan, comen en restaurantes baratos junto con los Feuchtwanger, los Marcuse, los Schickele, los Werfel: parejas que toman el sol, que se zambullen en el mar saltando desde las rocas.

Nelly es alta y parlanchina. Friedel, en cambio, es pequeña y reservada, pero las dos mujeres se hacen amigas.

Kantorowicz se siente fascinado por la relación entre el anciano y distinguido Heinrich Mann y su bella pero a menudo tosca amante, cuyos orígenes —la joven procede de un pueblo pesquero del Báltico— explican en parte su tendencia a emborracharse y a soltar tacos.

A finales de julio, Heinrich Mann viaja a París para asistir a una nueva tertulia, el Tercer Congreso Internacional de Escritores.

Durante su estancia allí, acude al sesenta cumpleaños de Alfred Döblin en un restaurante parisino, Le Cercle des Nations, donde tanto él como Anna Seghers pronuncian un discurso.

También se encuentra presente el hijo de Döblin, Wolfgang, un matemático brillante que acaba de doctorarse en la Sorbona y que, más tarde ese año, se alistará en el Ejército francés.

Ese año, 1938, es un momento de rematar obras, como si la sensación de que el tiempo se agota empujara a los hombres de letras a un logro apremiante.

Hacia finales de agosto, Heinrich Mann termina el segundo volumen de Enrique IV.

Hace una visita discreta a su hermano en Suiza, donde pasean, charlan y beben vermut, leyéndose mutuamente sus escritos como siempre han hecho.

Thomas confiesa a Heinrich que ha tomado la decisión de abandonar Europa antes de que sea demasiado tarde.

A mediados de septiembre, Thomas y Katia Mann llegan a París en la primera etapa de su viaje para alejarse de Europa.

Se alojan en el Hotel Lutetia, junto con Heinrich, que ha venido a hacer un último y valeroso intento de reanimar el Frente Popular.

La causa es, a todas luces, desesperada.

Y, aun así, Heinrich Mann encuentra un sentido de propósito en su compromiso.

Siente que está cumpliendo su papel en la lucha contra el fascismo.

Las siete agujas

La noche anterior a la última reunión que va a celebrarse en el ya familiar hotel, a Mann le presentan a un apuesto político del sapd, de veinticinco años, que vive exiliado en Oslo: Willy Brandt.

[67] Al escritor, mucho mayor, le suscita interés ese joven de su Lübeck natal, alguien que conoce Berlín y que ha estado en España.

Se le saltan las lágrimas al recordar el lugar que una vez llamaron hogar: «Las siete agujas, no volveremos a verlas nunca», se lamenta al recordar las torres de sus iglesias.

Brandt encuentra sombría la reunión: los escasos restos del Comité Lutetia, un grupo de cuarenta o cincuenta partidarios aislados, ya no desean ser conocidos como el «Frente Popular».

En realidad, la época de trabajar juntos ha concluido: los últimos que quedan reciben órdenes de Moscú.

Brandt tiene la impresión de que se están aprovechando de Mann, de que le hacen leer discursos simplistas escritos para él por apparátchiks cuyo afán de control ideológico ha acabado con toda posibilidad de cooperación.

Mann es la figura decorativa de esta empresa fallida, pero en realidad no es el único incapaz de abandonar su fe en la Unión Soviética.

Puede que esté apartando la mirada de la fea realidad que encarnan los juicios de Moscú e ignorando a sabiendas la brutal verdad del régimen al que se han entregado con tanto entusiasmo, pero ¿cuál es la alternativa?

Si gira la cabeza hacia el otro lado sólo verá nazis marchando al paso de la oca, a los bárbaros que le han arrebatado la lengua y el hogar y que ahora están a las puertas de Europa occidental, a punto de traer la guerra.

«Intenté en vano fomentar la camaradería política», declara Mann.

«Fue más fácil conquistar un nuevo público en países lejanos que conseguir que varias docenas de alemanes lucharan por la defensa de su propia causa.» [68]

A veces se ha ridiculizado a Heinrich Mann como «el Hindenburg del exilio», retratándolo como un anciano senil aferrado a la ortodoxia de la ideología comunista mucho después de que dejara de creer en ella.

Pero, durante esos años en Francia, nunca dejó de creer en el poder de las palabras para provocar cambios.

Su producción fue fenomenal: cuatrocientas obras en siete años —ensayos, discursos, llamamientos y novelas—.

¡Qué energía en un hombre que ya no estaba en la flor de la vida!

Todas esas palabras. Y, sin embargo, ¿qué consiguieron?

El 20 de septiembre de 1938, el Frente Popular Alemán se disuelve oficialmente en el Hotel Lutetia, mucho después de su defunción real.

El Comité Lutetia ya no existe. Por toda Europa, los sueños del Frente Popular yacen hechos jirones.

Mientras tanto, mientras tanto... los partidarios del apaciguamiento siguen cediendo ante las exigencias insaciables de Hitler.

Los exiliados alemanes contaban con que las democracias occidentales plantarían cara al dictador, pero los gobiernos de esas democracias han hecho lo contrario: se han amilanado y le han dado a Hitler todo lo que pedía, avalando y legalizando sus crímenes, sus anexiones y sus conquistas.

Willi Münzenberg ensilla su caballo para una última batalla: cual caballero andante, convoca una retahíla de nuevas organizaciones destinadas a demostrar su intención de unir a las distintas facciones de la izquierda alemana emigrada.

También ha emprendido una nueva aventura editorial: una publicación semanal, titulada con optimismo Die Zukunft («El futuro»), cuyo equipo está formado por un grupo leal de antiguos miembros de la camarilla Münzenberg-Leute, todos ellos ex comunistas desencantados.

Pero la revista nunca pasa de un éxito mediocre.

El tiempo de las palabras ha quedado atrás.

La espera

Nadie quiere otra guerra. Apenas han transcurrido veinte años desde el final de la última, la que se suponía que iba a acabar con todas las guerras.

Quienes fueron jóvenes en las primeras décadas del siglo xx tienen ahora hijos por los que temer.

Los campos de batalla de Europa siguen en carne viva, el olor de la matanza es demasiado reciente.

La última vez, Francia perdió cerca de 1,4 millones de hombres, un número bastante superior al de los británicos.

Durante los días y noches previos a la firma del Acuerdo de Múnich, los parisinos viven en un estado de ansiedad impotente.

«¿Qué hará Hitler?», preguntan. «¿Qué va a pasar?»

Durante un tiempo se cubren las farolas y las calles quedan a oscuras, como si se esperara en cualquier momento un ataque aéreo sorpresa.

Carros municipales depositan montones de arena ante los edificios, irritando a los conserjes que protestan por la suciedad. [69]

Anna Seghers y su familia están de escapada breve en la Alta Saboya cuando se firma el Acuerdo de Múnich.

Para entonces, Pierre y Ruth deben de estar ya acostumbrados a que los acontecimientos políticos interrumpan las vacaciones.