Elecciones #3
Se pregunta si el lechero siente la misma paz intensa que ella en esa tranquila calle de las afueras.
Probablemente, no. Quienes están arraigados en un lugar no lo aprecian como hacen quienes sólo lo transitan.
Son sólo los que se ven obligados a seguir moviéndose los que comprenden de verdad lo que significa sentarse juntos, en familia, a cenar.
Pierre acude en París a un grupo infantil organizado por algunos antifascistas alemanes.
Al principio lo acompaña su madre; más adelante va solo.
En cierta ocasión, el grupo asiste a una conferencia a la vuelta de la esquina del Lutetia, en la rue de Rennes.
El tema de la conferencia: la amenaza nazi.
El 9 de marzo de 1938, Walter Benjamin escribe al Ministerio de Justicia solicitando la ciudadanía francesa.
Ha reunido la documentación necesaria, testimonios de varios escritores franceses en los que declaran, a quien corresponda, que el citado escritor alemán es un intelectual de la valía suficiente para merecer la concesión de ese bien precioso: un pasaporte francés.
Benjamin espera. Y mientras espera, trabaja, sumergiéndose en la empresa que lo ocupa desde hace tantos años: su «proyecto de los pasajes».
A su alrededor, el mundo vuelve a derrumbarse.
James Joyce también se atrinchera en sus libros, cerrando el paso a los horrores del exterior para alumbrar por fin la obra que lo obsesiona desde hace tantos años.
Finnegans Wake se publicará de manera simultánea en Estados Unidos y en Inglaterra, en fecha aún por confirmar.
Sus amigos y colaboradores más cercanos —Paul Léon, Eugene y Maria Jolas— se reúnen en torno a él, formando un círculo protector, haciendo cambios de última hora, corrigiendo pruebas y respondiendo consultas, unidos en su deseo de que la publicación salga a la luz antes de que sea demasiado tarde.
Gisèle Freund sigue empeñada en fotografiar al gran hombre.
Un amigo la anima a escribir a Joyce explicándole la importancia de contar con una buena difusión fotográfica para apoyar la salida de esa obra nueva, la más exigente, y exponiendo sus credenciales como reputada profesional.
En los últimos tiempos, la joven ha estado experimentando con película en color, un formato nuevo y caro que acaba de llegar a Francia, en forma de diapositivas que deben proyectarse para poder verse.
Gracias a Adrienne, Gisèle ha podido retratar a los escritores franceses que ha ido conocido por mediación de su mentora: Paul Valéry, André Gide, François Mauriac, André Breton, Georges Duhamel, André Maurois.
Joyce responde a su carta e invita a Gisèle a organizar una proyección de diapositivas en su casa de la rue Edmond-Valentin.
Ella llega y monta nerviosa una pantalla improvisada.
Joyce, cuya vista está gravemente dañada, se sienta tan cerca de la pantalla que casi puede tocar las caras que van pasando ante él.
[61] No dice ni una palabra durante toda la proyección; tan sólo suspira de vez en cuando, una exhalación profunda y ansiosa.
Sin embargo, cuando Gisèle vuelve a encender las luces, declara de inmediato que está dispuesto a someterse al proceso, con la condición de que no utilice película en color.
Acuerdan que ella pasará unos días con Joyce y producirá una serie de fotografías, un reportaje titulado «James Joyce en París».
Joyce tiene ideas muy claras sobre lo que se requiere: algunas tomas de él trabajando con su estrecho colaborador Eugene Jolas, el editor trilingüe —franco-alemán nacido en Estados Unidos— de la revista Transition, mientras corrigen las galeradas de su libro;
y una serie de fotos en la librería de Sylvia Beach, Shakespeare los lectores franceses sabrán que fue Adrienne quien publicó la traducción francesa.
La historia se completará con imágenes de Joyce en su casa, rodeado de su familia.
Y así nace «Tres días con Joyce», que más tarde Freund publicará íntegramente como obra fotográfica.
Joyce se somete con paciencia al proceso y el resultado es una serie de imágenes únicas del escritor en sus últimos años: las gafas gruesas y redondas oscureciendo su mirada, el sombrero echado hacia atrás, un aire de perpetua melancolía en el rostro pensativo,
y la rara sonrisa que se cuela en las fotos en las que aparece jugando con su nieto Stephen.
Por desgracia para Joyce, la publicación de Finnegans Wake se retrasa y el escritor deberá aguardar todavía un año más para ver su salida.
Mientras Joyce está completamente absorbido en el doloroso parto de su obra maestra final; mientras Walter Benjamin se sienta en la Bibliothèque nationale leyendo, investigando, escribiendo y escribiendo...
Hitler hace lo que todo el mundo lleva tiempo anticipando, sin terminar de creerse del todo que pueda tratarse de algo real y tangible: anexiona Austria.
En la Prefectura de Policía de París, los refugiados austríacos ven cómo los funcionarios añaden el prefijo «ex» a sus documentos. A partir de ahora eso es lo que son: «ex austríacos».
Ese mismo mes comienza en Moscú el tercer y último proceso-espectáculo, el «Juicio de los Veintiuno».
Entre los acusados está Nikolái Bujarin, imputado (entre otras cosas y junto con el resto de los acusados) de conspirar para asesinar a Lenin y a Stalin, envenenar a Maksim Gorki y tramar el derrocamiento de la Unión Soviética.
Bujarin, la estrella del banquillo, ha sido torturado; han amenazado a su esposa y a su hijo pequeño.
Confiesa, se retracta, vuelve a confesar.
No sirve de nada: su destino es la muerte.
Separan a su joven esposa de su hijo de pecho y pasa los veinte años siguientes en prisión y en el exilio interior.
«Los últimos juicios masivos han sido un gran éxito», declara Ninotchka —interpretada por Greta Garbo en su primer papel cómico— en la película homónima de Ernst Lubitsch de 1939. «Va a haber menos rusos, pero mejores.»
La quinta planta
En Francia, tras una serie de crisis políticas, se forma un nuevo Gobierno bajo el mando de Édouard Daladier, poco después de lo cual se promulga un decreto que endurece las condiciones de residencia de los extranjeros en Francia.
El decreto exige que todos los inmigrantes estén en posesión de un documento de identidad.
Las sanciones para los extranjeros que carezcan de él van desde multas hasta prisión, seguidas de expulsión del territorio francés.
Quienes hayan entrado en Francia sin autorización, o quienes hayan eludido una orden de expulsión, se exponen a penas de prisión de entre seis meses y tres años.
A los inmigrantes alemanes y austríacos de los que se sabe que no pueden abandonar el territorio francés podrían someterlos a arresto domiciliario.
Los extranjeros con residencia legal ya no podrán viajar sin que sellen su documento de identidad tanto a la salida como a la llegada, incluso dentro del mismo département o región administrativa.
El dramaturgo Theo Balk descubre que, al carecer de la documentación adecuada, ahora se le considera «un individuo peligroso para la seguridad pública de Francia»; en suma, un delincuente.
[62] La policía lo lleva al Palais de Justice y de allí lo hacen subir a la quinta planta de la Prefectura, donde se une a la multitud de desdichados a quienes han dejado allí, a la espera de trámite.
Le dan cinco días de plazo para abandonar Francia.
«No tengo pasaporte. No tengo visado para ir a otro país. Tampoco tengo dinero, no lo suficiente para emprender un viaje largo. [...] Para mí, comienza el tiempo de los aplazamientos. El tiempo de la espera. El tiempo de la quinta planta. En el reverso de mi certificado de deportación,
un sello sigue a otro, cada uno de los cuales pospone la ejecución de la deportación tres, cinco, siete o catorce días...»
Cuando Balk regresa a la Prefectura unos días después, lleva consigo un libro, que no lee porque es imposible concentrarse en la sala de espera abarrotada. Cuando el funcionario le devuelve por fin los papeles, falta el sello más importante.
«Sé que no hay nada más que hacer. Tomo mi documento, mi destino pegado con cola en los bordes, sucio y cubierto de sellos, y deambulo, sin ser consciente de adónde me dirijo, hacia el Luxemburgo, pasando entre gente que sale de aulas y oficinas,
que se apresura hacia los cafés o hacia su casa o que hace esas otras cosas que la gente suele hacer a esta hora del día. Yo, una persona que ni siquiera sabe dónde va a pasar la noche.»